Hoy

El último viaje del Emperador: de Bruselas a Jarandilla

Llegada del emperador Carlos V a Jarandilla de la Vera.
Llegada del emperador Carlos V a Jarandilla de la Vera.
  • Después de tres meses de viaje, estaba impaciente por llegar. Tal vez por ello rechazó la propuesta de alojarse en Plasencia mientras se acaban las obras en Yuste

“Ya no franquearé ningún otro puerto si no es el de la muerte”. Es el 12 de noviembre de 1556 y Carlos V está en lo alto del Puerto Nuevo. Es la última etapa del largo viaje que lo trae desde Flandes a Yuste, y está agotado. Han sido siete horas de trayecto desde Tornavacas y aunque él viaja en una silla de manos que portan mozos de Guijo y Tornavacas, la dureza del camino le incomoda. Hace más de tres meses que salió de Bruselas y está impaciente por llegar. Tal vez por ello rechace la propuesta de alojarse en Plasencia mientras se acaban las obras en Yuste. Elige el Palacio del Conde de Oropesa, en Jarandilla, porque está a una sola jornada desde Tornavacas, mientras que para llegar a Plasencia hacen falta cuatro días.

El Emperador viajero que ha cabalgado por toda Europa, de Viena a Granada, de Bruselas a Roma; el guerrero intrépido que ha atravesado los Alpes con sus tropas, busca descanso. La sentencia famosa –“ya no franquearé ningún otro puerto…”--, mitad de alivio porque acaba el viaje, mitad reflexión filosófica porque no ve lejos el final de su vida, se convertirá a la postre en la solemne declaración del retirada del gran César. Es la última etapa del viaje y es una de las más duras. Su secretario, Martín de Gaztelu, lo describe así: “…partió su majestad de allí (Tornavacas), casi a las doce, para hacer su jornada por el puerto nuevo (…) y por ser el puerto tan áspero y fragoso y de algunas vueltas cortas, no podían las acémilas (mulas de carga) caminar con la litera sin notable peligro de despeñarse, por lo cual convino quitarlas y los labradores que para este efecto se traían de Tornavacas, le trajeron a hombros”.

Llegados a Jarandilla –“algo tarde”, dice su secretario—el Emperador se acomoda en el palacio de don Fernando Álvarez de Toledo. Esa noche cena anguilas y, sobre todo, descansa. Han sido más de tres meses de viaje, que le han servido para irse despidiendo del mundo: de la corte flamenca, en Bruselas; de Gante, su ciudad natal; de la corte española en Valladolid.

Aunque tenía prisa por dejar Flandes, transcurrieron diez meses desde su abdicación, en octubre del 55, hasta que se puso en camino. Finalmente, el 8 de agosto de 1556, Carlos se despide de su hija María y de su yerno Maximiliano, reyes de Bohemia, que han llegado a Bruselas para decirle adiós. En pequeñas etapas, y acompañado de su hijo Felipe, se acerca a la costa flamenca. Carlos V es consciente de que no volverá a ver esas tierras y hace un alto en Gante, el lugar de su nacimiento, donde pasa quince días. El 13 de septiembre se hace a la mar en Flesinga (Vlessinge, en holandés) con rumbo a España.

Es un emperador ‘dimisionario’, pero emperador al fin, y por ello le hacen de escolta 56 naves. Más de mil marineros viajan a bordo, sin contar el centenar y medio de servidores que le acompañan en su retiro. Son sólo una pequeña parte de la servidumbre que Carlos tenía en Bruselas. Según los pormenores que relata Tomás González, el Emperador contaba en su Corte bruselense con 762 personas. En esta larga nómina de servidores se encuentran desde el arzobispo de Arrás, el duque de Alba y otros nobles, que son una especie de consejeros, hasta 4 modestos mozos de litera, 6 lacayos, 85 arqueros o 4 tañedores de vihuelas de arco; sin olvidar los ocho capellanes o los 36 cantores de su capilla musical. La enumeración de los criados del César, que está recogida nombre por nombre y oficio por oficio por este historiador constituye una impagable información sobre la dimensión de la Corte de Carlos V, con sus zapateros, gentileshombres, cirujanos, boticarios, relojeros, secretarios y hasta limosneros.

Cuando sale para España renuncia a buena parte de esa servidumbre –incluida su muy amada capilla musical, por la que suspira su yerno--, y se queda con 150 criados. Antes de entrar en Yuste, el 3 de febrero de 1557, jubilaría casi a un centenar y se quedaría con poco más de 50, la mayoría flamencos. A medida que avanza hacia su retiro se va despojando de los símbolos del poder, y no cabe duda de que la abultada servidumbre es uno de los principales.

Pobre reconocimiento

Pero Carlos V tendrá ocasión de comprobar muy pronto que ya no es de hecho el Emperador –oficialmente conserva el título hasta febrero de 1558. Aunque la travesía en la galera del ‘Espíritu Santo’ había sido plácida, y su aposento cómodo, la llegada a Laredo, el 28 de septiembre, le golpea duramente su orgullo: sólo dos autoridades menores, el alcalde de Durango y el obispo de Salamanca, Pedro Enríquez, se han acercado al puerto para agasajar al gran César. Según cuentan los historiadores, la falta de diligencia de su hija Juana para atender las cartas que le manda Felipe II desde Flandes urgiéndole a que prepare el recibimiento, es al causa principal del desaire. Ni siquiera su mayordomo, Luis Méndez Quijada, estaba en Laredo. Faltan también provisiones y médicos para sus acompañantes.

El enfado del Emperador no pasa desapercibido a sus sirvientes. “Su Majestad está bien mohíno –escribe su secretario—del mucho descuido que ha habido en no haberse proveído (y el Rey tenía mandado), como son de seis capellanes (…) porque los que traen están enfermos y cada día es menester buscar un clérigo para que le diga misa; de un par de médicos, porque trae la mitad de la gente de su Armada enferma y se la han muerto siete u ocho criados”. La carta continúa quejándose de que los regalos que le esperaban no son propios de su rango y señala que de todos esos descuidos el Emperador “dice cosas bien sangrientas”.

El disgusto de Carlos llega de inmediato a la Corte de Valladolid, y la princesa Juana se apresta a enmendar su yerro: escribe al mayordomo de Villagarcía para que de inmediato se ponga camino de Laredo. La orden es tan terminante que Quijada sale a las cuatro de la mañana de su casa y en tres días, sin apenas descanso más que para cambiar de caballo en las postas, recorre la nada despreciable distancia de 60 leguas (alrededor de 335 kilómetros) que le separan de Laredo. La princesa Juana también escribe decenas de misivas a marqueses, duques y condes y a 84 ciudades de la Corona de Castilla dándoles cuenta de que el Emperador está en España, por si tienen a bien cumplimentarle.

Vino de Robledillo

Entre las cartas que salen de Valladolid en esos días dedicadas a organizar la acogida d Carlos V en España están las que se mandan a los monjes de Yuste y al alcalde de Aranjuez, encargándole que elabore el vino de Sen que le gusta a su majestad. Ya un año antes, cuando Carlos V había anunciado su venida, se había insistido en el encargo, porque era una bebida que gustaba al Emperador por sus virtudes digestivas. Así lo manifestaba en una carta que escribió desde Bruselas el propio Carlos al secretario de Estado Juan Vázquez de Molina en octubre del 55: “Yo acostumbro tomar algunas veces vino de Sen, con que hallo bien. Y como se ha de hacer en estas vendimias, os he querido enviar esta memoria hecha por mi médico”. Junto a la carta, le manda la receta para elaborar el vino. El secretario la remite a Yuste, y fray Juan Ortega viaja a Robledillo y a Descargamaría, en la Sierra de Gata, para aprovisionarse del vino.

El cortejo imperial sale de Laredo el 6 de octubre. Son 150 personas, pero se dividen en dos grupos, de manera que el primero lleve ventaja de una jornada, pues hay pueblos que no disponen de suficiente alojamiento. En sucesivas etapas llegan a Ampuero, Nestosa, Aguera y Medina de Pomar, donde el Emperador descansa dos días. El disgusto por la pobre acogida que se da al hombre más poderoso del mundo no desaparece. Su mayordomo Quijada, ya incorporado al séquito, escribe el 8 de octubre al secretario de Estado Vázquez: “Vuestra merced crea que yo llevo la mayor vergüenza del mundo, de ver los pocos que somos. Sólo yo camino con su majestad; y cuando está bueno, Laxao; y el alcalde y cinco alguaciles. Y cuando me veo con tantas varas de justicia, creo que vamos presos él o yo”.

Tras el descanso de Medina de Pomar, la siguiente etapa termina en Pesadas; y de allí, a Gondomín y Burgos. Es en esta capital castellana donde Carlos V tiene su primer recibimiento acorde con su dignidad. Sale a encontrarle al camino Pedro Fernández de Velasco, condestable de Castilla, rodeado de sus caballeros. Le ofrece su palacio para alojarse, y cuando el Emperador entra en Burgos suenan todas las campanas de la ciudad. En el palacio le cumplimentan por primera vez los nobles de Castilla. Su mayordomo da cuenta de la historia menuda de este día: “Su majestad llegó aquí anoche muy bueno y tal que, trayendo antojo de truchas, las cenó y de muy buen apetito. (…). Los bizcochos llegaron hechos agua, que no se puede aprovechar de ellos. En extremo me he holgado de que su alteza hagas estos regalos a su padre, siquiera por las gentes”. Su secretario, Gaztelu, también insiste en que la princesa Juana manda pocos regalos y en lo solo que hace el viaje: “Espantarse ha vuestra merced de ver la casa que su majestad lleva y cuán solo va por estos caminos; que si no es Luis Quijada no lleva con quien hablar”.

A la salida de Burgos, sin embargo, el aspecto de la comitiva cambia. Los modestos alguaciles de Durango (esos que parecía que llevaban preso al Emperador), son sustituidos por un más lucido destacamento de caballería, que ya le acompañaría hasta Valladolid. El 16 llega a Celada, el 17 a Palenzuela. Le espera aquí un regalo de su hija: una olla de acedías frescas que “llegaron más bien tratadas que los bizcochos” (escribe su secretario); “su majestad comió de ellas y le supieron bien. Él va muy bueno y tan sano como ha muchos días que estuvo; y creo que ha de vivir hartos años”.

Decepción con su nieto

Tras las etapas de Torquemada y Dueñas, el Emperador llega a Cabezón, ya muy cerca de Valladolid. Aquí le espera una novedad: su nieto Carlos, único hijo de Felipe II y heredero de la Corona. La curiosidad de Carlos V por conocer a su nieto se convierte pronto en disgusto: el muchacho, que sólo tenía once años, es retrasado (decentado e idiota, le denominan los historiadores de la época) y Carlos se da cuenta: “Me parece muy bullicioso, su trato y humor me gustan muy poco; y no sé lo que podrá dar de sí con el tiempo”, le dice a su hermana Leonor. La historia cuenta que fue en ese momento cuando Carlos V decidió llamar a Yuste al hijo natural que había tenido tras enviudar y que se criaba en Villagarcía con la mujer de su mayordomo, Magdalena de Ulloa. Era el legendario Jeromín (después, don Juan de Austria). Jeromín, sin embargo, no llegaría a Cuacos de Yuste hasta el verano del 58, pocos meses antes de morir Carlos V.

Acompañado por este nieto que le gusta tan poco, Carlos V llega al día siguiente, 21 de octubre, a Valladolid, sede de la Corte Española. Allí le espera su hija Juana, gobernadora del Reino mientras el rey Felipe está en Inglaterra y Flandes. En Valladolid le aclama el pueblo, le cumplimentan los nobles y recibe incluso a los monjes jerónimos que están preparando su retiro en Yuste. Entre los asuntos que abordan está la creación de una capilla musical en el monasterio. Carlos V ha renunciado a la que tenía en Bruselas, formada por 36 voces, y quiere disfrutar en Yuste de un buen coro.

Después de pasar dos semanas de descanso en la Corte, el 4 de noviembre sale de Valladolid. El séquito se reduce, pues el Emperador viaja ya sin sus hermanas, que van a retirarse al palacio del Duque del Infantado, en Guadalajara. En la primera jornada llegan a Valdestillas. La siguiente les lleva a Medina del Campo, donde Rodrigo Dueñas, consejero de Hacienda, le prepara un gran alojamiento, con braseros de oro macizo donde se quemaba canela de Ceylán. Era una ostentación de riqueza de tal calibre que en lugar de agradarle, el agasajo le molestó. Tanto fue su disgusto que a la mañana siguiente, a la hora de partir, el Emperador ordenó que se le pagara el alojamiento al orgulloso Rodrigo Dueñas.

De Medina a Horcajo de las Torres y de ahí, en sucesivas etapas de una sola jornada, a Peñaranda de Bracamonte, Alaraz, Gallegos de Solmirón y Barco de Ávila. Aquí recibe el Emperador unas colchas forradas de plumas (similares a los actuales edredones), que le han sido enviadas por su hija Juana. Carlos V agradece el envío. El invierno está ya encima y los fríos de la Sierra de Gredos se empiezan a notar. Tanto le gustan las colchas que ordena que se le confeccione más ropa forrada de plumas. Y tras Barco de Ávila, Tornavacas.