Hoy

Un emperador glotón

Retrato del Emperador Carlos V en 1533 - Thyssen-Bornemisza
Retrato del Emperador Carlos V en 1533 - Thyssen-Bornemisza
  • "Su gula, su voracidad maldita, llega al punto de que aun con mala salud, en medio de crueles dolores, no se abstiene de comer ni de beber lo que le es perjudicial"

El Emperador ya está en Yuste. Después del viaje de más de tres meses desde Bruselas, y la espera de casi otros tres en Jarandilla, el 3 de febrero de 1557 Carlos V llega a Yuste. Se retira del mundo, y lo hace junto al Monasterio Jerónimo. Pero, en contra de lo que han dicho algunos cronistas, Carlos V ni se hace monje, ni vive como un monje. El palacio que se ha hecho construir en Yuste es pequeño para un emperador, pero no pobre; su amueblamiento es rico, con hermosos cuadros y tapices y un ajuar de plata; sus vestidos, lujosos; su comida y sus gustos son los de un príncipe.

“Su gula, su voracidad maldita, llega al punto de que aun con mala salud, en medio de crueles dolores, no se abstiene de comer ni de beber lo que le es perjudicial”. Guillermo Van Male, ayuda de cámara de Carlos V, describe de este modo la famosa afición del Emperador a la comida y los problemas que le acarrea: “La dolencia empeora; se indigna, chilla; se vuelve contra su propia glotonería, contra la fatal complacencia del doctor…”, continúa Van Male. “El césar estaba hastiado de la carne. Le place el pescado: que traigan pescado. Tiene sed de cerveza: que se la escancien. No le apetece el vino: que se lo retiren. Desea bebidas frías: que se expongan al aire de la noche… A veces hasta maldecimos las atenciones de la reina, mandando tanto pescado… Dos días seguidos ha desafiado la más grande indigestión: pedía ostras crudas, ostras cocidas, ostras asadas, lenguados y toda la pesca del mar…”

Uno de los aspectos más divulgados de Carlos V es su afición a la comida: la abundancia de cartas en que se relatan las preferencias culinarias de Carlos, su debilidad por las especias y las indigestiones que le ocasionan algunos atracones, da prueba del gusto del Emperador por la buena mesa.

¿Era un glotón Carlos V, como se cuenta? Aparentemente, sí. Algún historiador matiza que en el gusto por la comida el Emperador no era una excepción. Los grandes personajes de la época acostumbraban a organizar banquetes pantagruélicos, y era habitual que una comida contara con una veintena de platos. Al Papa Pablo IV, por ejemplo, se le servían 25 platos, siendo ya octogenario.

Como buen flamenco y borgoñón, a Carlos V le gustaba comer y beber; y además, tenía debilidad por manjares que le resultaban perjudiciales para la gota y las hemorroides que le martirizaban: los platos muy condimentados, las carnes, los pescados ahumados… Semanas después de llegar a Jarandilla, en la Navidad de 1556, Carlos padeció un ataque de gota. Un afamado médico italiano, Giovanni Andrea Mola, le recomienda que deje la cerveza. El monarca, acostumbrado a esa bebida, que era popular en Flandes pero poco conocida en España, le replica que eso es mucho pedirle a un flamenco, y que no piensa hacerlo. De esa afición a la cerveza da fe el hecho de que entre la cincuentena de criados que Carlos V se llevó a Yuste había un cervecero, Enrique Van der Hesen, encargado de elaborar esta bebida para su amo y, es de suponer, para los criados flamencos que se quedaron con él.

La bodega de Pedro Azedo

A Carlos también le gusta el vino, y en Jarandilla es abastecido por la bodega de Pedro Azedo. Según cuentan los cronistas, Carlos preguntó a un criado qué tierra era la mejor del mundo. El interpelado contestó que la mejor era España, y dentro de España, La Vera; y dentro de La Vera, Jarandilla; y en Jarandilla, la bodega de Pedro Azedo de la Berrueza. “Allí quisiera que me enterraran para irme al cielo, porque tiene el mejor vino de la tierra”, concluyó el criado. El Emperador celebró la ocurrencia, y enterado el bodeguero del caso, llamó al flamenco y le rogó que eligiera las dos mejores tinajas de vino, una para el monarca y otra para sí.

La capacidad de Carlos V para trasegar buenos manjares y buenos caldos, sea cual sea su procedencia, es ponderada en otros escritos. Roger Ascham, secretario del embajador inglés Richard Morysine, que asistió a un banquete cuando se reunió la dieta de Augsburgo, en 1550, se sorprendió de ver a Carlos comer sucesivamente grandes tajadas de buey cocido, de cordero asado, de liebre guisada al horno, de capones, “rociándolo todo como nunca jamás vi; cinco veces vació la copa, lo que ningún otro hizo. No bebió menos de un litro de vino del Rin cada vez”, escribe el inglés.

La afición de Carlos por la comida llega al punto de que pidió una bula papal para poder comer antes de comulgar, algo totalmente prohibido por la Iglesia. Con esa bula Carlos podía tomar, nada más despertarse, un caldo de ave con leche, azúcar y alcamonías (anises y otras semillas aromáticas).

El régimen de comidas del monarca continuaba con el almuerzo en torno a las 12 de la mañana, la merienda a media tarde y la cena. El almuerzo, que podía incluir 20 platos, era el más copioso, aunque también la cena era importante y, en más de una ocasión, la poca templanza del monarca le produce molestas indigestiones nocturnas. Salvo en contadas ocasiones, el Emperador comía solo. Entre las pocas personas que compartieron su mesa mientras estuvo en Extremadura se encontraban Luis de Ávila, marqués de Mirabel, y el jesuita (y después santo) Francisco de Borja.

Según cuentan las crónicas, Carlos V sólo compartió mesa una vez con los monjes de Yuste, en el mes de mayo de 1557. Aceptó la invitación de la comunidad jerónima a comer, pero no pareció salir muy contento de la experiencia. El prefería los alimentos muy condimentados y los frailes le obsequiaron con comidas más bien sosas. El Emperador se levantó antes de acabar y los frailes se entristecieron un tanto al ver que no comía.

Ostras desde Lisboa

Conocedores de su gusto desmedido por la comida, no sólo su hija Juana desde Valladolid y su hermana Catalina desde Lisboa le surten la despensa de pescados y carnes exquisitas. También los nobles y personas de importancia le regalan manjares: los monjes de Guadalupe le envían todas las semanas un carnero criado con pan, y cada quince días una ternera. El arzobispado de Toledo le manda a principio de 1557 ocho acémilas cargadas de regalos, especialmente comida.

Para que pescados frescos tan delicados como las ostras o los lenguados lleguen en buenas condiciones a Yuste y Jarandilla, se envuelven en nieve, según cuentan los historiadores. Aunque hay otros sistemas menos ortodoxos para conservar las viandas. “Su Majestad me mandó que escribiese a Vuestra Merced dos cosas –dice una carta que envía el mayordomo Luis Quijada el 2 de diciembre del 56 al secretario de Estado, Juan Vázquez--: la una, que Vuestra Merced sepa adónde tiene el conde de Osorno un lugar que se llama Gama, que allí hay las mejores perdices del mundo, (…) y tan buenas, que en su vida no las comió mejores, y como se hallen, que le envíen luego a diligencia; y a más, me dijo que para hacellas durar y llevar a Flandes, que las echaban orines en las bocas: pero para venir aquí no será menester esta suciedad”. El mayordomo Quijada no sólo reclama perdices a Palencia, también pide francolines (un ave similar a la perdiz), a Antonio de Fonseca, en Toledo; y salchichas elaboradas al modo de Flandes al duque de Denia.

Unas anchoas estropeadas

Lo azaroso de los caminos hace que no siempre las viandas lleguen en buenas condiciones: Quijada relata en una carta escrita a Juan Vázquez el 13 de diciembre de 1557 una hilarante anécdota ocurrida con unas anchoas que se estropean: “Y es que llegó aquí el correo (…) y yo fui a palacio y dije a Su Majestad que de su Alteza tenía un regalo. Preguntóme que era. Yo le respondí que un barril de anchoas, y muy bueno. Y salí afuera para hacerlo abrir y mostrárselo. Y como se abrió, hallamos las señoras anchoas como si se hubieran majado en un almirez. Y cierto yo me corrí, y volví dentro, y dije lo que pasaba. Y Su Majestad me preguntó: ‘¿qué, no se puede aprovechar dellas?’. Yo le dije que no, porque viene ni más ni menos que si las hubiese gomitado un perro. Tomóle tan gran risa que me dijo: ‘¡calla, en hora buena, que tengo de comer de las otras y haceisme asco’”.

La importancia que la comida tenía en la vida del Emperador es evidente por la nómina de servidores que se quedaron en Yuste. De las 52 personas ocupadas en su servicio, una veintena se dedican, de uno u otro modo, a servir su mesa: ahí se encuentran no sólo los cocineros, sino que hallamos panaderos, pasteleros, salseros, encargados de la cava, fruteros, un cazador, un hortelano, un encargado de las gallinas… Los cronistas recogen también anécdotas sobre las quejas que Carlos V le daba a sus criados cuando la comida no estaba de su gusto: al cocinero Adrián Guardel le achaca que no le ha echado canela a un plato y al panadero le amonesta por hacer un pan demasiado duro para su dentadura, que es escasa.

Incluso la cantidad de comida que queda a la muerte del Emperador muestra lo bien proveída que estaba la despensa. Los encargados del inventario entregan al convento 160 carneros, tres vacas de leche, el gallinero, la sal, el vino, la cerveza, los toneles y hasta la cebada y la avena mojada que estaban preparadas para elaborar la cerveza.