Valdecañas: el lujo bajo amenaza de derribo

Complejo turistico Isla de Valdecañas. /
Complejo turistico Isla de Valdecañas.

A cuatro pasos de la taberna La Fragua, donde el dueño y su mujer aprovechan la ausencia de clientela para comer unos pescados fritos, está la iglesia de El Gordo (395 vecinos), donde se juntan las provincias de Cáceres y Toledo, y donde no hay un diciembre en el que no asome alguna televisión nacional para contar que en Extremadura hay un pueblo que se llama como el sorteo de Navidad, aunque en verdad sea al revés.

ANTONIO J. ARMEROCáceres

A cuatro pasos de la taberna La Fragua, donde el dueño y su mujer aprovechan la ausencia de clientela para comer unos pescados fritos, está la iglesia de El Gordo (395 vecinos), donde se juntan las provincias de Cáceres y Toledo, y donde no hay un diciembre en el que no asome alguna televisión nacional para contar que en Extremadura hay un pueblo que se llama como el sorteo de Navidad, aunque en verdad sea al revés. «Asómate y échale un vistazo, ha quedado bonita», propone Antonio Rego. Y dice bien el dueño del local. Luce el templo un porte de municipio más grande. Piedras lavadas, impecables, campanario altivo, junto al que pasa un burro que por tamaño y lozanía parece un caballo, y en el edificio de enfrente, una pareja de cigüeñas que crotora -es la banda sonora del pueblo- y luego se entrega al apareamiento.

El Gordo (a hora y media en coche de Madrid, pegado a la autovía A-5) tiene buena cara. Sin fachadas olvidadas ni baches intempestivos pese a tanta lluvia . Y con una iglesia estupenda, que fue reformada, aseguran en el pueblo, gracias al efecto multiplicador experimentado por el cepillo de la misa del domingo a las doce desde que existe «La Isla», que es como todos aquí llaman al Complejo Turístico, de Salud, Paisajístico y de Servicios Marina Isla de Valdecañas, el recinto de ocio más grande y lujoso de Extremadura. Y uno de los nombres que esta semana ha llevado a la región al escaparate informativo nacional.

El Tribunal Supremo reafirmó el pasado 29 de enero, en dos sentencias de contenido similar, lo que el 9 de marzo de 2011 ya dijo el Tribunal Superior de Justicia de Extremadura (TSJEx): que el lugar sobre el que se asienta este recinto que tanta vida le ha dado al pueblo «debe ser restituido a su estado originario». Y sólo hay una forma de hacer eso: tirándolo.

No parece tarea sencilla. La lista de lo que habría que echar abajo no se puede leer sin respirar a mitad de párrafo. Ahí va: un hotel de ochenta habitaciones, un campo de golf de 18 hoyos, un campo de fútbol de hierba, uno de fútbol siete de césped artificial, diez pistas de pádel también de césped artificial, cinco de tenis, dos polideportivas, una pista de patinaje, una cancha de voley-playa, un recinto hípico, los vestuarios para toda esta infraestructura, una marina de 76 atraques ampliable a 150, el edificio del club social, la base náutica, la zona de talleres, la playa artificial y la piscina tipo resort, el esqueleto del bloque para 45 apartamentos cuya construcción está ahora parada, 185 casas -aquí llamadas "villas"- de 265 a 560 metros cuadrados construidos en parcelas de 800 metros cuadrados cada una y por último, un extenso entramado de carriles para andar, correr, pedalear o recorrer en "buggie" de los que usan los golfistas.

Aunque si de lo que se trata es de devolver al lugar el aspecto exacto que tenía, la tarea no acaba ahí. «Eso era un completo erial, ahí no se plantaba nada, estaba pelado de caza, era un sitio aislado que además, últimamente se estaba llenando de basura», asegura Juan Manuel Rosado, que vive en la plaza de España de El Gordo. Fue futbolista, tiene una lesión en la pierna y ahora le toca conformarse con pasear. «Voy mucho por toda la zona de "La Isla", y no veas las liebres que salen ahora cuando estás por ahí», relata el hombre, que promete que ha llegado a ver «ocho venados corriendo por el campo de golf». «Eso era un secarral, y ahora con tanto verde, con mucha más variedad de árboles, con más alimentación para los animales, el ecosistema se ha regenerado y allí hay ahora mismo fauna y pájaros como no los ha habido nunca».

Es seguro que no opinarán lo mismo la mayoría de los ecologistas, a quienes los tribunales han dado la razón dos veces. Marina Isla de Valdecañas se pudo construir porque la Junta de Extremadura, entonces liderada por Rodríguez Ibarra y con Javier Corominas como consejero de Urbanismo, consideró que la idea que la empresa le ponía encima de la mesa merecía ser catalogada como PIR (Proyecto de Interés Regional), una bendición que la Junta concede sólo a determinadas iniciativas, y que viene a ser como ponerle una alfombra roja. Facilitó, además, una recalificación de terrenos. Al tratarse de una zona protegida -es Zepa (Zona de Especial Protección de Aves) y LIC (Lugar de Interés Comunitario)-, estaba definida como suelo no urbanizable de especial protección, pero la Junta lo transformó en urbanizable.

A grandes rasgos, lo que dicen las sentencias que dan la razón a Ecologistas en Acción-Coda, el colectivo demandante, es que el complejo no debió construirse por tres razones. La primera es que no está suficientemente motivado su interés regional hasta el punto de tener que levantarlo justo ahí y no un poco más allá, en la misma comarca pero en terrenos menos o nada protegidos. La segunda es más sencilla: la recalificación de terrenos no se puede hacer. Y la tercera es que el estudio de impacto ambiental está cojo porque no incluye alternativas a la ubicación elegida.

El milagro de ganar población

Hasta aquí lo que dice, muy resumido, el Tribunal Supremo, que en lo básico, reproduce los argumentos de la instancia anterior, el TSJEx. Resoluciones con las que no están de acuerdo ni la Junta de Extremadura ni la empresa del complejo ni los ayuntamientos de El Gordo y Berrocalejo, los dos municipios sobre cuyos términos se levantó el recinto y que en los últimos años han experimentado el milagro de ganar población pese a ser pequeños y estar alejados de grandes núcleos.

En el año 2007, El Gordo tenía 317 habitantes, y 98 Berrocalejo. Ahora suman 395 y 134, respectivamente, o sea, han crecido un 25 y un 37 por ciento cada uno.

«En este pueblo no vas a encontrar a nadie que esté en contra de "La Isla", ¡pero quién va a estar en contra!», exclama Antonio Rego, nacido en Lugo y tras la barra de la taberna La Fragua desde hace veinte años. «Gracias al dinero que el Ayuntamiento ingresa por el complejo -añade-, aquí tenemos ahora una residencia de ancianos, un hogar de mayores, piscina municipal, se ha reformado el centro de salud, tenemos depuradora, y lo más importante, hay mucha gente del pueblo trabajando allí, yo mismo he tenido contratada una cocinera durante tres años para poder atender bien el restaurante, pero con esto de las sentencias, la tuve que decir que no viniera más, porque la gente se retrae de comprar y la actividad ha bajado».

Los datos oficiales del paro aportan pistas en este sentido. En el año 2010, cuando más fuerte azotaba la crisis, El Gordo tenía 34 personas apuntadas al paro, y Berrocalejo 4. El pasado mes de enero, había 69 y 12, respectivamente.

«Pues claro que se nota mucho más movimiento con lo de "La Isla", más coche y más gente los fines de semana, aunque últimamente hay un bajón», dice María Dolores Jiménez, que atiende tras la ventana enrejada de la cocina de su casa, mientras echa el filete a la sartén. «Que La Isla cerrara sería el mayor palo que podrían darle a este pueblo», proclama Juan Manuel Rosado, que conoce a José María Gea, el gerente de Marina Isla de Valdecañas. En su despacho en el complejo, sentado frente a un enorme ventanal con el embalse al fondo, Gea explica que «pese a las sentencias, tiene que quedar claro que este es un sitio perfectamente legal», muestra su convencimiento de que «la sentencia es inejecutable» y anuncia que recurrirán al Tribunal Constitucional «para defender nuestros derechos y los de los propietarios». «Cuando llegamos aquí -argumenta-, lo único que había era basura, y lo que hemos hecho ha sido invertir más de 140 millones de euros sin subvenciones, crear de cuatrocientos a quinientos puestos de trabajo con picos de mil durante la construcción, más cien empleos a día de hoy entre directos e indirectos, los dos ayuntamientos reciben sólo con el IBI el dinero suficiente casi como para cubrir sus presupuestos, además les hemos mejorado de manera importantísima la infraestructura eléctrica y la de tratamiento de aguas, que ahora es mucho más limpia y segura». «Hemos dejado eucaliptos -continúa-, que es una especie foránea, sólo en el perímetro del complejo, y hemos plantado de cuatro a cinco mil árboles de distintas especies, el hotel ha tenido desde que abrió hace tres años en torno a 40.000 clientes, está viniendo aquí gente de toda España y de otros países, les organizamos excursiones para que conozcan Guadalupe, Trujillo, Cáceres... No entiendo cómo se puede criticar algo así».

Lola Ruiz, la directora del campo de golf, asegura que tras la última feria a la que acudió Valdecañas, veinte grupos de franceses visitarán la zona de aquí a primavera, y añade que es raro el fin de semana en el que no hay un campeonato de golf (ayer hubo dos y hoy se celebra uno). «En los cuestionarios de satisfacción -detalla-, lo que más señalan los clientes es que es un campo con un mantenimiento muy bueno y con unas vistas preciosas».

Ciertamente, el complejo es una tumbona en mitad del campo, con vistas al agua y a la sierra en la que está la finca de caza mayor "Guadalperal", propiedad de un sobrino de la Duquesa de Alba. «Nos está pareciendo maravilloso, espectacular, parece increíble encontrarse algo así aquí», dice Mariluz Martín, matrimonio de vacaciones en el Parador de Oropesa que al leer en la prensa el follón judicial de Valdecañas, decidió ir a echar un vistazo. «Aquí tenemos que volver con el grupo de amigos», promete ella.

Resulta fácil entender la sorpresa. Y también es sencillo comprender por qué el lugar ha seducido fundamentalmente a quienes de lunes a viernes están en Madrid. Entre los propietarios de villas en este punto del norte extremeño aparecen Alonso Aznar, hijo del expresidente del Gobierno, que el pasado 1 de enero acudió con Ana Botella a la misa de Año Nuevo en la iglesia de El Gordo; Beltrán Gómez-Acebo, cuarto hijo de la hermana del Rey Juan Carlos, Pilar de Borbón, quien ha compartido migas y tortilla de patatas con su grupo de amigas en algún bar del pueblo; la pintora Mayte Spínola, cuñada de Carolina Herrera, a quien también han visto en El Gordo; la familia Cisneros, venezolana, que en su día compró Galerías Preciados; Alfonso de Senillosa, miembro del equipo de trabajo habitual de Mariano Rajoy; y varios banqueros, empresarios y ejecutivos, no sólo de Madrid, sino también afincados en el norte de España.

La mayoría de los dueños de las villas las utilizan cada fin de semana del año. Cuando salieron a la venta, no tardaron en agotarse, aunque hay una quincena de propietarios que no llegaron a firmar las escrituras -en marzo de 2011, cuando se dictó la primera sentencia, ya se estaban entregando las llaves de los chalés- y ahora están en litigios con la empresa. Ahora, al menos media docena están a la venta en portales inmobiliarios de Internet, con precios que van de los 470.000 euros (cuatro dormitorios, 270 metros cuadrados, sin amueblar) y los 650.000 (cinco habitaciones, 410 metros cuadrados, completamente equipado). «Entre las cuestiones que ayudaron a algunos a decidirse a comprar está que el complejo es un paraíso para los niños, que tienen de todo, pueden practicar mil deportes, moverse libremente», explica Eduardo Romera, responsable de ventas de este recinto de lujo, una isla del tesoro, natural, turístico, económico, según cada cual.

Anteayer, José María Gea reunió a los trabajadores para tratar de aplacar su inquietud y explicarles la situación. Y ayer se celebró la reunión con los propietarios. Es seguro que ayer, en El Gordo, el pueblo que hay que cruzar para llegar hasta Marina Isla de Valdecañas, se repetiría la escena típica de los sábados y domingos. Y que también se dio anteayer. A las dos de la tarde, dedicar lo que dura un cigarrillo a sentarse en la acera y mirar, aportaba información. Pasa un Mercedes. Y luego un Lexus. Y después un Range Rover. Y unos cuantos Audi. También un autobús. Y llama la atención encontrar en mitad de la travesía, rodeado de fachadas sencillas, una decorada con un elegante tablón negro con letras blancas. Country Home Santa Fe, pone. Es una tienda de muebles, que abrió recientemente en el municipio y que cuenta con un discreto expositor en la recepción del hotel, sobre la que reposan los carteles de dos empresas: Tanynature y Vision IT Group. Las dos celebraron anteayer en Valdecaballeros una reunión de incentivos.

Probablemente trabaja en alguna de ellas el grupo de hombres y mujeres de entre 30 y 45 años que acaba de entrar en el hotel. Varios de ellos, en pantalón corto. «Pues está bien esto del pádel», dice uno de ellos en el ascensor, de camino a la habitación. «Pues si pruebas el golf, te picarás», le responde su compañera. Fuera llueve, y los golfistas meten el juego de palo en la bolsa. En la cafetería del hotel, charlan a bajo volumen cuatro hombres, cada uno de ellos repachingado en un sofá de cinco plazas. En la zona de las villas, un operario con un mono verde lo limpia todo. Y junto a la playa artificial, un grupo de trabajadores de una empresa pasea contemplando las instalaciones y haciéndose fotos. Entre ellos, dos hombres treintañeros. «¡Ostia tú -se dirige uno al otro, con la correa de la cámara de foto colgando de la muñeca-, si es que esto parece Cancún!».