Las huellas de ETA en Extremadura

Las huellas de ETA en Extremadura

Aunque la banda nunca atentó en la región, su zarpazo sí lo sintieron familias de aquí

MANUELA MARTÍN BADAJOZ.

Al ver las noticias sobre la entrega de armas de ETA, más de un niño español le habrá preguntado estos días a sus padres quién está detrás de esas imágenes de encapuchados que adornan sus comparecencias con banderas vascas y el símbolo de la serpiente. Y los padres harán bien en explicarle que durante más de medio siglo esa organización terrorista mató a casi mil personas en España, extorsionó a miles y aterrorizó con sus coches bomba y sus tiros en la nuca a millones de españoles que no veíamos cómo ponerle fin.

54 EXTREMEÑOS ASESINADOS POR ETA

Juan José Moreno Chamorro. Guardia civil. Villamesías (Cáceres). Asesinado el 5 de octubre de 1975 en Oñate (Guipúzcoa) a los 26 años.

Esteban Maldonado Llorente. Guardia civil. San Pedro de Mérida (Badajoz). Asesinado el 5 de octubre de 1975 en Oñate (Guipúzcoa) a los 20 años.

Manuel López Triviño. Guardia Civil. Monterrubio de la Serena (Badajoz). Muerto en Zarauz el 18 de octubre de 1975 a los 48 años.

Vicente Soria Blasco. Obrero. Ceclavín (Cáceres). Asesinado el 30 de marzo de 1976 en Soraluce.

Antonio Galán Aceituno. Sargento de la Guardia Civil. Castilblanco (Badajoz). Asesinado el 29 de abril del 77 en Tolosa (Guipúzcoa) a los 40 años.

Valentín Godoy Cerezo. Policía armado. Santa Amalia (Badajoz). Asesinado el 26 de junio del 77 en Vitoria a los 27 años.

Manuel López González. Guardia Civil. Cáceres. Asesinado el 9 de mayo de 1978 en Pamplona a los 23 años.

Miguel Ángel Íñigo Blanco. Guardia civil. Holguera (Cáceres). Asesinado el 15 de mayo de 1978 en San Sebastián a los 24 años.

Antonio García Caballero. Guardia municipal. Valle de la Serena (Badajoz). Asesinado el 21 de junio del 78 en Tolosa a los 32 años.

Anselmo Durán Vidal. Cabo de la Guardia Civil. Torrejoncillo (Cáceres). Asesinado el 9 de octubre de 1978 en Elgóibar a los 40 años.

Mariano Criado Ramajo. Guardia Civil. Cáceres. Asesinado en Tolosa el 5 de noviembre de 1978 a los 24 años.

Alejandro Hernández Cuesta. Conserje. Jerte (Cáceres). Asesinado el 30 de noviembre de 1978 en Irún a los 43 años.

Pedro Garrido Caro. Comerciante de ultramarinos. Miajadas (Cáceres). Asesinado en San Sebastián el 23 de diciembre de 1978.

Antonio Marín Gamero. Guardia civil. Oliva de la Frontera (Badajoz). Asesinado el 1 de febrero de 1980 en Ispaster (Vizcaya) a los 27 años.

José María Piris Carballo. Escolar. San Vicente de Alcántara (Badajoz). Asesinado el 29 de marzo de 1980 en Azcoitia a los 13 años.

Benito Morales Fabián. Taxista. Santibáñez Alto (Cáceres). Asesinado en Rentería (Guipúzcoa) el 2 de octubre de 1980 a los 40 años.

Avelino Palma Brioa. Guardia Civil. Olivenza (Badajoz). Asesinado el 4 de octubre de 1980 en Salvatierra de Álava a los 31 años.

Ángel Retamar Nogales. Cabo de la Guardia Civil. Palomas (Badajoz). Asesinado el 3 de noviembre de 1980 en Zarauz (Guipúzcoa) a los 26 años.

Sotero Mazo Figueras. Peluquero. Garganta de Baños (Cáceres). Asesinado el 6 de noviembre e 1980 en Eibar, a los 35 años.

Aurelio Prieto Prieto. Guardia Civil. Llerena (Badajoz). Asesinado el 21 de noviembre de 1980 en Ibarra (Guipúzcoa) a los 23 años.

José Olaya de la Flor. Guardia Civil. Madrigal de la Vera (Cáceres). Asesinado el 14 de mayo de 1981 en Lemona (Guipúzcoa) a los 29 años.

Antonio Murillo Chacón. Parado. Puebla de la Reina (Badajoz). Asesinado el 26 de junio de 1981 en Hernani (Guipúzcoa) a los 25 años.

Modesto Martín Sánchez. Guardia Civil. Pinofranqueado (Cáceres). Asesinado el 15 de marzo de 1982 en Rentería a los 41 años.

Pablo Fernández Rico. Guardia Civil. Badajoz. Asesinado el 2 de mayo de 1982 en Ondárroa (Guipúzcoa) a los 29 años.

Antonio Conejo Salguero. Cabo primero de la Guardia Civil. Valle de Santa Ana (Badajoz). Asesinado el 28 de mayo de 1983 en Pamplona con 41 años.

Francisco Machío Marto. Parado. Hornachos (Badajoz). Asesinado el 7 de junio de 1983 en Azpeitia a los 31 años.

Rafael Gil Marín. Guardia Civil. Valencia de las Torres (Badajoz). Asesinado el 31 de julio de 1983 en Guetaria (Guipúzcoa) a los 30 años.

Pablo Sánchez César. Policía nacional. Badajoz. Asesinado el 16 de septiembre de 1983 en San Sebastián a los 24 años.

José Pulido Pavón. Chatarrero. Montánchez. Asesinado el 8 de octubre de 1983 en Hernani a los 32 años.

José Reyes Corchado Muñoz. Guardia Civil. Alburquerque (Badajoz). Asesinado el 15 de octubre de 1983 a los 28 años.

Manuel Carrasco Merchán. Obrero. Higuera de Vargas (Badajoz). Asesinado el 5 de noviembre de 1983 en Villabona a los 27 años.

Ángel Rodríguez Sánchez. Propietario de un taller. Villafranca de los Barros (Badajoz). Asesinado el 3 de mayo de 1984 en Irún a los 43 años.

Victoriano Collado Arribas. Guardia Civil. Arroyomolinos de la Vera (Cáceres). Asesinado el 28 de septiembre de 1984 en Elburgo (Álava) a los 22 años.

Juan Mateos Pulido. Guardia Civil. Cáceres. Asesinado el 25 de abril de 1986 en Madrid a los 30 años.

Vicente Javier Domínguez González. Guardia civil. Plasencia (Cáceres). Asesinado el 25 de abril de 1986 en Madrid, a los 26 años.

Carmelo Bella Álamo. Guardia Civil. Granja de Torrehermosa (Badajoz). Asesinado el 14 de julio de 1986 en Madrid, a los 22 años.

Antonio Lancharro Reyes. Guardia Civil. Monesterio (Badajoz). Asesinado el 14 de julio de 1986 en Madrid a los 21 años.

Wenceslao Maya Vázquez. Policía nacional. Badajoz. Asesinado el 27 de septiembre de 1987 en San Sebastián a los 31 años.

José Luis Gómez Solís. Sargento de la Guardia Civil. Aldea del Obispo (Cáceres). Asesinado el 11 de diciembre de 1987 en Placencia de las Armas (Soraluce) a los 44 años.

Francisco Herrera Jiménez. Empleado de seguridad. Torremejía (Badajoz). Asesinado el 26 de septiembre de 1988 a los 38 años.

José Antonio Barrado Recio. Policía nacional. Madroñera (Cáceres). Asesinado el 18 de diciembre de 1988 en Eibar a los 30 años.

Juan Bautista Castellanos Martín. Teniente de farmacia. Abadía (Cáceres). Asesinado el 25 de abril de 1989 en Bilbao a los 56 años.

Ramón Díaz García. Policía nacional. Casillas de Coria (Cáceres). Asesinado en Sabadell el 8 de diciembre de 1990 a los 42 años.

Eduardo Hidalgo Carzo. Policía nacional. Badajoz. Asesinado el 8 de diciembre de 1990 en Sabadell a los 43 años.

Miguel Marcos Martínez. Policía nacional. Cilleros (Cáceres). Asesinado el 8 de diciembre de 1990 en Sabadell a los 53 años.

Francisco Álvarez Gómez. Guardia Civil. La Albuera (Badajoz). Asesinado en Ortuella (Vizcaya), el 9 de mayo 1991 a los 38 años.

Ramón Mayo García. Guardia civil en la reserva. Talavera la Real (Badajoz). Muerto por el atropello de una ambulancia cuando auxiliaba a las víctimas del atentado de Vic el 29 de mayo de 1991.

Juan Salas Píriz. Guardia Civil. Olivenza (Badajoz). Asesinado el 29 de mayo de 1991 en Vic a los 48 años.

Maudilia Duque Durán. Ama de casa. Alburquerque (Badajoz). Asesinada en Vic el 29 de mayo de 1991 a los 78 años.

Valentín Martín. Policía especialista en desactivación de explosivos del grupo TEDAX. Grimaldo (Cáceres). Asesinado el 12 de junio de 1991 en Madrid a los 38 años junto con otro compañero, al explotarle un paquete sospechoso que habían enviado a una empresa de mensajería.

Pedro Carbonero Fernández. Sargento de la Guardia Civil. Peraleda de San Román (Cáceres). Asesinado el 19 de noviembre de 1991 en Galdácano a los 54 años.

Francisco Javier Delgado González-Navarro. Policía nacional. Fregenal de la Sierra (Badajoz). Asesinado el 13 de diciembre de 1991 en Barcelona, a los 27 años.

Alfonso Morcillo Calero. Sargento de la Policía Municipal. Medellín (Badajoz). Asesinado el 15 de diciembre de 1994 en Lasarte, a los 40 años.

Domingo Durán Díez. Policía nacional. Villar del Rey (Badajoz). Sufrió un atentado el 13 de enero de 1995 en Bilbao y quedó tetrapléjico. Falleció el 7 de marzo de 2003.

Ahora estamos preocupados por el terrorismo yihadista y ETA nos parece muy antigua. Parece que han pasado siglos desde que ametrallaba furgones de guardias civiles o provocaba una masacre con una bomba en el aparcamiento de Hipercor. Pero fue anteayer. En 2010 mató a un gendarme francés. Fue su último asesinato antes de declarar la tregua. Antes había matado a decenas de guardias civiles y policías, muchos de origen extremeño. Aunque ETA nunca atentó en la región, su zarpazo sí lo sintieron familias de Badajoz, de Cáceres, de Monesterio, de Azuaga, de Alburquerque, de Medellín. Muchachos de apenas veinte años que emigraron para ganarse la vida y se dieron de bruces con la muerte a manos del delirio terrorista. Apellidos tan inequívocamente extremeños como Lancharro, Morcillo, Godoy, Barrado, Holgado, Durán, Maldonado. jalonan la triste lista de los fallecidos a manos de la banda asesina.

El medio centenar largo de extremeños que fueron víctimas de ETA murieron en buena parte en los llamados años de plomo. Esa década de 1980 en que, instalada la democracia, la organización terrorista quiso echarle un pulso al Estado poniendo sobre la mesa varios muertos cada semana, un centenar al año. Cuando se hace el recuento de fallecidos se puede calibrar el peso del dolor causado: 28 guardias civiles de origen extremeño fueron asesinados por ETA. En el País Vasco, sobre todo, pero también en Madrid y en Cataluña. Ametrallados cuando patrullaban, con coches bomba, con tiros en la nuca. Pero no solo guardias. Hubo también 9 policías nacionales muertos, 2 policías municipales y un militar. Una larga lista a la que hay que añadir 13 civiles asesinados por razones tan variadas como ser amigos de guardias civiles; o por darle una patada a una bolsa que escondía una bomba, como le pasó al niño José Piris Carballo cuando volvía una mañana de un sábado de marzo de 1980 de jugar al fútbol en Azcoitia. Víctimas colaterales, dirían los cínicos de este niño de 13 años nacido en Alburquerque; o de Maudilia Duque, de 78 años, que vivía con su hija y su yerno guardia civil en el cuartel de Vic donde el comando Barcelona mató a 10 personas en uno de sus atentados más mortíferos, en mayo de 1991.

Los 80 eran la época en que los muertos de ETA se enterraban deprisa y corriendo. Y si eran guardias civiles o policías todavía más. Los mataban en Irún o en Rentería, los metían en un furgón camino de su pueblo natal (a veces venían en avión militar a Talavera la Real) y sus deudos les decían adiós casi en silencio, sin que la sociedad se estremeciera. Muchos años después los familiares se han quejado de esa 'clandestinidad', de la ausencia no ya de homenajes, sino de la mínima solidaridad que reclamaba su condición de víctimas. Han tenido que pasar décadas para que la ciudadanía reaccionara y para que, poco a poco, ese reconocimiento a los asesinados por ETA se traduzca en una placa o una calle de recuerdo en sus pueblos y ciudades. Se le han ido poniendo a partir de 2011, cuando ETA anunció el cese de atentados. Ya las tienen en Badajoz, Cáceres, Mérida, Plasencia y en muchas localidades ligadas o no directamente con las víctimas.

La entrega de armas supone un nuevo capítulo en esa larga y mortífera agonía de ETA. Todos queremos pasar página, pero hay muchas maneras de hacerlo. La de quienes pretenden presentar este acto como el fin de un conflicto, sin vencedores ni vencidos, sin víctimas y verdugos; y la de quienes quieren mirar adelante, sí, pero sin olvidar quién puso las balas y quién la nuca.

A los niños que hoy pregunten quién era ETA y qué hacía deberíamos dejárselo claro. Aunque solo sea para que entiendan que quien mete una bomba en una bolsa de deportes y la deja en la calle para que cualquier niño que pase le dé una patada y salte por los aires nunca puede ser un héroe. Por muy bonita que sea la bandera en la que se envuelva.

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