La otra batalla de Caty Romero

Caty Romero, en su última sesión de 'quimio' el pasado 3 de enero./
Caty Romero, en su última sesión de 'quimio' el pasado 3 de enero.

Lucha contra un cáncer de mama casi 25 años después de que su marido Alfonso Morcillo fuera asesinado por ETA | El mismo espíritu con el que ha peleado por las víctimas ha llevado a esta extremeña a participar como voluntaria en una investigación sobre cáncer

A. GONZÁLEZ EGAÑA

Caty Romero (nacida en Medellín), la viuda del también extremeño Alfonso Morcillo, el sargento de la Guardia Municipal de San Sebastián asesinado por ETA hace casi 25 años e involucrada durante mucho tiempo en la batalla por la memoria de las víctimas del terrorismo, lucha desde hace nueve meses en otra dura pelea, en este caso, contra un cáncer de mama que le fue detectado la pasada primavera. «Cuando ETA asesinó a Alfonso, le prometí que lucharía por su memoria hasta el final». Y así lo ha hecho desde el colectivo de víctimas Covite, antes de la escisión, y ahora participando como socia en las actividades de la AVT. «Siempre he pensado que después de tantos años de dolor por la horrible pérdida de Alfonso acabaría teniendo una enfermedad grave. Sabía que yo iba a somatizar todo el sufrimiento. Muchas veces he pensado que con toda la cantidad de gente que sufre cáncer, algún día yo también lo tendría», confiesa hoy cuando hace un mes que terminó su tratamiento de quimioterapia y ya ha comenzado con la radioterapia.

El 15 de diciembre de 1994 ETA acabó con la vida de su marido, Alfonso Morcillo (Badajoz, 1956), en plena calle. Fue el último del medio centenar largo de extremeños que ha matado ETA a lo largo de sus cinco décadas de lucha armada. Un disparo en la cabeza le dejó tendido en la acera junto a su casa en Lasarte-Oria, en medio de un charco de sangre. Le costó mucho tiempo salir adelante y aprender a vivir con la ausencia de lo que más quería, pero el deseo de mantener viva su memoria le dio fuerzas para quedarse en Euskadi, a pesar del coste personal que significaba quedarse sola lejos de su Extremadura natal donde tenía toda su familia. Solo llevaban dos años casados y él era su única familia en Euskadi. «Necesitaba estar en casa con sus recuerdos, pero al mismo tiempo creo que todo lo que he vivido estos casi 25 años me ha pasado factura», explica Caty Romero, mientras cuenta cómo saca fuerzas para ganar esta nueva batalla.

Aunque hace ya unos años que su vida transcurre a caballo entre Lasarte-Oria y su pueblo, Medellín, cuando supo que tenía que operarse y someterse a un largo tratamiento volvió a elegir quedarse en Euskadi. Tenía claro que quería que le trataran en la Sanidad vasca. Y está convencida de que acertó. Del Hospital Donostia solo tiene palabras de agradecimiento para gran parte del personal del Materno Infantil. Para las enfermeras de la 'quimio' –Eli, Laura, Olatz, Irene...–, para los médicos, como la doctora que le operó, Elena Fernández, la oncóloga Cristina Txurruka o el radiólogo José Mari Urraca. No olvida lo importante que fue la decisión de la primera doctora que le atendió, su médico de cabecera en el ambulatorio de Lasarte-Oria, Carmen Garmendia, que agilizó todos los trámites desde el día en que se decidió a llamarle para contarle que había notado una especie de pinchazo y que había descubierto el fatídico bulto en el pecho.

Agradece el «impagable» trato recibido por enfermeras y médicos en el Materno Infantil

La ginecóloga puso nombre a sus temores. «Tienes un cáncer, el tumor es maligno y la biopsia indica que se ha salido fuera, pero todavía no sabemos hasta que se opere si ha tocado los ganglios», le explicó. Caty tenía un tumor de dos centímetros y era malo. Ese día se derrumbó y lloró mientras escuchaba la noticia, pero según salió de la consulta, reaccionó y se dijo a sí misma: «Esta es mi última lágrima. Y ahora voy a empezar a luchar contra esto».

Tras la segunda sesión de quimioterapia, como suele ocurrir, se le empezó a caer el pelo. Le aconsejaron varios profesionales de estética y decidió confiar en Ernesto, peluquero de un centro de belleza de la plaza Centenario. Él le confeccionó su actual peluca y le 'rapó' el pelo. «Fue lo más duro. En ese momento fue cuando se hizo visible la enfermedad. Porque el cáncer es silencioso, no duele, pero está ahí». Con un trato exquisito, le puso la peluca teñida del mismo rubio que tenía y, tras casi seis horas de cuidados, con todo detalle y mimo, le dejó lista para afrontar su miedo a un cambio de look obligado, pero que realmente casi ni se aprecia. Casualmente, era un 4 de septiembre, el mismo día que se casó con Alfonso 26 años atrás.

Caty ha superado lo «peor», hoy va cumpliendo etapas, la 'quimio' le ha dejado alguna secuela, pero confía en remontar el bache rápidamente en cuanto finalice la 'radio'. De hecho, su empeño por involucrarse en los retos que la vida le pone por delante, el mismo que le llevó hace tiempo a comprometerse en el apoyo a las víctimas del terrorismo, ha hecho que se sume como voluntaria en una investigación del cáncer para poder ayudar a otros pacientes. A propuesta del doctor Urraca se ofreció para participar en un proyecto de investigación que servirá para conocer si es necesaria «la irradiación directa en los ganglios».

El estudio se realiza a pacientes diagnosticadas de «cáncer de mama temprano, con afección limitada del ganglio centinela tratado con cirugía conservadora de la mama, sin linfadenectomía axilar». Romero forma ya parte de un grupo de 2.000 personas elegidas internacionalmente para el proyecto. Tendrá 10 sesiones más de radioterapia, sumadas a las 20 que le corresponderían normalmente, e incrementará su duración en cinco minutos. «La irradiación en vez de dirigirla directamente al pecho la realizan por la axila, derecha a los ganglios», explica la viuda de Morcillo, animada por el hecho de poder ayudar a otras mujeres.

El sargento de la Guardia Municipal de Donostia fue asesinado en Lasarte en diciembre de 1994

El pasado 15 de diciembre, en el 24 aniversario del asesinato de su marido, Caty Romero le dedicó, a través de Facebock, unas emocionadas palabras: «Amigo, un año más, un año muy duro para mí. Pero por ti, por todos... va mi recuerdo. Rememoro el día del atentado cuando a las ocho de la mañana me diste tu último beso y me dijiste: 'Comeremos juntos'. Aquella mesa quedó vacía y así sigue veinticuatro años después. ¡Amigo, compañero, a cuántas historias no vividas te condenaron! ¡Ha sido todo tan injusto! No fue 'un diciembre dulce'. Te sigo llevando en el alma».

«No ha sido fácil seguir un tratamiento de cáncer prácticamente sola, sin familia», repasa Caty Romero, que ha contado con la ayuda de sus hermanas en los momentos que ha estado más delicada. También se ha apoyado mucho en el mejor amigo de Alfonso, su antiguo compañero, hoy oficial en la Guardia Municipal de San Sebastián, y su mujer Marisol Arregi, que le ha acompañado en el hospital en cada una de las sesiones de quimioterapia. «No ha fallado ni un solo día».

Desde que conoció su diagnóstico, en el salón de la casa de Caty Romero, en Lasarte-Oria, junto a un retrato de su marido, permanece encendida una vela. «Para que Alfonso pida por mí», confía.