Tomás Campos arrasa con su toreo añejo

Tomás Campos, con uno de sus toros, durante la corrida de ayer en Mimizan. :: Carmelo bayo/
Tomás Campos, con uno de sus toros, durante la corrida de ayer en Mimizan. :: Carmelo bayo

El diestro de Llerena logra tres orejas en Mimizan en una seria y exigente corrida de Loreto Charro

PABLO GARCÍA-MANCHA MIMIZAN (FRANCIA).

Tomás Campos torea con aroma a daguerrotipo, todo lo que fluye de su muleta huele a antiguo, como si el hecho del toreo que practica surgiera de un invisible túnel del tiempo; la forma de andar por la plaza, la manera tan personal de presentar los engaños; todo en él huele a torero viejo, a tauromaquia desentendida con la abrumadora modernidad de los lances preconcebidos, de la rutina de las faenas interminables y de los recursos.

Esta es la carta de naturaleza del torero de Llerena, que ayer, en Mimizan, a un suspiro del muro atlántico, hizo el toreo sin apéndices ni estrambotes en el cuarto paseíllo de su temporada dando la sensación de que no le impresiona ni el toro artero, ni los pitonacos impresionantes de su primero ni la vivísima competencia de sus compañeros de terna, dos avezados maestros de la talla de Juan José Padilla o Manuel Escribano que hicieron de su oficio su principal estandarte.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Toros de Loreto Charro, serios, hondos, armados y desiguales de hechuras y juego. Destacó la nobleza del primero, la calidad del quinto y la bondad del sexto.
uToreros. Juan José Padilla
oreja y oreja. Manuel Escribano: oreja tras aviso y oreja. Tomás Campos: oreja tras aviso y dos orejas tras aviso.
uPlaza
Plaza de toros de Mimizan (Francia). Casi lleno en tarde soleada y fresca.

Tomás llevaba el sello de la responsabilidad en el rostro. Ademán de examen del que se sabe al borde del precipicio pero no se mira ni un ápice porque sus ojos los deposita solo en el toro. Y el primero de su lote era un tío serio, hondo, musculado y muy descarado de pitones, un toro de Madrid en un pueblo de Francia...

Y, además, no fue fácil porque el astado derrochó exigencia. Había que llevarlo muy prendido de los vuelos porque cualquier desencuentro con la muleta le hacía rabiar. Con el capote lo midió muy suave perdiéndole pasos entre lance y lance para darle confianza y conducir su embestida. Con la franela en la mano basó su actuación en dos sólidos pilares: aguantar muy firme cada salida del viaje para mandar y obligar al toro y conseguir la ligazón necesaria, y dejarse llegar la embestida a milímetros de las espinillas.

No fue una faena de muñecas rotas por la exigencia del animal, fue una labor de autoconfianza, de pisar un terreno minado. Actuación muy torera que llegó al público francés que pidió la oreja para el extremeño sin dudarlo un ápice. Y como maneja la espada con una solvencia inapropiada para alguien que torea tan poco, la oreja llegó sin dudarlo a su esportón.

Sin embargo, lo mejor estaba por llegar. El sexto de la tarde, 'Ojosgrandes', derrochó otro aire distinto a su primero. Mucho más bajo de hechuras, comenzó a descolgar desde el recibo genuflexo a la verónica. Sabor ordoñista con el capote y la rodilla enterrada en el albero. Hubo tres verónicas al ralentí y se presagiaba faena grande. Tomás lo vio claro y comenzó con enorme suavidad en una apertura de faena por alto agarrando la barrera con una mano y toreando por la derecha en paralelo a las tablas. Toreo con sabor para sacárselo despacito a los medios y comenzar a fluir los naturales. Hubo tres tandas al ralentí en una faena en la que fue cambiando de mano y toreando cada vez más despacio. Ahora sí se le rompieron las muñecas, que dictaban a los vuelos una parsimonia inédita. Tomás gustó y se gustó y desde los tendidos de la plaza comenzaron a brotar esos olés roncos de faena grande.

El toro de Loreto Charro se fue apagando y la faena, lejos de decaer, tomó un vuelo superior cuanto más despacio brotaban los naturales. Se perfiló y agarró media estocada en los rubios que tiró al toro sin puntilla. Dos orejas que blandió el palco a la vez. La faena de la tarde, la labor más diferente y esencial de la corrida.

Tomás suma cuatro puertas grandes en sendas tardes de toros: Fitero, Orthez, La Brede y ayer Mimizan, donde hace dos temporadas ya había dejado constancia de la clase de torero que es.

La corrida de Loreto Charro tuvo tres ejemplares realmente buenos: el primero de Padilla, el segundo de Manuel Escribano -que derrochó clase- y el sexto. El diestro de Jerez cortó una oreja en cada toro con dos faenas clásicas de su corte: entrega absoluta, variedad e infinitos molinetes.

El público francés le adora y él entrega todo lo que tiene en cada festejo. Manuel Escribano estuvo a gran nivel con el exigente segundo toro, un animal que pedía una firmeza y una seguridad desde el embroque hasta el remate de cada muletazo; sin embargo, con el quinto, el de más clase de la corrida, no terminó de acoplar su muleta a la noble embestida del astado. Cada uno de ellos cortó una oreja en cada toro y obtuvieron el pasaporte para acompañar a hombros a Tomás Campos, que fue el gran triunfador de la tarde, el tercer hombre que salió en volandas con el toreo en sus manos.