Los artistas de La Moncloa La familia Rajoy ha decorado las paredes de palacio con 22 nuevos lienzos del Reina Sofía. Cada presidente ha dejado su huella

FRANCISCO APAOLAZA

Mariano Rajoy se ha mudado a un palacio en contra de su voluntad. Sucedió a mediados de enero, cuando tuvo que dejar, a su pesar, la casa del barrio madrileño de Aravaca (al noroeste de la capital, a unos 9 kilómetros de la Puerta del Sol) en la que vivía con su familia para residir en el Palacio de La Moncloa, mezcla para él de mansión y seguramente algo de cárcel. Lleva cumplidos 60 días de 'pena'. Como es normal, el que llega tiene la costumbre o la necesidad de remodelar ciertas salas, determinados espacios al margen de su vivienda. Con el nuevo presidente hay también nuevas pinturas, nuevas luces... Rajoy ha colocado 22 nuevos cuadros, todos de arte contemporáneo y procedentes del Reina Sofía. En el rincón más famoso de la Sala Tàpies, una de las más fotografiadas por ser donde Rajoy recibe a sus visitas institucionales, ya se puede ver un óleo de Esteban Vicente, donde antes colgaba un Miró. Pero los cambios son aún muy tímidos, nada que ver con los que hizo Zapatero (más inclinado hacia una decoración diáfana y minimalista) a los espacios más clásicos y recargados de la época de Aznar.

Rajoy intentó resistirse a tan insigne mudanza. No pudo ser. Un presidente del Gobierno tiene que estar acompañado las 24 horas por agentes de seguridad y por ayudantes que lo despierten ante cualquier imprevisto, a menos de tres minutos de un búnker inexpugnable en el que gestionar una catástrofe o protegerse de un ataque, algo difícil en una de las mejores urbanizaciones de Aravaca. La realidad fue más fuerte que sus deseos, así que Rajoy y su esposa, Elvira Fernández, se mudaron a mediados de enero al enorme complejo gubernamental al oeste de Madrid, un gigante oculto de 20 hectáreas y 13 edificios de los que les quedan 200 metros escasos de vivienda con cuatro dormitorios. Su deseo de seguir con la vida de una familia normal se mantiene vivo. Durante estos 60 días han intentado conservar intactas las líneas maestras de su vida casera, sobre todo por sus dos hijos, Mariano y Juan, de 12 y 7 años.

En medio de un ir y venir de ministros, asesores y medio centenar de trabajadores a su cargo, la mañana y la noche pertenecen, si así lo permiten la agenda y los viajes oficiales, a su mujer y sus niños. En casa esperan los pequeños y Elvira, 'Viri' -ahora «la señora», pues así es costumbre llamar en La Moncloa a las 'primeras damas'-, que continúa en excedencia de su puesto de trabajo en Telefónica Contenidos. De momento, ha prescindido del cuerpo de secretarias y de una persona de servicio las 24 horas en su vivienda, que ya ha recibido la visita del padre del presidente, de 90 años, que pasó unos días allí. Rajoy tiene por norma no perderse el desayuno con sus hijos antes de que salgan hacia el colegio (donde comen) y, si puede, cena con ellos. También lo hacía cuando era jefe de la oposición, solo que ahora tiene el despacho a cien pasos de la puerta de casa. Si la jornada de trabajo se alarga, lo que suele suceder a menudo, el presidente sale de su oficina, cena con su familia y después vuelve a rematar lo que queda, con los niños camino ya de la cama. Su deseo es mantenerlos al margen de toda la selva que supone ser jefe de Gobierno. De hecho, evita en lo posible cenar en restaurantes, y no solo por ahorrarse el revuelo que ello conlleva sino porque al presidente le cuesta hacer la digestión por la noche.

Para combatir el desgaste físico (un año en lo más alto del poder quema como dos años normales), los doctores recomiendan una buena dosis de deporte. Lo hacía Aznar, que desarrolló unos llamativos abdominales gracias a su entrenador personal, el simpático Bernardino Lombao, que entró en la boda de Ana Aznar haciendo el pino ante la prensa.

Los muebles del sótano

Es amplia la literatura sobre la impronta personal que han dejado los presidentes del Gobierno en el complejo: Felipe instaló el famoso jardín de bonsáis, una bodeguilla para celebraciones más recogidas e hizo construir un búnker para 200 personas en el subsuelo del palacio; Aznar, una pista de pádel desmontable que le regaló Plácido Domingo y que más tarde se llevó de allí... Cada uno le dio un toque distinto a las dependencias de la familia.

En lo que se refiere a decoración, Ana Botella convirtió el lugar en un Palacio de Windsor en chiquitito, venga tapices, venga sedas y muebles del barroco y cuadros de los depósitos de El Prado. La actual alcaldesa de Madrid (de las de mantel granate dentro de casa y azul en el jardín) retiró de las paredes del edificio del Consejo de Ministros varios Picasso que había instalado Felipe. A Sonsoles, en cambio, le iban el minimalismo, las reservas del Reina Sofía, y los espacios abiertos; más modernos, más zen.

En La Moncloa son «las señoras» las que se encargan de ornamentos y decoraciones y, de momento, Elvira Fernández sigue fiel a su discreción y no ha querido convertir el lugar en una portada de revista. Ha pintado la vivienda de blanco roto en lugar de beige y ha cambiado una mampara del baño. Los colchones también son a estrenar. En la línea de austeridad, no ha habido grandes gastos en mobiliario, ni visitas a las tiendas más lujosas de Madrid. La casa se ha formado con el fondo de lo que habían dejado anteriores presidentes en el sótano, incluido un pequeño sillón para la habitación que han tapizado de nuevo.

Muebles actuales, reciclaje y pocos gastos. La casa de Aravaca se ha quedado intacta a la espera de su regreso. De allí se llevaron la ropa, los juguetes de los niños y pocas cosas más, pues saben que nada es eterno, ni siquiera el cielo del poder.

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