Cónsules de Sodoma

El activismo LGBT extremeño ha crecido pero el balance del desarrollo de la ley que se aprobó en 2015 es agridulce. La Junta ha escondido gran parte de nuestra norma en un cajón

Cónsules de Sodoma
LEÓNIDAS ARÁN Y VÍCTOR MANUEL CASCO

Primero está silencio. Porque vergonzoso es aún hablar de lo que ellos hacen en secreto, dijo Pablo de Tarso. Las lesbianas, los homosexuales, las personas trans hemos sido silenciados. El nuestro era el pecado nefando: ne-faccere. De lo que no se puede hablar. Disidentes sexuales, herejes de la norma, hemos recorrido los siglos. Las señales están ahí, incluso en los momentos más oscuros: La monja alférez, William Shakespeare, Michelángelo, Caravaggio o Giovanni Antonio Bazzi, llamado 'Il Sodoma'.

Desde el siglo XIX venimos rompiendo el silencio opresivo. Aquí estamos. Así queremos ser. Este es nuestro cuerpo.

El cuerpo, tradicionalmente castigado, sujeto al estigma y la violencia, verbal y de todo tipo, por su tono (racismo), por su forma (gordofobia, vigorexia y derivados), por su gesto (plumofobia) y por su propia libertad (identidades de género), se ha convertido no en el medio de convivencia -que es su naturaleza- sino en un instrumento para la comunicación patológica. Y está en nuestras manos, en nuestros propios cuerpos, devolverle a la carne su naturaleza a partir de la tolerancia, el respeto y la cultura. Sobre todo, la cultura. El poeta Jaime Gil de Biedna habló de quienes con su poesía lograban romper los muros del silencio. Eran los Cónsules de Sodoma: Federico García Lorca, Gertrude Stein, Luis Cernuda, Gloria Fuerte. Y Sodoma está en todas partes, pese a los intentos de silenciar, ocultar o velar. Quiero sólo ir al mar donde me anegue, barca sin norte, cuerpo sin norte, hundirme en su luz rubia, cantaba Luis Cernuda.

Extremadura fue tierra hecha de sueños grises. El exilio de los afectos fue un camino para muchos hombres y mujeres que se querían amar libremente. De ese exilio se habló en la Asamblea de Extremadura un 19 de marzo de 2015, cuando se aprobó una norma histórica: la Ley de Igualdad Social LGBTI y de políticas públicas contra la discriminación por orientación sexual e identidad de género. Una Ley fruto del trabajo realizado por el activismo extremeño.

Han pasado cuatro años. El activismo LGBT extremeño ha crecido pero el balance del desarrollo de la Ley es forzosamente agridulce. La Junta de Extremadura ha escondido gran parte de nuestra norma en un cajón. Hay actos institucionales y en sanidad funcionan los protocolos. Pero ni en educación, ni en memoria histórica, por ejemplo, se actúa.

Dos capítulos esenciales: Memoria y Educación. La Escuela como espacio de aprendizajes, saber y ciudadanía. Y entre esos aprendizajes, el valor de la diversidad. Porque valorar la histórica presencia y transgresión del movimiento LGBTI+ y sus expresiones culturales a lo largo de los siglos, como de otros movimientos detractores, no es condenar al mundo a futuras generaciones de 'maricas y camioneras': es desdibujar la línea entre lo tan mal denominado 'normal' y lo estigmatizado, lo castigado, lo no válido. Es, en definitiva, generar un espacio seguro donde el cuerpo no sea más que lo que tiene que ser: convivencia, complicidad y vida.