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HOYes.tvHOYes.tv | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Sociedad

SUS CLASES DE LITERATURA

26.11.08 -

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En las vacaciones de Navidad de 1984, con 15 años, leí mi primera novela, con fastidio y por la obligación de un profesor de fuera. Al cerrar la última página reparé en que aquello tenía su interés. Tampoco había estado tan mal quitarme varias horas de la calle para emplearlas en 'La familia de Pascual Duarte'. Me gustó como una rareza y también lo olvidé, aunque algo debió pasar; un par de cursos después ingresé en la cofradía de los devoradores de historias. El libro fue una tarea escolar encargada por Ángel Campos, que tuvo su primer destino fijo como docente en Guareña. Un tipo grandullón, distinto pero no distante, serio en su primera fachada, pero que abría ventanales nuevos a unos adolescentes que por lo demás no es que estuviéramos muy interesados en mirar por ellos, en aquella Extremadura rural de hace 25 años. Tuvo su mejor discípulo en Diego, quien por lo que sé anda por algún pueblo dedicado también a la enseñanza. Le hacíamos poco caso, pero con los años la figura de Ángel se convirtió en uno de los profesores que más me han acabado marcando -más allá incluso de su docencia- por alguna conversación de pasillo y aquella vez que me cogió del brazo en el porche del instituto Eugenio Frutos para desarmarme con apenas una observación sin doctrina ni altanería. Me hizo un gran favor. Pero al fin y al cabo era uno de 'ellos', así que tensé el duelo de todo estudiante arreándole en el culo de un colega que al corregirme un examen de geografía colocó un «varco» con uve. Y con mala uva se lo enseñé; Ángel Campos me miró con media sonrisa y movió la cabeza para darme la razón.

Para nosotros no era un poeta, sino el profesor. Un poco particular, eso sí, porque supimos que traducía a autores portugueses y en clase podía dejarnos descolocados. En lugar de expulsar a un alumno alborotador, se marchaba él. Así lo hizo una vez hasta que terminó la hora de la asignatura. Aquello era nuevo, viniendo de la escuela tardofranquista. Fue un promotor de la semana cultural del instituto y nos llevó a Pacheco para que hablara en la biblioteca, el primer poeta que conocíamos porque lo de Chamizo era otra materia. Algún tiempo después y por alguna lectura casual descubrí quien era en las letras y me alegré como algo personal y enriquecedor. En Ángel se funden y confunden tantos maestros dedicados a la espinosa tarea de estimular intelectualmente a los chicos en plena explosión hormonal; palabras mayores entonces y ahora. Él seguía en el empeño desde las aulas del Zurbarán en Badajoz.

A mi vuelta a Extremadura nos encontramos, y es una de las cosas que más calor sentimental me han producido. Teníamos una conversación pendiente con el fin de que volviera a escribir en el periódico. Apurar los días con intensidad implica tener si0empre en cabeza proyectos pendientes, como este, pero la vida tiene sus propios caminos e incluso algún atajo inesperado. Los últimos dados han salido así y el último texto que Ángel Campos publicará en HOY aparecerá mañana jueves en el especial sobre los 75 años del periódico, donde tuvo la generosidad de mandar unas palabras para acordarse de la furgoneta de reparto que llevaba el diario cada día a San Vicente de Alcántara, allí donde nos erizó con su semilla en la nieve.
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