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OPINION

La guadaña del destino tiene una especial debilidad por cercenar de raíz la flor de la existencia de la buena gente, y se ha llevado a un gran poeta mitad español, mitad portugués
30.11.08 -

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EL destino ha defecado el detritus de la muerte a capricho, como un perro callejero. Lo ha hecho, una vez más, en las heladas fechas del puto noviembre. Cuando los duendes de la noche duermen en sus nidos de escarcha. Este mes negro y funerario es un insolente 'okupa' de las casillas del calendario: se adelanta sin pudor ni vergüenza al invierno venidero. Es puro hielo sin serlo. No en vano este mes con vocación de camposanto comienza el entierro de sus propios días celebrando a los difuntos. Maldito mes. En esta ocasión le ha tocado el turno -¿vaya originalidad!- a un hombre excelente. Otro más, otro menos. La guadaña del destino tiene una especial debilidad por cercenar de raíz la flor de la existencia de la buena gente, de la gente buena. Así que, a los que aún seguimos sufragando la hipoteca basura de nuestra propia y anodina biografía, nos toca derramar de nuevo el llanto de la ausencia. Pero en esta ocasión, chucho cagón y friolero, el secuestro irreversible del amigo será menor porque no es posible matar a los poetas. La laguna de la ausencia se puede avenar con la ayuda necesaria de sus versos.

Los médicos, al menos algunos, tienen el raro privilegio de vivir momentos únicos en las biografías de las personas. Y en la propia. Momentos extraordinariamente hermosos a veces; otros, en cambio -ay-, cada vez más, son amargamente amargos. La achicoria que desconsuela la ensalada de la vida. Pero un médico es simplemente una persona, aunque a veces no lo parezca, vestida con bata o pijama de faena. La bata o el pijama de faena son meros disfraces que arropan a seres humanos cargados de emociones, gente que siente y padece, que disfruta y sufre, que sueña utopías y suda pesadillas reales. Como usted y como yo. Uno de estos médicos ha tenido el honor de pasar las últimas semanas muy cerca de un gran poeta mitad español, mitad portugués. El poeta ibérico, acaso harto de las necedades y simplezas de este mundo tan vacuo de poesía, ha decidido agarrar su lira y sus rimas y largarse al olimpo de los creadores. Allí debe de estar. Con Ovidio, Horacio, Garcilaso, Juan de la Cruz, Pessoa, Miguel, Federico, Pacheco y Valhondo, por citar sólo un racimo de los dioses que bendicen el alma pagana y apagada del médico. Y allí, en el Olimpo, andará el poeta junto a los grandes, hablando de sus cosas. ¿De qué hablarán entre sí los poetas cuando se ponen la bata o el pijama de faena y le hacen la laparatomía a las entrañas de la lengua? Al fin y al cabo, un poeta es un cirujano del idioma. Trasplanta emociones: aquí corta una sílaba y más allá injerta un suspiro.

La persona a quien le ha correspondido el honor de atender como médico al poeta huido dejó para la soledad de sus pensamientos su cualidad de amigo. Sin que el poeta lo supiera, durante semanas se ha tragado sus lágrimas, ha llorado hacia dentro y se ha visto obligado a mentir sin faltar a la verdad. Una verdad piadosa. Pero no todo ha sido malo en estas semanas de subida al calvario antes de caer al abismo. Como recompensa a su cercanía, el amigo ha recibido un enorme regalo: ha tenido el privilegio de vivir y de ver la grandeza de dos mujeres que han estado repartiendo sacos de dignidad a los mirones plantados en el borde del camino. Estas dos mujeres han subido, sin pestañear, la empinada cuesta del Gólgota donde estaba plantada la cruz de la verdad irremediable. Y lo han hecho cargando discretamente la mochila del dolor. De su particular y privado dolor.

El médico testigo ha aprendido en unas semanas -y, sobre todo, en los dos últimos días- una enormidad sobre la vida y la muerte, la salud y la enfermedad; y sobre el alma humana, en especial el alma femenina. Mucho más que en seis años de carrera, cinco de especialidad y un cuarto de siglo de ejercicio. El amigo escondido detrás del médico puede ahora liberarse de la congoja propia, igual de dañina. Lo hace como puede, como quiere. A través de la espita salvadora de la escritura. El amigo del poeta es en verdad un poeta que no sabe escribir versos, otra tragedia personal, aunque sí sabe disfrutar de los versos ajenos. Desde el momento que los lee, ya le pertenecen pues -sabido es- la buena poesía es patrimonio de la humanidad. Tras el desconcierto creado por la plaga de la muerte, el médico, como el Miguel Hernández herido de pena, vuelve a ir del corazón a sus asuntos. Pero el amigo que no sabe escribir versos desea regalarles a las mujeres del poeta el más breve y acaso el más bello de los poemas nunca escrito. Un poema que cabe en una sola y hermosa palabra: gracias.
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