Cuando Lenín traicionó la revolución en Ecuador

Cuando Lenín traicionó la revolución en Ecuador

Las violentas protestas por la enorme subida de los combustibles ofrecen al colectivo indígena la ocasión propicia para plantear un nuevo pulso al Gobierno en las calles

GERARDO ELORRIAGA

La vida en Ecuador discurre de este a oeste. Los camiones cisterna circulan incesantemente por la red de autovías que comunican las explotaciones petrolíferas de la Amazonía con el puerto de Balao, principal foco de exportación de crudo. El decreto 883, que suprime el subsidio a los combustibles y liberaliza su precio, asesta un golpe brutal a la estabilidad de un país que se desarrolla entre la selva y las cumbres andinas y la costa, el campo y las grandes ciudades de Quito y Guayaquil, donde se concentra el 50% de la población

La iniciativa del presidente, Lenín Moreno, traiciona el dinámico espíritu de esa 'Revolución Ciudadana' que se anuncia en carteles sobre la carretera y que proclama, literalmente, que el país está en marcha y que avanza. La caída de los precios del petróleo detiene los automóviles y, a la vez, proporciona a los indígenas la ocasión de reactivar viejas demandas y caminar hacia la capital.

LA CLAVE:

Aguda crisis social.
La ocupación de pozos petrolíferos y la marcha sobre Quito, el último órdago a la elite dirigente

La crisis que vive el país sudamericano no escapa del escenario de recesión que, desde hace años, sufren los Estados que convirtieron la venta de crudo en un monocultivo que impide u obstaculiza la diversificación de su economía. El denominado 'síndrome holandés' los condena a depender de los vaivenes de su cotización. Más allá de la casuística, su nefasta predicción golpeó duramente a Nigeria, Venezuela o Irán, entre otros, y los efectos llegaron a Ecuador, que produce medio millón de barriles diarios. Los recortes son la respuesta de un Gobierno sin capacidad de maniobra ante el Fondo Monetario Internacional, que exige estrategia de austeridad tras años de endeudamiento desaforado, principalmente con China, que incluso hipotecaron los propios recursos naturales.

El Gabinete de Moreno aspira a un crédito de la entidad por valor de 3.800 millones de euros para oxigenar su presupuesto, pero el levantamiento popular lo coloca entre Guayaquil y el vasto Océano Pacífico. Cuando el síndrome neerlandés aprieta, se suelen abrir también viejas heridas en el cuerpo de la víctima. En el caso de Nigeria fueron los separatismos del Delta, mientras que en Ecuador hace mella en sus conflictos étnicos y sociales. La ancestral discriminación de los pueblos indígenas vuelve a la palestra gracias al 'paquetazo'.

Blancos, africanos, mestizos

Los pueblos autóctonos, reunidos en torno a la Conaie (Confederación de Nacionalidades Indígenas), aprovechan la nefasta coyuntura para asumir, astutamente, el protagonismo en la acción popular. Tras una semana de protestas, Ecuador evidencia la disparidad entre una república que se muestra blanca y urbana pero esconde, incluso en los medios de comunicación, una realidad mucho más compleja, con numerosas comunidades de origen andino, amazónico o africano, y una masa mestiza en los arrabales de las ciudades. Los indígenas cuentan con años de formación y movilización, hasta ahora escasamente efectiva, mientras que los segundos sufren la penuria de la supervivencia sin medios y con escaso tejido asociativo.

La 'Revolución Ciudadana' de Rafael Correa se nutrió de eslóganes sobre el asfalto, excelentes ingresos fiscales y la búsqueda de la alianza con los colectivos más desfavorecidos. Pero la situación cambió incluso antes del fin del mandato del presidente populista. Hace cinco años, la crisis del petróleo obligó a revertir la estrategia desarrollista y ajustar el gasto público. Moreno llegó al poder en 2017 como el sucesor natural dentro de la Alianza País, la formación gubernamental, pero la recesión ya arreciaba y su golpe de timón se hizo pronto evidente. Lenín se deshizo del legado de su precursor, cercano a las tesis de Venezuela y Bolivia, y se acercó a EE UU.

La ocupación de pozos y la marcha sobre Quito, una bellísima ciudad rodeada de montañas que parece ideal para el asedio, conforman el último órdago de los indígenas a una elite dirigente, tradicionalmente corrupta y depredadora, que los utilizó o reprimió en función de la coyuntura y que, generalmente, no dudó en arruinar sus tierras y explotar sus riquezas.

La ministra del Interior, la muy pálida María Paula Roma, muestra ese cambio de dirección al achacar estas maniobras a la intervención en la sombra de Maduro y Correa, ya caído definitivamente en desgracia. A su juicio, el caos proviene del exterior. Ni ella ni los suyos parecen admitir que la subida de la gasolina abrió las costuras de un país con todo tipo de fuerzas volcánicas en su seno.

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