El monasterio más pequeño del mundo

Es tan minúsculo que San Pedro de Alcántara tenía que dormir sentado. El Palancar está en Cáceres, y las 13 estancias que hay en sus 73 metros cuadrados son un monumento a la austeridad

ANTONIO ARMEROCÁCERES
El monasterio más pequeño del mundo

Antes de cruzar la puerta, José García, el fraile de españolísimo nombre que guía la visita al convento más pequeño del mundo, advierte: «Este mes tenemos una oferta especial: los tres primeros golpes son gratis, el cuarto lo cobramos con IVA». A los diez minutos, uno de los cuatro que le siguen en el recorrido ilustrado por El Palancar rinde honores al consejo del anciano fray (cumplirá 82 años en junio) y gasta su primera bala embistiendo con el cráneo la piedra recia que hay por encima de una de esas puertas sin puerta que no pasan del metro y medio de alto por uno de ancho. Un metro ochenta, apunta el veterano cicerone, medía San Pedro de Alcántara (1499-1562), franciscano ejemplar, impulsor de la descalcez en la Orden, patrón de Extremadura y el hombre que mandó levantar, entre perfecta dehesa y canchales amables, este convento de 72 a 75 metros cuadrados -según se cuente o no el grosor de los muros-, difícil de fotografiar porque las estancias son mínimas y la luz escasa.

Si las señales de tráfico recogieran el léxico del lugar en el que las colocan, el convento de la Concepción de El Palancar, que está en Pedroso de Acim (124 habitantes, entre Cáceres y Plasencia) se anunciaría como «el conventino». Aquí, la mayoría lo llama así, con ese diminutivo tan extendido en esta región fronteriza a la que fue a parar en el último tramo de su vida Juan de Sanabria, rebautizado como Pedro al ingresar en la orden Franciscana, a la que llegó con 16 años, tras abandonar sus estudios de Derecho en Salamanca. El religioso más repetido en el callejero de Extremadura, el que dicen que curó a una niña ciega de cuatro años en el cercano pueblo de Casas de Millán, hizo de la austeridad su bandera, llevó al extremo el sentido de la coherencia y quiso para sí mismo una celda -nombre mucho más propio que el de habitación para este espacio- en la que no se puede estar de pie. Ni tumbado. Sólo sentado. Sobre una piedra pulida, con un ventanuco de nada a la izquierda, un pequeño tronco delante, el techo abuhardillado frente a los ojos y una cruz de madera a los pies.

«Paréceme fueron cuarenta años los que me dijo había dormido solo hora y media entre noche y día. Lo que dormía era sentado y la cabeza arrimada a un maderillo que tenía hincado en la pared. Echado, aunque quisiera, no podía, como se sabe, porque su celda no era más larga de cuatro pies y medio». Lo dejó escrito Santa Teresa de Jesús, que no pisó en su vida El Palancar, pero que fue «la gran confidente», en palabras de fray José García, del santo que fundó este retiro para ascéticos. Él la visitó a ella varias veces, hasta que murió en Arenas (Ávila), «que pasó a llamarse Arenas de San Pedro en honor al santo», enriquece fray José García.

Este octogenario de humor agradecido que echa pestes de la televisión actual define el lugar que enseña a los turistas como «un convento dentro de otro convento». Y lo que dice es una verdad físicamente cierta. Visto desde fuera, El Palancar engaña. Parece mucho más de lo que es, y más aún si se contempla desde lo alto de la liviana montaña que lo protege, en la que ya no hay signo alguno del incendio forestal que en verano del año 2006 obligó a los cuatro frailes que lo habitaban entonces a llamar al 112 primero y después, a hacer caso a los vecinos y marcharse de allí. Volvieron al día siguiente y todo estaba igual, o sea, casi tal como está hoy. Ahora son tres y se turnan para enseñar el pequeñísimo convento, que comparte pared con la residencia que ellos ocupan, un recinto coqueto con jardín, huerto y 20 habitaciones. Fuera hay también una casa de acogida con treinta literas que esta Semana Santa ocupará un grupo de ochenta jóvenes acompañados por sacerdotes franciscanos. Ninguna de esas estancias existía en 1557, cuando se levantó el miniconvento que fray Pedro de Alcántara mandó construir en el huerto con una pequeña casa que le regaló el noble Rodigo de Chaves. Al poco de pulsar el portero automático, sale el fraile, que viste de tal, calza sandalias con calcetines y se abriga con un polar negro de cremallera y una bufanda gris casi tan gorda como una manta. Hace frío en ese pasillo bajo y estrecho en el que se detiene a explicar dónde estamos. «San Pedro -explica con el tono de voz en el que se cuentan los secretos- mandó construir este convento después de llevar más de cuarenta años como fraile, y lo hizo no para vivir miserablemente, pero sí para que fuera un freno a la ambición y la fantasía de la gente, pues no hay que olvidar el contexto histórico, estamos hablando del Siglo de Oro, y lo del oro no era una metáfora».

La celda más pequeña

Como no le gustaban ni la España del momento ni la Orden franciscana de esos años, san Pedro de Alcántara aceptó el regalo del noble y se fue a vivir a la casa de El Palancar, llamada así por una fuente que hay al lado y que ahora no suelta una gota. El emperador Carlos V le ofreció ser su confesor en el extraordinario monasterio de Yuste, pero él prefirió llevar una vida de ermitaño junto a unos pocos frailes más. Se le unieron siete, que ocuparon un convento raquítico, oscuro, en el que hay una cocina que hoy sería de juguete, un comedor sin mesa que era también la sala para juntarse a rezar o charlar, y una capilla en la que si caben siete personas es porque son flacas y no tienen reparos en permanecer codo con codo, en sentido literal.

Capilla, comedor, cocina y diez celdas, la más pequeña de ellas la del santo, construida en el hueco de la escalera entre las dos plantas. Más un patio central de tres metros por tres. Eso es todo lo que hay en El Palancar, donde la temperatura baja unos cuantos grados nada más cruzar la puerta. «Una de las veces que la visitó en Ávila -relata el guía-, Santa Teresa le preguntó a San Pedro que qué hacía para combatir el frío, y este le contestó lo siguiente: Muy fácil, yo entro en la habitación, abro la puerta, abro la ventana, me quito el manto y empiezo a tiritar fuertemente un rato, luego cierro la ventana, cierro la puerta, me pongo el manto y quedo en la gloria».

Cuenta la anécdota y se comprende por qué «la incredulidad», según dice él, es la palabra que más repiten los turistas al final de la visita. «La gente -asegura- suele decir que es algo inédito, aprecian la paz que transmite este lugar». «La mayoría de los que vienen son creyentes, y alguno que no lo es, tras pasar por aquí se lo replantea», concluye fray José García. No se sabe si bromea. Quizás no. Él se despide, invita a volver, sonríe y cierra la puerta de un convento mínimo, o si se prefiere, un enorme monumento a la austeridad.

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