Josefina deja de tricotar

Camacho atiende el teléfono junto a Josefina tras ser indultado por el Rey en 1975. Abajo, su viuda en un homenaje al sindicalista. :: efe/
Camacho atiende el teléfono junto a Josefina tras ser indultado por el Rey en 1975. Abajo, su viuda en un homenaje al sindicalista. :: efe

La viuda de Marcelino Camacho fallece a los 90 años. Los famosos jerséis del líder sindical fueron el emblema de una vida dedicada a 'tejer' los hilos invisibles de las luchas obreras

ANTONIO CORBILLÓN

Las agujas de Josefina Samper cosieron mucho más que los jerséis de Marcelino Camacho, su marido durante más de seis décadas. Aquellas gruesas chaquetas de lana que marcaron tendencia y fueron el 'prêt-à-porter' oficial de todo buen sindicalista en el tardofranquismo.

La costura marcó los tiempos de su vida. Ya cosía cuando le conoció, cosió para él y no dejó de hacerlo cuando Camacho falleció en 2010. José, el chico que cuidó a un Marcelino al que sólo dobló el alzhéimer, sus nietos, su biznieta, sus vecinos, sus camaradas... hay pocos alrededor de Josefina que no tengan una confección artesanal suya. Su hilvanado vital se detuvo en la madrugada de ayer a los 90 años después de una vida de «rebeldía, no para hacer daño sino para cambiar las cosas», como solía decir a sus visitas.

Una de las habituales era el histórico colega de Camacho en Comisiones Obreras y director de la Fundación Abogados de Atocha, Francisco Naranjo. «Marcelino no habría existido sin ella», arranca cuando se le pide un primer recuerdo de Josefina. E insiste en luchar contra el tópico, bastante machista, de que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. «Más que detrás, Josefina iba al lado porque era de las que tiraban del carro», sentencia Naranjo.

Francisco Naranjo Fundación Abogados de Atocha «Los jerséis no sólo vistieron a Camacho. Fueron el sustento familiar» «Marcelino no habría existido sin ella. Más que detrás iba a su lado, tirando del carro»

El Twitter de su sindicato de siempre le deseaba ayer que «la tierra te sea leve». Pero la vida nunca lo fue para ella. Hija mayor de un minero y una lavandera de las Alpujarras almerienses (Fondón, 1927), la miseria y el cierre de la explotación a la que acudía a llevar la comida a su padre y en la que «todos los días salían muertos», según recordó ella una vez, llevaron a la familia al exilio en el puerto argelino de Orán.

Allí empezó a hacerse preguntas a las que buscó respuesta toda la vida. La primera fue: ¿por qué no podía ir al colegio? Respuesta: porque era extranjera y en la colonia francesa sólo admitían al 10% de foráneos en las aulas.

Temprano compromiso

La infancia le concedió pocas inocencias. Con 10 años y dos hermanos mellizos a los que cuidar, ya trabajaba de pantalonera en Orán. Y ahí se empieza a enhebrar su compromiso social y político. Tras la Guerra Civil y con apenas 12 años, arranca su militancia en las Juventudes Socialistas Unificadas. Hay muchos problemas en casa pero ella gasta su tiempo en organizar brigadas de niños españoles que mendigan viandas y dinero para llevarlo a los barcos de exiliados que llegan de España. El hermano de Santiago Carrillo, Roberto, se fija en aquella chica tan decidida y la recluta para el Partido Comunista (PCE).

En 1944 le encargan que prepare un aperitivo para tres exiliados que se han fugado de un campo de concentración. Uno de ellos es apenas una mata de pelo, un hombre enjuto de 50 kilos. «Me fijé en él porque llevaba una gorra con una P delante y otra detrás. P de preso, claro», ha contado muchas veces Josefina. Ella tenía 16 años. Él, 25. No se separarán nunca. «Les dije a mis padres que, si me casaba, tendría que ser con alguien que pensara como yo». En Marcelino encontró la horma de su zapato.

La familia regresó a España en 1957 y el fundador de Comisiones Obreras empezó a encabezar los primeros movimientos clandestinos. La pareja, que ya tenía dos hijos (Yenia y Marcel), se instala en un tercer piso sin ascensor en Carabanchel. «Sabía que así iba a estar más cerca de la cárcel», rememoró alguna vez Josefina, que dedicó su viudez a recorrer el país para extender el legado de su marido.

Fue un trasiego de entradas y salidas entre rejas hasta completar 15 años dentro. En ese tiempo, Samper siguió 'tejiendo' para la causa. Su casa era el primer reducto de los militantes excarcelados. Ella organizó a sus parejas en el colectivo Mujeres de Presos y puso en marcha el Movimiento Democrático de Mujeres, germen del feminismo que vendría después. Se hizo una experta en la lucha urbana de esos pioneros. Desde ocupar iglesias para hacerse oír, a aprender a meter ejemplares de 'Mundo Obrero' en el fondo de la olla que les llevaban a la trena. Y daba de comer a sus hijos, cómo no, cosiendo pantalones para un sastre.

En el entierro de Camacho, el 30 de octubre de 2010, cumplió su último compromiso con él. «No me verán llorar». Su templanza contrasta con la emoción general por la despedida de un imprescindible de las luchas por las libertades. Sus últimos años los repartió entre su casa de Majadahonda, el centro de día, donde se la solía ver casi siempre tricotando, y el relato de sus memorias, a las que nunca asomó reproche ni rencor. «Si ibas a verla y no tenía magdalenas para ofrecerte sufría», la añora su camarada Naranjo.

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