El cabrito extremeño

El cabrito extremeño

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Estas Navidades, cosas de la vida y de las fracturas, me ha tocado hacer de amo de casa a tiempo total. En Nochebuena, preparé unos pollos camperos de Sierra de Fuentes en pepitoria y en Nochevieja me tocó cocinar algo del súper. Así que salí a la calle con mi carrito de la compra dispuesto a ser creativo. Entré en el supermercado y me acerqué a la vitrina del carnicero. Había pavitas gallegas, cochinillos castellanos, corderos de origen desconocido, quizás neozelandeses, y un cabrito limpio que, me aseguraron y lo comprobé en la etiqueta, había sido criado en los campos extremeños. No lo dudé y me traje a casa una pierna de cabrito. Alguien entenderá que fue un gesto chauvinista, casi nacionalista, pero me traje el cabrito a casa no porque fuera extremeño, sino porque, en primer lugar, cuando compro carne de la tierra, sé lo que compro y confío plenamente en lo que me venden. Cuando viajo por la región, ya sea en las Villuercas, ya sea en las dehesas de Ceclavín, veo los rebaños de cabras ramoneando en libertad, sé que se trata de ganaderías sostenibles, que cuidan el medio ambiente, mantienen la población en el medio rural, generan puestos de trabajo y riqueza y, además, es una carne de alta calidad, criada en libertad y con un sabor único. En Extremadura, si compramos con sensatez, sabemos lo que comemos. Así que me llevé a casa la pierna de cabrito, la preparé al horno y triunfé en Nochevieja.