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UNA INICIATIVA PROMOVIDA POR LA DIPUTACIÓN PROVINCIAL

Llerena, paseando por una obra maestra

Llerena, paseando por una obra maestra
LAS 12 JOYAS DE BADAJOZ

No es fácil describir la ciudad sin caer en la prosa de catálogo turístico por ser tanta su grandeza

J. R. ALONSO DE LA TORRE

No es fácil contar un paseo por Llerena sin caer en el estilo folleto turístico, sin escapar de la prosa de catálogo. Son tantas cosas... Tanta delicadeza en la escultura, tanta magnificencia en la arquitectura, tantos avatares en su historia... Pero vayamos a lo sencillo, es decir, llegamos a Llerena y circunvalamos por la LL-30 la ciudad, pues ciudad es desde que Felipe IV le concediera tal título en 1641.

La LL-30 es como llaman los llerenenses a los arrabales de Tejeiro, San Francico y San Antonio, es decir, las calles que rodean los restos de torreones, paños y cinco puertas de la muralla levantada por los musulmanes y reformada por los cristianos, cerca imprescindible para proteger una plaza tan expuesta en la llanura. Pasamos junto a la estatua que aquí llaman con ironía del Tumbaíto, que no es otro que Pedro Cieza de León, un llerenense que trajo la patata de América, rodeamos la rotonda de Dalí, la del peralte imposible, y entramos, en fin, en el casco urbano, dejándonos guiar por la torre más alta y bella para aparcar a su sombra. Esa torre emblemática es la de la iglesia de Nuestra Señora de la Granada, uno de los templos más bellos de Extremadura y, también, uno de los que más tesoros guarda.

Esta torre mudéjar nos recuerda a la Giralda, aunque con el detalle especial de que la torre de Llerena parte de la bóveda de la iglesia y la sevillana es más fácil: parte del suelo. Pero lo importante es que estamos en el cogollo llerenense, en su plaza mayor, junto al ayuntamiento, en la antigua capital de la provincia de San Marcos de León, donde se establecían la Audiencia y la Tesorería de la Orden de Santiago, además de ser sede del Tribunal de la Santa Inquisición.

Iglesia llerenense de Nuestra Señora de la Granada.
Iglesia llerenense de Nuestra Señora de la Granada. / Esperanza Rubio

Llerena era una especie de capital de estado con jurisdicción inquisitorial sobre más de 500 pueblos, y cuyo gobernador mandaba en más de medio centenar de localidades. Es más, en 1835, se produce el llamado «Cisma de Maeso», cuando el líder de la más importante familia llerenense declara Llerena ciudad independiente, oponiéndose a su dependencia del obispo de Badajoz. El cisma dura año y medio, tiempo durante el que los curas papistas son apedreados y encarcelados y no se legalizan los sacramentos.

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Franqueamos, en fin, las puertas de la iglesia de la Granada, levantada por la Orden de Santiago entre los siglos XIII y XIV, pero transformada posteriormente hasta levantarse en el XVII la torre de la que hemos hablado. Otra característica diferenciadora del templo es la doble galería de arcos levantada en el siglo XVI con la finalidad de asistir a los acontecimientos públicos que tenían lugar en la plaza. Entre ellos, los autos de fe de la Inquisición, que tanta fama de crueldad dejaron en la ciudad, aunque a la hora de la verdad, cuando fueron juzgados los Iluminados de Llerena, solo dos fueron ajusticiados.

Calle típica de Llerena.
Calle típica de Llerena. / Esperanza Rubio

Sigue siendo hoy la plaza el centro de la vida cotidiana con sus terrazas, su paseo y su fuente diseñada por Zurbarán, que se casó dos veces en Llerena y aquí vivió y pintó. Aprovechemos la mención al gran pintor para reunir en un párrafo el florilegio de obras de arte llerenenses.

Empezamos por el Crucificado que se guarda en el ayuntamiento, de principios del siglo XVI, marcando ya distancias con el dramatismo bajomedieval y acercándose a una estética idealmente serena. El sepulcro de don Alonso de Cárdenas y su esposa doña Leonor de Luna, de los años 1480 y 1493, en la iglesia de Santiago. En esta misma iglesia se conserva, además, una obra maestra de los talleres plateros llerenenses del XVI: la cruz de altar de árbol gajado.

En Llerena, se establecerá Martín de Holanda, que pondrá las bases de un formidable taller de escultores y entalladores que revolucionará e impulsará la creación en la Baja Extremadura. Fruto de ese empuje será el retablo de la iglesia de Santa Clara llerenense, de Juan de Oviedo y Martínez Montañés, del que se conserva la escultura de San Jerónimo Penitente (1604), obra maestra de Juan Martínez Montañés.

Muralla de Llerena.
Muralla de Llerena. / Esperanza Rubio.

Acabamos con las joyas llerenenses de Zurbarán. Ya establecido en Sevilla, en 1630, pinta el retablo de Nuestra Señora de la Granada, desmantelado, desgraciadamente, durante el siglo XVIII, pero del que se conserva el magnífico Crucificado (hacia 1636).

Seguimos nuestro paseo por la ciudad y llegamos a la iglesia de Santiago, de la que ya hemos ensalzado sus obras maestras. Es una construcción iniciada en 1482 (gótico tardío hispano-flamenco) por el maestre de la Orden de Santiago, Alonso de Cárdenas, que en ella está enterrado. Contraste: su aspecto exterior es austero, su retablo mayor es riquísimo.

A un paso de esta iglesia, el hospital y templo de San Juan de Dios, de estilo barroco y único conservado de los muchos hospitales que tuvo Llerena. Después, las casas mudéjares. Más allá, el convento de Santa Clara, clasicista, fundado en 1508, con impresionante fachada de ladrillos, hermoso claustro y dulces riquísimos: perrunillas, pastas de nuez, bizcochos deliciosos con un aire de bolluelas... La generosa bolsa de dulces de las monjas: 4 euros.

Cerca de aquí, el palacio de los Zapata, del siglo XVI, hoy Palacio de Justicia. Fue construido por don Luis Zapata, consejero de los Reyes Católicos, aquel que escribió lo de que en su pueblo no había gente necia. El paseo continúa porque aún hemos de visitar la iglesia del convento y colegio de la Merced, que hoy es Casa de Cultura, el convento de la Concepción, las casas maestrales, el palacio de doña Mariana, convertido en preciosa hospedería de turismo, el palacio episcopal...

Pero nos habíamos conjurado para no caer en la prosa de catálogo y andamos ya en ello porque contar en una página todo Llerena se antoja imposible. De la ciudad nos marchamos. Salimos a la LL-30 por la única puerta de la muralla conservada, la de Montemolín. Hemos de regresar para disfrutar de sus fiestas de San Antón, de sus divertidos Carnavales, de la Semana Santa impresionante, de San Isidro, de las fiestas patronales de agosto, de su festival de cortometrajes El Pecado...

Nos llevamos dulces de las monjas y una receta llerenense que nos intriga mucho: conejo a la Inquisición. La recoge la Cofradía Extremeña de Gastronomía y consiste en macerar dos horas el conejo en aceite, pimienta negra, zumo de naranja y zumo de limón. Luego, a la parrilla con él. Después, lo freímos con manteca y ajo. Añadimos el adobo, un poco de agua, lo dejamos cocer y listo. Adobar, asar, freír y cocer... No es un auto de fe, pero casi. Intrigados por el origen de esta receta tremenda, nos dirigimos a nuestro próximo destino artístico. Queda cerca: Azuaga.

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