Clones

Marcos Ripalda
MARCOS RIPALDA

Lo de ser originales se nos está yendo de las manos. Por ser originales la muchachada se desvive, selfie mediante. Y qué mejor forma de ser originales que por imitación. El mundo al revés, vaya. Que si copias tal vestimenta o tal comportamiento, pose o apremiante modernidad con fecha de caducidad, serás el ser humano más original del universo conocido, lo más de lo más, o sea, un fraude épico, conste, del que, por respeto, las personas sensatas o con un mínimo de lucidez o lógica empírica, no te querrán despertar aún, pues eres joven y aún crees que un iPhone te hará libre y serás mejor valorado dentro de tu grupo vips de clones con parecidos no tan razonables, obvio, si alguien se molestara en rascar un poco y pegar la oreja al muro donde las verdaderas voces están gritando «auxilio, quién soy yo» y «por qué soy como soy», preguntas que cualquier hijo de vecino se hace alguna vez.

Me desvelo imaginando un mundo lleno de clones que piensan que son únicos y no meras copias cada vez más dementes del modelo original y que, por cierto, tampoco es que tuviera mucho sentido copiar, pero es lo que había. Así que lo único original es lo que se dejan en el travase de una originalidad-plagio a otra. Es triste que cuanto más te quieras diferenciar más parecido seas a otro. Y por supuesto no puede faltar el Instagram que lo certifique o la foto subida al grupo de wassap «We Are Different, Chachos» para rematar la faena de la vergüenza ajena, donde, probablemente, casi todos los miembros adopten la mismas expresiones y posturas, mientras algún padre se dispone a rezar para que a su criatura no se le ocurra hacerse un selfie en una barandilla de la Alcazaba, apoye donde no debe y caiga al vacío en un 'balconing' involuntario con final espachurrante o ensartado de coxis en algún enrrejado.

Lo único que me consuela es que, a fecha de hoy, dicen que todavía hay madres y hasta padres que distinguen a su descendencia de otros clones a los que no les une parentesco alguno.