Caza y sociedad

El sector cinegético mantiene estrechos vínculos con la sociedad rural, con la conservación del medio ambiente y con el propio sector agrario. La relación con este último es de amor y odio, con conflictos pero también con muchos intereses comunes

JUAN QUINTANA

Uno de los sectores más arraigados en la inmensa mayoría de nuestros espacios rurales es la caza. Mantiene estrechos vínculos con la sociedad rural, con la conservación del medio ambiente y con el propio sector agrario. Una relación con este último, de amor y odio, con conflictos, pero también con muchos intereses comunes.

Frente a ello, cada vez es más fuerte una corriente crítica por parte de la sociedad que no entiende que se permita explotar una actividad en la que se mata animales por ocio. En esta posición entran en consideración dos factores: la ética social y la individual. Sobre esta última es muy difícil opinar, si bien es cierto que, para los amantes de los animales no cazadores, el acechar, cazar, lidiar, hacer sufrir e incluso sacrificar un animal en un matadero es un acto inaceptable; y eso, también hay que respetarlo. Una posición que nunca debería hacer perder el respeto a la decisión de quienes lo sienten y entienden de diferente manera, algo que desgraciadamente sucede con cierta frecuencia, cuando algunos fanáticos atacan de manera virulenta a los que, de forma lícita, practican esta actividad.

Quizás más fácil de valorar es la ética social. Si se debe o no favorecer, limitar o ser neutral ante este tipo de actividades. En este análisis, más allá de aspectos subjetivos, donde los matices son sutiles, las cifras tienen un importante valor. Desde esta perspectiva la Fundación Artemisan ha promovido la elaboración de un interesante informe sobre la evaluación del impacto económico y social de la caza en España. Según este trabajo, genera un impacto económico en España de 6.475 millones de euros al año y emplea a 187.000 personas, representando el 0,3% del PIB y el 13% del PIB agrario. Con respecto a la generación de empleo equivale al 1 % de la población activa, contribuyendo de forma importante al empleo en zonas rurales. También hay que contar los 614 millones de euros de retornos fiscales que genera.

Sin duda son datos excelentes que muestran de forma clara el papel que juega este sector. Sin embargo, se engaña quien piense que esta información va a revertir la tendencia de la opinión pública. Los principios que sostienen la crítica a la caza, acertados o no, exceden al análisis socioeconómico, son sólidos y van a aguantar cualquier embate cuantitativo. Algo similar a lo que sucede con las corridas de toros o con cualquier actividad en el que un animal muera o sufra para el esparcimiento social. Por otro lado, ¿es menos criticable el pescar, coger caracoles, recolectar mejillones, etc.? ¿Dónde está el límite ético?

Quizás donde se pueden ganar más batallas, aunque me temo que no la guerra, es en el campo medioambiental, donde sin duda la caza aporta una importante contribución. Entre otras muchas funciones, la caza controla las sobrepoblaciones, las enfermedades animales y conserva el medio natural, tal como también se recoge en este estudio. La gestión de cotos es una actividad esencial en este sentido, responsabilizándose de la sostenibilidad de una buena parte de nuestros espacios rurales.

Para el sector agrario, como ya se ha mencionado, la relación es agridulce. Sin duda muchas especies cinegéticas suponen un daño para los cultivos y transmiten enfermedades a las ganaderías, por lo que su control es necesario.

Volviendo a la comparativa con las corridas de toros, en estas el foco crítico se centra fundamentalmente en España, al ser una actividad extendida solo en otros pocos países. Sin embargo, la caza está profundamente arraigada en casi cualquier lugar del mundo, incluso en aquellos países donde la crítica a la Fiesta Nacional es más virulenta y en donde las normas de bienestar animal son más estrictas.

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