La lista del 'Hombrecino' de Almendral

FOTOS: SUSANA CABAÑERO / CARLOS VALCÁRCEL

Francisco Rodríguez guardó durante más de 30 años en su cartera un folio con los nombres de los amigos que las tropas franquistas asesinaron al inicio de la Guerra Civil

Miriam F. Rua
MIRIAM F. RUA

El 'Hombrecino' tenía un folio que siempre guardaba en la cartera. Era un papel viejo que amarilleaba. Contenía el nombre, los apellidos y los apodos de más de cien hombres y mujeres de Almendral, su pueblo. Todos ellos fueron sacados de sus casas y asesinados por las tropas franquistas durante los primeros meses de la Guerra Civil.

Durante más de treinta años, el 'Hombrecino' ha llevado consigo esa lista, como la llave de su memoria para no olvidar a los amigos que perdió en 1936. A él no le gustaba hablar de la guerra, le gustaba recordar a sus amigos. Por eso, siempre que hablaba de aquellos meses aciagos, sacaba su lista y contaba la historia de Rufino, el zapatero de Almendral, al que vio cómo se lo llevaron a fusilar a la tapia del cementerio mientras su hijo lo seguía a pie.

El 'Hombrecino' es Francisco Rodríguez Gómez, el mote por el que le conocían en Almendral. «Lo llamaban así porque decían que a la edad de 14 años hacía el trabajo de un hombre», relata Susana Cabañero, su nieta y la responsable de que su historia se conozca en China, Estados Unidos o Grecia.

Con 93 años volvió por última vez a su pueblo para encontrarse con los muertos de su lista

Susana Cabañero, su nieta, ha documentado su historia en imágenes y ahora prepara un libro

Cuando los golpistas entraron en Almendral en la madrugada del 19 de agosto de 1936, Francisco tenía 17 años. Era bracero como tantos otros de su pueblo y no sabía de partidos políticos.

Susana Cabañero ha tenido que reconstruir la lista de su abuelo con los fotogramas que grabó. La lista desapareció poco antes de morir Francisco.
Susana Cabañero ha tenido que reconstruir la lista de su abuelo con los fotogramas que grabó. La lista desapareció poco antes de morir Francisco.

Huyó entonces a la sierra de Monsalud, de la que el refranero popular dice que la ocupan cuatro lugares: La Torre, Almendral, Salvaleón y Nogales. Pero en esas montañas se llegaron a refugiar hasta diciembre del 36 cerca de 2.000 personas, no solo de esos cuatro pueblos, también de Barcarrota, Alconchel o Aceuchal.

El 'Hombrecino' bajaba de noche al pueblo a por comida y en una de estas incursiones fue capturado por el ejército golpista. Al frente o al paredón, le dieron a elegir. Y Francisco Rodríguez luchó hasta el final de la guerra en el bando de los sublevados.

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Pasó por Pamplona, Burgos, Teruel y el fuerte de Guadalupe en San Sebastián. «No le gustaba hablar de esto, solo me contaba el frío que pasaban, las noches al raso, de cuando dormían en cobertizos encima de las bombas... También me contó una vez que gracias a su estatura -Francisco era bajito- se salvó de tener que acatar la orden de fusilar a gente, porque formaron a su tropa por estatura y a él no le tocó», explica Susana.

Francisco viendo una de las fotografías que su nieta hizo durante las exhumaciones. Nunca imaginó que viviera para verlo.
Francisco viendo una de las fotografías que su nieta hizo durante las exhumaciones. Nunca imaginó que viviera para verlo.

Lejos de adoctrinarlo, volvió del frente y lo hizo como comunista. Y así se mantuvo hasta el final de sus días. A Almendral regresó poco después de acabar la contienda, de nuevo a trabajar en el campo. Entonces conoció a su mujer, Cecilia González Zambrano. Fue en su pueblo, en un baile, aunque ella era de Badajoz. Tuvieron tres hijos y a inicios de los 60, cuando la miseria asoló los pueblos, emigraron a Madrid.

Le salió un trabajo como vigilante de una gasolinera en el Puente de Vallecas. Los primeros años no aliviaron las estrecheces de Francisco ni de su familia. Tuvieron que compartir piso con unos primos y hasta los gajos de naranja.

Al principio, los viajes de Francisco a Almendral eran frecuentes, pero cada vez se fueron espaciando más a medida que sus familiares fallecían. Sin embargo, nunca perdió el arraigo, la lista que guardaba en su cartera le anclaba a su tierra con más fuerza que su DNI.

A sus hijos nunca les habló de la guerra por ese silencio impuesto en nombre de la reconciliación nacional. Pero también por miedo. Hasta que Susana, su nieta, empezó a hacerle preguntas. «Yo nací en el año 1974 y aunque Franco murió un año después, seguía sin poderse hablar del tema», recuerda.

Francisco y Susana juntos durante su viaje a Almendral en abril de 2012. Al fondo la sierra de Monsalud, donde se refugió cundo entraron las tropas franquistas en Almendral.
Francisco y Susana juntos durante su viaje a Almendral en abril de 2012. Al fondo la sierra de Monsalud, donde se refugió cundo entraron las tropas franquistas en Almendral.

«De eso no se habla»

De los dos, su abuela era la más reacia. «Cada vez que me ponía a hablar con mi abuelo de la guerra le decía: 'Francisco cállate, de eso no se habla' y él le respondía: 'Cómo no se va a hablar, esto lo tienen que saber los jóvenes'».

A su nieta fue a la primera persona que Francisco le enseñó su lista. «Cada vez que empezaba a contarme algo, sacaba la lista de la cartera y decía un nombre, su mote y me contaba su historia... dónde había trabajado, con quién se casó, los hijos que tuvo, cómo se lo llevaron... y se ponía a llorar, se emocionaba muchísimo».

«Yo creo que guardó la lista para recordar a sus amigos. Él necesitaba que se supiera que los habían matado, por eso tenía esa obsesión por contármelo». Susana entendió entonces que tenía entre las manos una historia de la que nadie le había hablado antes, ni en el colegio ni en su círculo de amigos. «Me sentí una privilegiada por tener a alguien que me contase directamente lo que había vivido en esa época».

Así empezó hace once años su primer proyecto fotográfico, con su abuelo como protagonista y con la lista como homenaje a todos los desparecidos. Para intentar comprender mejor la insistencia de su abuelo en que aquellos nombres no cayeran en el olvido, Susana decidió viajar a Burgos para ver el trabajo de las exhumaciones de fosas comunes. «Quería entender el sentimiento de mi abuelo y comprendí que era una cuestión de derechos humanos porque en lo que coincidían todos los familiares con los que hablé era que habían pasado toda su vida buscando a su padre, a su madre, a su hermano, a su tío o a su abuelo y que una vez que lo encontraban ya podían morir en paz».

Francisco Rodríguez en el cementerio de Almendral. Esta fue la última visita que hizo a su pueblo. Tenía 93 años.
Francisco Rodríguez en el cementerio de Almendral. Esta fue la última visita que hizo a su pueblo. Tenía 93 años.

Francisco Rodríguez tenía el mismo anhelo, limpiar su herida para que pudiera cicatrizar. Por eso, una vez fallecida su mujer, su nieta le propuso volver por última vez a Almendral. Tenía 93 años y la memoria tocada por la demencia senil. «Mi madre creía que no iba a poder aguantar el viaje y él decía que no se veía con fuerzas, pero al final fuimos y fue maravilloso. Allí rejuveneció diez años».

El viaje lo hicieron en abril de 2012. Recorrieron la calle de los tres picos -donde vivió Francisco y su familia- la finca en la que trabajó como bracero, los cementerios de Almendral, Nogales y La Albuera... «Fuimos a encontrarnos con las personas de la lista, con los muertos, pero también con los vivos que quedaban en el pueblo y que se acordaban de mi abuelo».

Con su vuelta a Madrid, la memoria de Francisco, al que ya cuidaban en una residencia de ancianos, empezó a resentirse cada vez más. «Yo estaba muy apegada a él e iba a visitarlo mucho. En una de esas visitas le pregunté por la lista y me contestó: '¿Qué lista? ¿qué lista?'. Me quedé asombrada. Cómo no podía acordarse de ella, si es lo que ha recordado toda su vida», se pregunta Susana.

El último viaje de Francisco a su pueblo fue un reencuentro doble con su memoria. La de sus amigos asesinados y la de aquellos que, como él, seguían vivos.
El último viaje de Francisco a su pueblo fue un reencuentro doble con su memoria. La de sus amigos asesinados y la de aquellos que, como él, seguían vivos.

La lista se fue con su memoria

«Entonces -prosigue- fui a buscar la lista en su pantalón para sacarla del monedero, pero ya no estaba. No apareció. Creemos que en algún momento, cuando lavaron los pantalones en la residencia, probablemente también lavaron la lista con ellos».

Para Susana Cabañero, que ahora está buscando financiación para editar un foto-libro con la historia de su abuelo- la vida de Francisco se cerró de forma natural. A los doce meses de su último viaje a Almendral, en noviembre de 2013, el 'Hombrecino' murió.

«Supongo que cuando mi abuelo volvió a su pueblo y vio que los amigos de su lista habían sido recuperados y que sus familiares habían podido descansar en paz, él también podía hacerlo. Fue muy simbólico que la lista desapareciera al mismo tiempo que su memoria, por eso creo que mi abuelo también pudo irse en paz».

Susana Cabañero estuvo en las exhumaciones llevadas a cabo en L´Andaya, Burgos, por un equipo de voluntarios liderados por Francisco Etxeberría.
Susana Cabañero estuvo en las exhumaciones llevadas a cabo en L´Andaya, Burgos, por un equipo de voluntarios liderados por Francisco Etxeberría.