Alternativa de Garrido, torero de emoción

Verónica de José Manuel Garrido al toro de su alternativa en La Maestranza. :: efe/
Verónica de José Manuel Garrido al toro de su alternativa en La Maestranza. :: efe

Corrida frustrante de Juan Pedro en la que el nuevo matador se entrega en una faena de muy alto riesgo

BARQUERITO SEVILLA.

Empezó torcida la función. El toro de la alternativa del extremeño José Garrido -»Lengualarga», de Parladé- tardó en salir. Lo hizo al fin al trote muladar. Ajeno y frenado luego. Garrido le pegó siete lances tomados muy en corto y de corto vuelo, de mucho ajuste los siete, y aplaudidos por el mérito. Y por el dibujo, tan seco. No hizo el toro otra cosa que tardear sin darse. Como si le hubieran dado un calmante. Un puyazo renegando. La segunda vara fue de anzuelo: la puya lanzada como una caña de pescar. Estaba tan apalancado el toro que ni en banderillas. Espera que te espera. La gente tenía formada una bronca muy caliente. No procedía devolver el toro por manso, pero eso se pretendía. La presidencia aguantó hasta el segundo par de banderillas. Cedió de pronto. Pañuelo verde. Aviso primero de que la corrida iba a durar más de dos horas. Fueron exactamente tres.

FICHA DEL FESTEJO

uToros. Cinco toros de Juan Pedro Domecq -1º bis y 6º, con el hierro de Veragua, y los otros tres, con el de Parladé. Y un segundo sobrero, 4º bis, de El Pilar. El tercer parladé fue muy bondadoso. El último veragua, cinqueño, encastado y correoso, desarrolló sentido y genio.

uToreros. Enrique Ponce, silencio y palmas tras un aviso. Sebastián Castella, saludos tras un aviso y silencio. José Garrido, que tomó la alternativa, saludos y vuelta al ruedo.

uPlaza. Sevilla. 8ª de feria. Primaveral. Casi lleno. Tres horas de festejo.

El sobrero, juampedro del hierro de Veragua, salió con pies. Muy valeroso en el recibo Garrido: lances genuflexos firmes y armados, terreno ganado hasta la boca de riego y la sorpresa de media de rodillas en el remate. Un quite por chicuelinas ajustadísimas y una voltereta al rematar con larga ese quite, que tuvo acento del toreo ceñido de, por ejemplo, Diego Puerta. Nada menos, nada más.

El toro de la alternativa -Ponce, cariñoso padrino- fue, en fin, un sobrero: «Fariseo», 505 kilos. Malos apoyos y embestida rebotada. Por flojo tendía a acostarse. «Meterse», se dice ahora. Ni un paso atrás de Garrido. Muleta pequeña, algo agarrotado el torero extremeño. Una tanda con la izquierda sacada con tenazas y toreando a la voz. Una estocada soltando el engaño. Prueba resuelta y superada.

No la única, sino tan solo la primera o la segunda de tres, pues fue con el toro que, dos horas y tres cuartos después del primer tararí, cerró corrida con el que Garrido dio la talla: la medida de su valor y su ambición. Gran corazón. Lo propio del toreo de emoción, que es por norma irresistible. No se movió de su asiento en la Maestranza nadie. Peligraba la vida del artista. Fue muy en serio la cosa.

Otro juampedro del hierro de Veragua, de hechuras y signo por completo distintos a los de los demás. Cinqueño bien cumplido, hondo, corto de manos y cuello, tronco bien relleno y musculado, mulato pero lustroso, dos puntas finísimas, armado por delante. Llevaba la divisa en el pescuezo, como tantos otros. Dos o tres patinazos en las primeras carreras o ataques. Garrido lo llevó galleando al caballo, estuvo a punto de salir prendido dos veces.

El toro derribó en la primera vara con estilo fiero, se empleó fijo en la segunda. La fiereza iba a ser su sello. Embestidas como calambrazos, violentas a veces, pegajosas en cuanto empezó a enterarse. Por abajo protestaba revoltoso, pero sin dejar de pelear. Fue muy difícil estarse delante sin temblar, sino con la entereza con que anduvo Garrido. En la tercera tanda, vibrante, casi en los medios, se arrancó la banda. «Cielo andaluz». No se oyó completa ni la primera de sus dos melodías. Un desarme en un tornillazo.

Garrido aguantó impertérrito todas las revoluciones del toro, que fueron muchas y sin tregua. El ajuste, insuperable. En cada viaje, enganchados casi todos los muletazos, el ay de la emoción verdadera. Se sentía que el toro, el genio muy vivo, podía coger, y que, si lo hacía, sería certero. Pero se tenía también el convencimiento de que no iba a perder la batalla el torero. Así fue. Un espléndido desplante de recurso -frontal, genuflexo- sorprendió al toro y a la gente. Una tanda de manoletinas -por alto, el toro era hasta tratable- y cierta autoridad inesperada. Una estocada de las de verdad. Casi una oreja. Torero en circulación. Una novedad. ¡Albricias!

Lo que no tuvo el resto de corrida -toros y toreros- fue apenas emoción. La templada y delicada faena de Castella al tercero de corrida -un anovillado y bondadoso parladé coloradito- fue como un cadencioso minué. Tandas cosidas en lazos, remates de pecho o cambiados bien enhebrados, cierta monotonía rota por un par de molinetes clásicos, un circular templadísimo, un lindo encaje entre pitones y el torero de Beziers acariciándole la cresta al toro. Una desdicha con la espada. La madeja con que abrió Castella faena en el otro turno fue de su firma y patente: dos cambiados por la espalda en el platillo y aguantando sin enmienda ni pestañeo, y la trenza continua de gran resolución. Se vino abajo el toro y adiós. Ahora entró la espada. El toro se había rajado al galope: una rareza.

El primer toro de Ponce, de Parladé, solo vino al paso y aun así amenazó ruina. Ponce lo pasó por fuera y sin obligar. Una estocada sin puntilla. Devolvieron por inválido al cuarto. Turno para un sobrero de El Pilar, negro y grandón, de embestida extraordinariamente sumisa y apagada, letárgica. El toro menos fiero de cuanto va de feria. Ponce se entretuvo en un trasteo equilibrista. De hacer vainicas y no bolillos. Le pidieron brevedad. Ni caso. Un aviso antes de entrar a matar. A las nueve menos cuarto se echó en tablas el toro. Quedaban tres cuartos de hora por delante. El toro más fiero de la feria esperaba turno. Y José Garrido también.