Badajoz, 19 de marzo de 1230

Alfonso IX entró en la ciudad ese día al frente de sus tropas en la alcazaba, llegando hasta la mezquita del palacio del gobernador, que sería a partir de entonces la catedral

Badajoz, 19 de marzo de 1230
FERNANDO ORTIZ ASOCIACIÓN ALFONSO IX

Los habitantes de las alquerías y poblados de la vega del Guadiana habían visto marchar hacía días a las tropas del gobernador de Badajoz en dirección a Mérida, para unirse a las del emir Ibn-Hud al-Mutawakkil, que se aprestaba a defenderla del potente ejército del leonés Alfonso IX, quien a finales de febrero de 1230, marchaba sobre el valle del Guadiana tras haber incorporado a su reino la ciudad de Cáceres el año anterior.

Dicen que el ejército del emir era inmenso, de unos 80.000 hombres, pero no había llegado a tiempo de impedir que los leoneses, con las huestes zamoranas y los caballeros de Alcántara al frente, asaltaran la ciudad por el puente romano y se hicieran con su control a principios de marzo.

El día 15, en las cercanías de Alange tuvo lugar una gran batalla, y los pocos jinetes que pudieron escapar y galopaban ahora en sus ensangrentados caballos para acogerse tras las imponentes murallas de Badajoz, decían que la mayoría de los guerreros musulmanes habían muerto en la terrible persecución que se desencadenó una vez que sus líneas cedieron ante el empuje cristiano, y el mismo Ibn Hud había resultado herido.

Los pobladores de la vega ya habían sufrido a los leoneses hacia cuatro años, en una de sus correrías en las que asaltaban y saqueaban rápidamente cuanto encontraban a su paso, pero ahora era distinto. El ejército que lideraba el anciano rey Alfonso avanzaba tranquilamente, casi como en un paseo triunfal, consciente de su superioridad y de que no quedaban enemigos de entidad entre ellos y Badajoz.

A las tropas del rey, con sus estandartes blancos con leones granates, seguían las cruces de colores de las diversas órdenes de caballería: el Temple, Santiago, Alcántara. las mesnadas de los obispos de Santiago, Oviedo, León, Zamora y Coria, e incluso mesnadas concejiles. Nada quedaba ya de las orgullosas banderas negras de Ibn Hud.

Los refugiados entraban precipitadamente por las puertas de la ciudad musulmana, que estaban abiertas de par en par, pero no encontraban la tranquilidad que esperaban, más bien lo contrario. La impresionante fortaleza no se aprestaba a la defensa. El escaso número de tropas que había dejado el confiado gobernador no alcanzaba ni para cubrir el extenso perímetro amurallado, y no se habían almacenado víveres para hacer frente a un asedio. Por este motivo, y ante el griterío desesperado de la población, el lugarteniente al mando de las tropas de la alcazaba descendió a caballo con su escolta del cerro de la Muela, al encuentro de la vanguardia leonesa y solicitó parlamentar con D. Alfonso: Badajoz sería suya si respetaba las vidas y haciendas de sus moradores, que pasaban a ser súbditos del rey de León.

Alfonso IX entraba al frente de sus tropas en la alcazaba, llegando hasta la mezquita del palacio del gobernador, que sería a partir de ahora la catedral. Corría el 19 de marzo de 1230, día de nuestro señor San José.