«Fui el que abrió la lata de la democracia en Extremadura»

Enrique Sánchez de León, fotografiado en su casa de Madrid, ante un cuadro del santeño Alejandro Tinoco.  :: óscar del pozo/
Enrique Sánchez de León, fotografiado en su casa de Madrid, ante un cuadro del santeño Alejandro Tinoco. :: óscar del pozo

exministro de Sanidad en el primer gobierno de Adolfo Suárez y exdiputado por Badajoz con UCD

ANTONIO TINOCO

Fue uno de los mayores protagonistas -si no el mayor- de la política extremeña en los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia hasta el punto de que se define como 'el abridor de la lata' de la democracia en Extremadura. Enrique Sánchez de León Pérez (nacido circunstancialmente en Badajoz en 1934 pero natural de Campillo de Llerena), abogado e inspector de Trabajo, fue procurador de las últimas Cortes de aquel régimen que se denominaba en un absurdo juego de palabras 'democracia orgánica' después de competir con el capitán general de Cataluña, Alfonso Pérez Viñeta. Y luego fue dos veces diputado por Badajoz al lograr UCD la victoria en las dos primeras elecciones democráticas.

Regionalista de corazón, creó un partido de ese corte aunque de vida efímera. Y estuvo en el momento político más decisivo del último medio siglo español: en el paso de la dictadura franquista a la democracia que selló la Constitución del 78. Tuvo la confianza de Adolfo Suárez, del que se sentirá para siempre devoto, y trabajó en la sala de máquinas de la Reforma Política desde la Dirección General de Política Interior, una instancia decisiva en la legalización del Partido Comunista y en el complicadísimo día a día de la gestión de las mareas -unas rupturistas; otras reformistas, inmovilistas las de más allá- que pugnaban por decantar a su favor el destino de España. Su mayor relevancia la tuvo cuando formó parte del primer Gobierno de Suárez como ministro de Sanidad y Seguridad Social. El fracaso del CDS lo retiró definitivamente de la política, como al propio Suárez, y hoy, ya recluido en su despacho de abogados, rememora en esta entrevista aquellos buenos días de efervescencia y acción. Con algunos resquemores pero sin avivar los rescoldos de cuentas pendientes.

Imagino que para un seguidor aventajado de Adolfo Suárez como usted habrá sido motivo de alegría que la última encuesta publicada, la que difundió el diario El País el pasado domingo, concluyera que el 35% de los españoles querrían hoy que les gobernara Suárez. Le sacaba a Felipe González el doble de apoyo.

Es un reconocimiento más de los enormes méritos de Suárez, aunque sea tardío. Y también es una patada en el culo a toda la política actual, en el sentido de despreciar los posicionamientos interesados y sin grandeza alguna. Esa encuesta pone de manifiesto que España añora a la gente de Estado.

¿Ese reconocimiento a Suárez significa que a los españoles les gustaría que la Historia diera marcha atrás?

En un sentido, sí. Los españoles hemos olvidado interesadamente la historia de la Transición. Yo tengo una manía, que mis allegados confunden con nostalgia, de sostener que pasamos demasiado deprisa de la grandeza de los años 70 a la miseria de los 80 y a la perpetuación de una visión de la política absolutamente interesada, que es donde nos encontramos. Es lógico que ahora se eche de menos la grandeza de un esfuerzo común que se llama patria.

Dice que se ha olvidado la Transición 'interesadamente'. ¿A quién le interesa que se olvide?

Tengo una visión bastante descarnada del tema. La Transición no le interesó ni a la derecha ni a la izquierda. Lo he dicho en Extremadura siempre que me han dejado, que han sido pocas veces. No podemos olvidar que el Partido Socialista estuvo en contra de la Transición, acuérdese de su opción por lo que entonces se llamaba 'ruptura', mientras que la derecha no es que estuviera en contra de la Transición, es que no estuvo en nada.

Si no le interesó la Transición ni a la derecha ni a la izquierda, ¿cómo salió adelante?

Porque le interesó al pueblo español. Esa es la clave. Ahora es fácil subirse al carro, y es injusto apropiarse de la Transición, como lo ha hecho cierta izquierda, e incluso de figuras como la de Suárez que, no olvidemos, fue durante décadas denostado.

La idea de que a los reformistas se les arrebató el mérito de la Transición la tiene usted muy arraigada; incluso desarrollada por escrito. ¿Pero no cree que la Transición fue un fenómeno tan complejo que incluso fue valiosa la aportación de quienes estaban en contra?

Por supuesto. Y era inevitable que fuera así. Yo fui protagonista muy directo de algunos actos importantes. Desde la Dirección de Política Interior, donde estaba en el año 76, controlaba las manifestaciones, por decirlo entrecomilladamente. Nosotros sabíamos día a día qué pasaba en toda España y teníamos clasificadas las actitudes, las manifestaciones, los artículos de prensa... Lo que quiero decir es que hubo una generación de reformistas que supimos encauzar también esas energías, las de la reforma y las de la ruptura, para que obraran a favor de la Transición.

Aprovecho, entonces, el aniversario para preguntarle: imagino que desde su puesto en Política Interior estaría en primera línea de la legalización del Partido Comunista, de la que se cumplieron 40 años el pasado día 9.

¡Pero cómo no iba a estar, lo que ocurre es que eso no le interesa ya a nadie!

Sin embargo, siempre se ha dicho que la Transición estuvo a un tris de descarrilar por la legalización del PCE. Puede que no interese, pero aquel momento fue importante. ¿Cómo lo recuerda?

Ese asunto lo llevó muy directa y reservadamente Adolfo Suárez, aunque yo estaba al tanto de las cosas porque mi ministro, Rodolfo Martín Villa, nos tenía puntualmente informados. Tenga en cuenta también que la Dirección de Política Interior jugaba su papel en el proceso porque era la instancia que registraba los partidos políticos a través de la Subdirección de Asociaciones. Por lo tanto condicionábamos la inscripción en el registro del Partido Comunista, que era requisito previo a su legalización. El PCE, asesorado desde Política Interior, presentó unos estatutos impolutos desde el punto de vista de la legalidad administrativa. Pero eran momentos políticamente muy delicados, por eso tomamos la decisión de que registraríamos al PCE si además contábamos con un informe favorable de la Junta de Fiscales como órgano velador de la legalidad, porque el Tribunal Supremo había dicho que la legalizacion no era de su competencia. Cuando tuvimos ese informe, inmediatamente dimos luz verde a la inscripción.

¿Con cuánto tiempo de antelación llegó el informe de los fiscales respecto del día de la legalización del PCE?

Prácticamente el mismo día. Creo recordar que la Junta de Fiscales se reunió el Viernes Santo y la legalización se produjo el sábado.

Suárez, entonces, no aprovechó la Semana Santa para legalizar al PCE.

Indudablemente, no. Fue una estrategia muy sencilla. Y de un gran riesgo. Suárez, con aquella decisión, se jugó una ruptura institucional de la derecha y posiblemente del futuro democrático.

Tras este paréntesis tan ilustrativo sobre el proceso de legalización del PCE, me gustaría volver a preguntarle por la Transición en relación con Extremadura. En alguno de sus escritos he leído que los protagonistas de la Transición fueron tratados en Extremadura con, le cito textualmente, «una sañuda falta de respeto». ¿Por qué?

Pues porque al socialismo extremeño le ganamos dos veces en elecciones generales, en 1977 y en 1979. El protagonismo de ese comportamiento me tocó a mí. Lo curioso era que yo no representaba una posición de derecha, sino de centro. Nos dijeron'fascistas', que éramos 'los mismos perros con distintos collares', etc. A pesar de que nadie nos podía acusar de fascistas a gente como Julio Cienfuegos o a mí. Yo fui, no por mis méritos sino porque estaba en el momento oportuno en el lugar adecuado, el auténtico 'abridor de la lata'. En los años 70 yo fui pueblo a pueblo defendiendo la Transición hacia la democracia.

¿Cuando dice que usted fue 'el auténtico abridor de la lata' se refiere a que abrió la lata de la democracia en Extremadura?

Sí. Fui uno de los más característicos. Tenga en cuenta que yo en el año 71 gané unas elecciones a consejero nacional y procurador en Cortes al capitán general de Cataluña, vieja guardia apoyada por el Movimiento, el Gobierno y el Ejército. Ese episodio 'abre la lata' del aperturismo y del reformismo en Extremadura. Pero este episodio es silenciado. Y cuando en 1982 me presento independientemente a unas elecciones generales, era el enemigo a abatir. Mis contrincantes en aquella época tomaron una posición leninista de boicot y tergiversación. Eso que está tan de moda ahora y que llamamos posverdad.

¿El PSOE se la tenía jurada?

Nunca me perdonó que les ganara dos elecciones.

¿En el 77 y 79 estaba el PSOE en condiciones de ganar? Por aquella época estaba recomponiéndose.

El PSOE tenía una organización incipiente que le impidió ser protagonista del reformismo en aquellos momentos, es cierto, pero contaba con la marca histórica en Extremadura. No obstante, quienes nos pusimos a la cabeza de la manifestación entonces fuimos nosotros porque interpretamos con rigor lo que quería la gente, que era pasar del régimen de Franco a un régimen normal sin miedo, sin extremismo y sin volver a las andadas.

¿Cree que habrá en España una segunda transición?

Desde mi experiencia política, Podemos se parece muchísimo a lo que era el PSOE en el 76. El PSOE entonces era un antisistema que no parecía tanto porque, de algún modo, antisistema lo éramos todos. Los primeros antisistemas éramos los reformistas que pedíamos, nada menos, que sufragio universal, directo y secreto. ¿Qué ocurrirá ahora? Hay mimbres para una nueva transición porque están llegando al poder los jóvenes, que aunque han nacido en una sociedad plena en relación a la que tenían sus padres, persiste la desigualdad, que es el motor del cambio político. De lo que tengo dudas es que, si ocurre la segunda transición, tenga la misma grandeza que la primera. Creo que sería una transición cutre.

Se ha confesado siempre regionalista y ha dicho, y cito, «que si se tiene sentimiento regionalista ya no te abandona y si se pasa es que no fue de verdad. Siendo el latido y la conmoción su principal ingrediente». Son palabras más propias de enamorado.

Claro, pero no como concepción política. Es muy difícil ser regionalista sin estar enamorado de tu tierra. Sospecho de quien dice tener sentimiento regionalista con Extremadura, pero no relación sentimental.

Pero su militancia política regionalista fue breve. Acción Regionalista Extremeña (Arex), el partido que fundó, se integró en UCD a los pocos meses.

Diríamos que fue breve mi regionalismo activo de carácter político, pero no mi actitud regionalista. Yo siempre me he referido al regionalismo como una acción continua derivada de circunstancias personales. Yo pretendí una acción política desde el regionalismo extremeño. Arex no fue una improvisación. Allí se juntaron gentes de relevancia política con absoluto convencimiento de su viabilidad. Los únicos que construimos un discurso político éramos nosotros. Y se nos temía. Esto no se conoce, pero yo siendo director de Política Interior, consejero nacional y procurador en Cortes, cuando iba a Extremadura me vigilaba la Policía. El recelo del régimen hacia nosotros era tremendo. Y de la izquierda ni le cuento. Tuve una polémica tremenda con quien entonces era el secretario del PSOE [Alfonso González Bermejo].

¿Pero por qué se integró en UCD?

Por pragmatismo. Éramos un partido regionalista, con una amplia implantación en los pueblos extremeños entre gente muy modesta y en un tiempo récord, pero estábamos en una región donde ese sentimiento regionalista no existía. UCD era la única salida en la que expresar el regionalismo. Pero estábamos solos y no teníamos ni un duro.

También se ha interpretado como una salida personal.

Yo era director de Política Interior. A mí me ofrecieron todas las posibilidades de ir en listas nacionales. El propio Suárez me dijo que no me metiera en aventuras en Extremadura. Lo tengo escrito. La alternativa era clara: o ir solos compitiendo con un partido que tenía como cabeza a un hombre que acaparaba el prestigio, que era UCD y Adolfo Suárez, o nos 'apoderábamos' de UCD, que fue un término que se vendió de una manera canallesca. El sambenito de que yo vendí Arex a UCD por ser ministro es una mentira estúpida, cuando la realidad fue que no teníamos otra alternativa que 'apoderarnos' de UCD para tener acceso a un poder que en todo caso beneficiaría a Extremadura.

Usted ha sido crítico con los gobiernos socialistas, en España y en Extremadura. ¿Le interpreto bien si digo que le habría gustado que en nuestra región hubiera gobernado el PP en lugar del PSOE?

No me interpretaría bien. En absoluto. Cuando critico al PSOE no estoy por ello defendiendo la política contraria. Siempre he dicho que, en términos históricos y aun filosóficos, Extremadura necesitaba una pasada por la izquierda. Nunca he tenido nada vital en contra del socialismo: soy de pueblo, hijo de maestra, he tenido que estudiar con beca... Sí critico una política sectaria o personalista o de falta de respeto hacia el adversario. No me gusta el culto a la personalidad ni el aquí mando yo por mis cojones.

¿Le pone nombre y apellidos?

No, no. A mis alturas no quiero polémicas personales. No quiero que se esconda la verdad, pero de ningún modo busco pelea.

¿A qué atribuye que el PP perdiera el poder en la primera ocasión?

A que el PP, en términos generales, está carente de sensibilidad social. No conoce las necesidades más elementales de la gente. ¿La gente quiere libertad? Pero también comer a diario. ¿La gente quiere progreso económico? Sí, pero quiere que le llegue a todos. Y, sobre todo, la gente quiere que los que están en el poder se les parezcan. El PP perdió en Extremadura por sus errores, y eso que ya es hora de que Extremadura le pida responsabilidades a la izquierda porque lleva gobernando casi tantos años como Franco y su gestión no ha servido para sacar a Extremadura de donde estaba.

 

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