Catorce pueblos fantasma de Extremadura

Una de las pocas personas que habita en Trevejo. /
Una de las pocas personas que habita en Trevejo.

El INE registra también siete municipios que caminan peligrosamente hacia el abandono, ya que en ellos viven menos de 100 personas

ÁLVARO RUBIOBadajoz

Son las siete de la mañana de un martes de otoño y amanece en Trevejo, a dos kilómetros de la localidad cacereña de Villamiel. En la casa de Martín Perales, vecino de esta población, se enciende una luz. Empieza la jornada para este hombre de 51 años que vive desde pequeño en esta pedanía custodiada por un castillo. Carga con sus enseres y tras un viaje de cinco minutos en coche, con el silencio como único acompañante, inicia su jornada laboral. Él, cada día, recoge madera en el monte. Lo hace hasta las cuatro de la tarde para venderla a empresas portuguesas. Luego, suele pasar un rato mimando la huerta que le da de comer a él, a su madre Petra y a su hermano Pedro. De vez en cuando se acerca también a comprar algo de comida a Villamiel e incluso a Moraleja.

Es sólo durante esos días cuando se aleja del sosiego que le ofrece un pueblo de angostas calles en el que sólo viven 16 personas, según Martín el INE registra seis hombres y siete mujeres. Él es de los más jóvenes. Los demás superan los 60 años de edad. «Lo del ocio es complicado. Si quieres divertirte un poco hay que salir fuera. Sin embargo, yo no cambio esto por nada. La tranquilidad de aquí la hay en muy pocos sitios. Pequeños aspectos como ver salir el sol todos los días y apreciar cuando se pone es maravilloso. Los de Madrid nos dicen que esto es como vivir en el cielo», comenta Martín, que se hizo cargo durante dos años de la pequeña taberna de la plaza del pueblo, un negocio que el Ayuntamiento de Villamiel saca a concesión anualmente. «Aquí hay mucho turismo, yo abría todos los días y solía venir gente», añade.

Eso es lo que más le mantenía conectado con otra gente. «La cobertura del teléfono suele fallar bastante, lo de Internet ya es mucho pedir y la compra hay que salir a hacerla fuera del pueblo». Lo que no falta diariamente es el pan. Sin embargo, para comprar algo más hay que esperar al domingo, cuando llega con su furgoneta Julio Gálvez, de la Vieja Tahona, una panadería de Villamiel.

En cuanto toca el claxon, los pocos vecinos de Trevejo empiezan a salir de sus casas para hacerse con lo básico para toda la semana. En un pequeño mercadillo montado en la parte trasera del furgón compran dulces artesanos, leche, empanadas, fiambre y latas de conserva, entre otros alimentos. «Muy pocos vecinos en Trevejo tienen coche. En la mayoría de los casos, cuando necesitan algo más los hijos les llevan la compra», explica Julio, que desde hace diez años realiza esta ruta y ha visto cómo la población desciende a pasos agigantados. «Cuando yo empecé a ir había cuatro o cinco familias más».

Con él coincide Martín: «Hay gente que tiene casas de vacaciones y viene los fines de semana. Que Trevejo se repueble lo veo casi imposible, pero sí se puede mantener con vida gracias al turismo». De eso es muy consciente Nacho Lozano, un empresario de Badajoz que invirtió en reformar una antigua casa de Trevejo que rondaba los 30.000 euros. Lo hizo para crear los apartamentos rurales A Fala. «Rehabilité el espacio y ahora, en un año, puedo tener completas unas 130 noches. Además estoy haciendo actividades como rutas de senderismo para que se siga visitando una comarca tan bonita como la Sierra de Gata», afirma Nacho, quien apunta que «el turismo rural y de naturaleza es lo que hace que el corazón de esta villa siga latiendo».

Al igual que con Trevejo, en Sierra de Gata, sucede lo mismo con algunas poblaciones de Las Hurdes, una comarca en la que se pueden encontrar alquerías que caminan peligrosamente hacia el abandono. Un ejemplo de ello es Casarrubia, perteneciente al concejo de Casares de las Hurdes. En esa villa, caracterizada por su puente antiguo atravesado por el río Hurdano, viven tan sólo 31 personas. En Arroyo Pascual y Castañar, del mismo municipio (Casares de las Hurdes), ya no hay nadie censado.

Y es que en Extremadura hay varias poblaciones en las que su latido se paró hace años. Según el nomenclátor del Instituto Nacional de Estadística, que recoge información sobre el padrón por unidades de población, en la región extremeña hay 14 zonas que antes eran habitables y hoy no hay censada ninguna persona. En Badajoz son cinco (Abejarones de Arriba y Abajo, Campo Ameno, Osa y Navas, Nuestra Señora del Valle y Cancho Gordo) y nueve en la provincia de Cáceres (Parrera, Vega de Mesillas, Fuente del Sapo, Jarilla del Sur, Pantano Gabriel y Galán, Atalaya, Salto de Torrejón, Guadisa y Granadilla).

De estas unidades de población, la mayoría son entidades singulares. El INE las define como «cualquier área habitable del término municipal, habitada o excepcionalmente deshabitada, y que es conocida por una denominación específica que la identifica sin posibilidad de confusión».

Entre los pueblos, entidades que están regidas por un ayuntamiento, siete caminan peligrosamente hacia el abandono. En ellos viven menos de 100 personas. Son Robledillo de Gata (99), Cachorrilla (93), Garvín (92), Benquerencia (80), Ruanes (75) y Campillo de Deleitosa (52), en Cáceres, y El Carrascalejo (71) en Badajoz. Por debajo de 1.000 habitantes hay 208. Un total de 152 en la provincia cacereña y 56 en la pacense.

De las unidades poblacionales que el INE considera totalmente deshabitadas, Granadilla es la más conocida. Se despobló en la década de los sesenta del siglo pasado por la construcción del pantano Gabriel y Galán. Hasta entonces había sido un municipio amurallado, que conservaba su traza medieval, castillo incluido, y cabeza de la comarca conocida como Tierra de Granadilla, cerca del valle de Ambroz. Hoy es un pueblo casi fantasma que sólo se abre unas horas al día para que los turistas puedan apreciar su patrimonio, que se remonta a la villa fundada en el siglo IX por los almohades y conquistada para el reino de Len en el siglo XII por el rey Fernando II de León.

En 1980, fue declarada conjunto históricoartístico y, cuatro años después, en 1984, elegida para su inclusión en el Programa de Recuperación de Pueblos Abandonados. «Para que un centro de España pueda participar en este proyecto debe presentar un programa al Ministerio de Educación. Por ejemplo, crear un itinerario natural por la zona y elaborar un cuaderno didáctico», explica Sergio Pérez, profesor de Secundaria y director de este plan. Él detalla que en las tres décadas que se lleva celebrando han pasado por el pueblo de Granadilla un total de 55.000 alumnos, 3.600 profesores y más de 1.800 centros educativos.

Pero no sólo los escolares visitan esta aldea. También lo hacen turistas. «Debería existir un punto de información turístico, con una persona que se encargue de hacer visitas guiadas», apunta Pérez.

Para conocer este pueblo abandonado hay que acceder desde una carretera que sale desde Zarza de Granadilla. Al interior de la villa se entra por la puerta de la muralla, con horario que de abril a octubre es de martes a domingo, de 10.00 a 13.30 horas y de 16.00 a 20.00 horas. De noviembre a marzo la puerta de hierro se cierra a las 18.00 horas.

A las unidades poblacionales que registra el INE con cero habitantes, se suman otras que, por su pequeña extensión o porque quedaron despobladas hace mucho tiempo, no aparecen en las estadísticas. Es el caso de Zamarrilla, El Moral y Villa del Arco.

La primera de ellas está situada en los Llanos de Cáceres, a unos 15 kilómetros de la capital cacereña. Su origen está documentado en el siglo XIV y en ella llegaron a vivir más de 200 vecinos a principios del siglo XVIII, según el arqueólogo, historiador, especialista en Historia del Arte y escritor, Víctor Gibello.

Una alquería

El Moral es una alquería de Las Hurdes que pertenece a Pinofranqueado. A ella se accede por la carretera Ex204 en dirección Robledo, Horcajo. Una vez en Horcajo, hay que caminar por una pista de tierra durante una hora aproximadamente. En ella se puede observar cómo los pastores utilizaban las construcciones de esta pequeña aldea para resguardar al ganado. En lo que queda de sus edificaciones se ve cómo en una parte vivía el pastor y las otras eran para los animales.

Y de las Hurdes a Cañaveral. Junto a esa población placentina y a la autopista A66, encaramada a la sierra de Cañaveral y de Pedroso de Acim, nace Villa del Arco, una pequeña localidad que sufrió la despoblación en la década de los sesenta. Hoy quedan en pie apenas ocho casas que la mayor parte del año permanecen cerradas. Sólo en una de ellas vive un matrimonio. Se trata de Julián Cornelio y su mujer Emilia. Sin embargo, no están solos. Les acompaña una asociación formada por más de 160 integrantes que velan por que esta villa no caiga en el olvido y se respete su valor patrimonial, histórico y cultural. «Este año hemos rehabilitado la ermita y estamos a la espera de que el Ayuntamiento de Cañaveral nos dé una solución sobre el albergue que se ha construido en la antigua escuela, situado justo a la entrada de la aldea. Esa construcción no respeta la arquitectura de la zona y además no se utiliza», asevera Cristina Cano, presidenta de la asociación Amigos de Villa del Arco, quien destaca que cuando reúnan un poco más de dinero (los asociados pagan cinco euros al año) arreglarán las regaderas. «Antes corría agua por todas las calles del pueblo. Ahora están estropeadas las canalizaciones y queremos solucionarlo», concluye Cano.

Pero no sólo a nivel asociativo se está luchando por mantener vivos pueblos en peligro real de abandono. Desde la Dirección General de Desarrollo Rural de la Consejería de Medio Ambiente y Rural, Políticas Agrarias y Territorio de la Junta Extremadura aseguran que son «conscientes del serio problema que hay de despoblación».

De hecho, están a punto de presentar el Plan Estratégico de Apoyo al Medio Rural. Para el diseño y desarrollo de ese trabajo han contratado a la empresa Creaemprende S. L. y, aunque el plan no se ha dado a conocer aún, adelantan a HOY que «pretende poner en valor las fortalezas y oportunidades que ofrece el medio rural extremeño».

Según explica Manuel Mejías, director general de Desarrollo Rural, «tiene como objetivo crear un modelo basado en la economía verde que englobe todos los sectores y actividades del medio rural, fijar población en el territorio, aumentar el número de habitantes, mejorar la calidad de vida y desarrollar el emprendimiento, el liderazgo y el talento de la población rural». Para ello contemplan políticas y medidas que refuercen la competitividad de las empresas y al mismo tiempo promover la diversificación económica en las zonas rurales.

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