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En 'Gitanas' quince mujeres elaboran un relato polifónico sobre su situación real en una sociedad que tradicionalmente las mantiene en silencio

16.01.12 - 00:21 -
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Caló, manuche, cestero, cíngano, yaniche, barengré, romaní, rom. El propio vocabulario evidencia la heterogeneidad de la comunidad gitana, un pueblo al que el resto de la sociedad mira habitualmente con recelo, prejuicios y tópicos uniformizadores. «Salvo raras excepciones, los estudios sobre los 'roms' (gitanos) son conocidos por su precariedad conceptual. Pero por lo que se refiere a las mujeres 'romnia', podemos decir que la página está todavía por escribir», afirma Claire Auzias, estudiosa del mundo de los gitanos, autora de numerosos libros, entre ellos, de 'Gitanas', su primer trabajo en español, publicado recientemente por la editorial Pepitas de Calabaza.
«A las mujeres de los grupos desfavorecidos -denuncia- y a las mujeres discriminadas se les impone un plus de silencio». Para combatir esa situación, Auzias ha dado la voz a quince mujeres gitanas de distintos países de Europa. «He seleccionado aquellas cuyo discurso atípico, lejos de las ideas preconcebidas, era capaz de desatascar la imaginería simple ligada a estas mujeres», explica. Efectivamente, el libro permite escuchar con gran vivacidad testimonios muy diversos a través de las entrevistas que contiene. Entre los factores comunes que se arrojan, destaca la pervivencia de esquemas machistas. «Nada nos permite afirmar -dice la autora- que el patriarcado sea más virulento en este pueblo que en los demás. Lo realmente seguro es que lo es igual».
Este conjunto de expresiones directas de mujeres rom ha intentado, tal y como afirma Auzias, dejar de lado «la mirada mayoritariamente androcéntrica de la opresión patriarcal de todas las culturas, sin subestimar la del mundo gitano». Este «coro de voces gitanas» contribuye a señalar logros en materia de igualdad y a denunciar sin titubeos la pervivencia de múltiples situaciones injustas.
Una de esas voces es la de Chehida, una mujer romaní, de setenta y cinco años, originaria de Kosovo y residente en Montreuil (Francia): «El marido da todo el dinero a su madre y a su padre, no a su mujer. Aunque tengo cinco hijos suyos, aunque tengo una casa muy grande con él, si su padre y su madre viven, la suegra es la que manda. Yo no voy a ningún sitio con mi marido. La mujer está encerrada. Todo el mundo se calla. ¿Qué pueden hacer? No tienen derecho a hablar».
Añade que el marido de su nieta, un rom francés quince años mayor que ella, no le permite salir sin él. «No puede venir a dormir a nuestra casa si él no viene. No es de Kosovo, es francés. No puede salir sola, siempre con el marido. No puede ponerse pantalones, ni hablar por teléfono en francés ni tener amigas», señala.
Inés vive en Faro (Portugal). Superada la treintena, trabaja en dos empresas y tiene los estudios como objetivo principal. Asumió la presidencia de una asociación gitana. «Todos tuvieron a bien que fuese yo la persona ideal que asumiera el cargo. No lo esperaba de ningún modo porque soy mujer». Se preguntaba entonces qué podía hacer para que la gente abriera las puertas a su pueblo. «Porque son mi pueblo. Es mi sangre. Es mi origen. Y lo que pueda hacer, si está a mi alcance, lo haré. Pero también les hago ver a ellos lo que deben y no deben hacer. Porque a veces el pueblo gitano no llega más lejos porque hace muchas tonterías», lamenta esta mujer lusa.
Inés se casó pero el matrimonio fue un infierno. «Era muy posesivo. Iba por la calle con él y no podía mirar a nadie, nadie podía hablar conmigo. Golpes y más golpes. Fueron ocho meses de sufrimiento», recuerda. Volvió entonces a casa de sus padres, donde se sentía asfixiada, y pronto se dio cuenta de que no quería vivir una vida a la que no le veía sentido. «Esto es cosa de los tiempos de mis bisabuelos y de mis abuelos», se repetía. Así que se fue de casa con lo puesto. «Estuve durmiendo en la calle, en los parques, donde tocaba.», dice.
María vive en Annemsase (Francia), en una caravana. Tiene siete hijos. «He vivido en un piso, pero no pude, no lo soporto». Denuncia que el Ayuntamiento les trata como a ciudadanos de segunda. «Mis tíos abuelos por parte de mi padre murieron todos aquí, fusilados por los alemanes. Sí, participaron en la liberación de Annemase», afirma dolida.
«No pedimos grandes cosas -aclara-, solo que nos manden a una parcela donde tengamos garantías de quedarnos toda la vida, o por lo menos, diez o quince años, el tiempo necesario para construir algo para nuestros hijos, que puedan crecer en un ambiente que sea sano». Su familia se dedica a recoger chatarra. «No me veo trabajando en una fábrica. Tuve mi primera hija a los dieciséis años. Dejé la escuela, no he trabajado nunca. Creo que no podría trabajar», confiesa.
Irene nació en un barco, en Argel. Ella habla del respeto a los difuntos, de la prueba del pañuelo, y se muestra esperanzada con que la situación de la mujer: «Pienso que las mujeres empiezan a tener carné de conducir, a tener independencia, a salir solas.». Mariana es rumana. Está licenciada en Salud Pública y prepara un doctorado en Sociología. Sufrió discriminación en su infancia. En el momento de la entrevista, coordinaba un proyecto en el que se hallaban comprometidas trescientas cincuenta y seis mujeres roms que trabajaban como mediadoras sanitarias.
Manuela vive en Barcelona y está haciendo un doctorado en Ciencias Políticas. Mona es una pintora manuche: «Yo soy la primera mujer que pinta. Ahora me envidian. He enseñado a pintar a otras, por lo que creo que habrá otras que se dedicarán a esto».
Las quince mujeres de 'Gitanas' construyen una voz polifónica que trata una pregunta que Auzias enuncia en el preámbulo: ¿Quiénes son estas contemporáneas tan desconocidas?
«Las mujeres romnia tienen el futuro de su pueblo en sus manos, y no los hombres, a no ser que quieran unirse a su causa. Son la vuelta de tuerca en la reproducción de la cultura romaní, no solo en el aspecto fecundativo sino en su función de transmisión, que les permite mantener una cultura propia», advierte Auzias.
'Gitanas' incluye además una colección de fotografías de Eric Roset, autor de multitud de reportajes y varias exposiciones sobre el pueblo gitano. Sus imágenes, muchas de ellas obtenidas en Bermeo, completan este acercamiento a la realidad, secularmente silenciosa, invisible, de estas mujeres y de su memoria.
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