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UNA INICIATIVA PROMOVIDA POR LA DIPUTACIÓN PROVINCIAL

Magacela, formidable mirador de La Serena

Vista panorámica del pueblo y del castillo:: ESPERANZA RUBIO/
Vista panorámica del pueblo y del castillo:: ESPERANZA RUBIO

En la Edad Media era una alcazaba poderosa que dominaba los contornos

J. R. ALONSO DE LA TORRE

Magacela sí tiene quien le escriba. Ya lo hizo Cristóbal Colón y no hay cronista que pase por aquí y no sienta una punzada de inspiración, que azuza las ganas de contar lo que ve. Si Magacela estuviera en una serranía marítima, a la entrada del casco antiguo habría paradas de burros-taxi que llevarían a los turistas por sus calles bellísimas y empinadas hasta el castillo, pero como está en La Serena, pues nada: silencio, grajos negros, casas blancas, restos de murallas y torres, un cementerio medieval, el paisaje infinito... Nada y todo, la nada del silencio y el todo de la belleza evocadora.

En la página web del ayuntamiento, que, por cierto, está muy bien y explica de manera documentada el pueblo y su historia, se puede ver un montaje que reproduce la Magacela medieval: una alcazaba poderosa, que dominaba La Serena y los contornos y debía apabullar al viajero desde bien lejos. Esta fortaleza era de origen almohade y su importancia fue grande durante los siglos X y XI, cuando controlaba, junto con los castillos de Hornachos y Medellín, la amplia llanura que rodeaba el río Zújar.

Magacela es un destino para paladares exquisitos, para viajeros sabios con buen gusto, que escapan de las rutas trilladas y buscan la belleza exclusiva. Y así nos sentimos: viajeros privilegiados que, llegando desde Villanueva de la Serena o Don Benito, ascendemos un par de kilómetros por una carretera estrecha y sinuosa, aparcamos el coche a la entrada del casco viejo en un arcén ampliado, y nos adentramos por la calle Tahona, por la calle Alelías, por la arteria principal, que se llama Hernán Cortés y nos lleva a un par de rincones deliciosos: llenos de flores y vegetación entre paredes encaladas; agradables y evocadores en el atrio de la antigua iglesia prioral, hoy ermita de Nuestra Señora de los Remedios.

De pronto, el silencio es roto por el canto de un coro rociero. Parece provenir de un disco, pero no, es un coro de verdad que alegra una ceremonia. Y enseguida, retorna el silencio. No se ve a nadie, pero están. De hecho, cuando en lo alto del castillo demos un grito para que vuelen los grajos y animen una foto, el pueblo se agitará y se escucharán rebuznos y ladridos de animales alterados y vecinos con gracia que responden a nuestro grito con otro. Así que un consejo: si suben a Magacela, hablen con voz queda porque aquí gusta el silencio.

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Nos hemos referido en un par de ocasiones al castillo y ya es hora de que tomemos un desvío bien señalizado y ascendamos, a pie y con esfuerzo, hasta los restos de esta fortaleza, entremos en ella por una puerta en recodo, que puede remontarse al siglo XIII, y paseemos por los restos de sus dependencias y de su iglesia de Santa Ana.

El castillo es puro escenario romántico, coronado por un cementerio medieval que habría inspirado a Bécquer la más tétrica de sus leyendas. La última vez que vinimos a Magacela, hace de eso ocho años ya, su cementerio se encontraba en estado de abandono, rodeado de malas yerbas, tapias derruidas y oquedades negras que aparecían asomarse al fin del mundo. Hoy, el cementerio ha sido recuperado. Se han levantado y adecentado las tapias, limpiado el entorno, blanqueado cada tumba y lo que ha ganado en dignidad lo ha perdido en impresión siniestra. También se ven casas restauradas porque el pueblo empieza a tener tirón entre quienes gustan de una segunda residencia singular e irrepetible.

Siempre que visito estos lugares maravillosos y solitarios, pienso que hay que disfrutar de ellos con intensidad antes de que los descubran los alemanes y se vengan a vivir aquí. Sin embargo, Magacela debe de tener una gracia especial para camuflarse y mantener su tranquilidad de pueblo blanco y exquisito porque aún no ha sido descubierto por los jubilados europeos en busca de retiros dorados llenos de historia.

Calle típica de Magacela:: E.R.
Calle típica de Magacela:: E.R.

Hemos visitado ya nueve conjuntos histórico artísticos de la provincia de Badajoz y viene siendo hora de recoger algo importante que nos sugieren geógrafos y especialistas: reclamar la preceptiva ordenación patrimonial (LPHCE, art. 40) de estos conjuntos, mediante los Planes Especiales de Protección, cuya redacción y tramitación se encuentran aparcadas desde hace tres lustros.

En el caso de Magacela, sorprende que un conjunto histórico artístico que se muestra tanto y se ve tan bien desde media provincia de Badajoz no se haya convertido, sin embargo, en meca de turistas y neorrurales. Y al igual que Magacela se ve, desde Magacela se ve: es un mirador espectacular para distinguir pueblos chicos y ciudades grandes, charcas, serranías, rebaños de ovejas, cuyo campanilleo trae el viento hasta lo alto del castillo, carreteras y caminos y una llanura que relaja y justifica que el cronista se ponga estupendo y emplee expresiones retóricas: anonada La Serena en lontananza, sosiega el alma un horizonte sin límites o emociona ese manto dorado que alfombra el infinito. O sea, alucinas con el paisaje.

Descendemos del castillo por una puerta con rampa, que nos deja en un terraplén, y volvemos a callejear por este laberinto medieval de cal y macetas, estrecheces urbanas propias de lo que fue aljama judía principal de La Serena; rincones con emoción donde recordar que los moriscos de Magacela eran gente activa y principal, motor económico y agrícola de la zona junto con los de Hornachos y Benquerencia.

Resto del castillo:: E.R.
Resto del castillo:: E.R.

El origen del nombre de Magacela provoca controversia. Podría venir del latín Magna Cella (gran despensa) o Magalia Quandam (chozo o refugio de pastores) o del árabe Umm Gazala (gran madre o casa grande o segura). La leyenda, siempre atrayente, sostiene que el topónimo proviene de una princesa mora, que una noche cenó mucho, justo después de la cena llegaron los cristianos, entraron en el castillo, ella se quejó: «Amarga cena, amarga cena»... Y con ese nombre se quedó el pueblo.

La Procesión de las Antorchas del Viernes Santo es un espectáculo emocionante

Los atractivos que hemos referido se completan con los restos arqueológicos que rodean el pueblo (pinturas rupestres, dolmen) y con las fiestas populares: romería de los Remedios, festejos de Los Santitos y de El Pilar, Magamedieval (ambientación medieval a mediados de agosto), la Marcha Nocturna de 10 kilómetros durante la luna llena de agosto o la impresionante Procesión de las Antorchas del Viernes Santo, sin duda uno de los espectáculos religiosos menos conocidos y más sorprendentes de Extremadura.

Impresionados vivamente por cuanto hemos visto y disfrutado en Magacela, volvemos a la carretera y nos dirigimos hacia nuestra siguiente joya histórico artística, que no es otra que la capital de la región: Mérida.

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