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Amor... a quemarropa. Domi se enteró de que su 'ex' se había llevado a su hija a Argentina por un mensaje de texto. Este malagueño cruzó el charco para recuperar a su pequeña, la justicia le dio la razón y, cuando quedaban solo unas horas para recuperar la custodia, un sicario se bajó de un coche y le pegó tres tiros delante de su nueva novia y el hijo de ésta (a la derecha).
Amor... a quemarropa. Domi se enteró de que su 'ex' se había llevado a su hija a Argentina por un mensaje de texto. Este malagueño cruzó el charco para recuperar a su pequeña, la justicia le dio la razón y, cuando quedaban solo unas horas para recuperar la custodia, un sicario se bajó de un coche y le pegó tres tiros delante de su nueva novia y el hijo de ésta (a la derecha). / FACEBOOK

Mi 'ex' me robó al niño

  • El verano es «temporada alta» para los secuestros de menores por parte de uno de sus padres: se han disparado un 260% en 12 años. A Domingo Expósito lo mataron cuando iba a recuperar a su niña. Otros llevan años luchando

Hace más de tres meses que añoro tus besos, tus abrazos, tu sonrisa... Te extraño tanto, hija, que mi vida se va apagando cada minuto que no sé nada de ti. Sabes que papá está siempre a tu lado, que nunca te abandonaré, ¡¡que doy mi vida por ti!! Te deseo que seas la nena más feliz del mundo y yo personalmente me voy a encargar de que así sea...». Domingo Expósito, un fuengiroleño de 31 años que vivía desde hacía dos años en Argentina con el único objetivo de recuperar a su hija, se desahogó así en su perfil de Facebook el pasado 31 de mayo, con motivo del sexto cumpleaños de África, su pequeña. Pero alguien se 'encargó' antes de Domingo. Fue el pasado 25 de junio, cuando solo faltaban unas horas para que este padre coraje, con la justicia de su parte, recuperara la custodia de la niña, secuestrada por su propia madre, natural del país sudamericano. Él tenía un lema que le hacía seguir adelante: «Hay tres cosas en la vida que no se pueden perder: la esperanza, la paciencia y la honestidad». Al final, acabó perdiendo su propia vida (esa que estaba decidido a dar por África) cuando un sicario encapuchado le descerrajó tres tiros por la espalda y le mató en plena calle, en presencia de su nueva compañera sentimental y el hijo de ésta. Había recibido amenazas del entorno de su 'ex', pero a él le daba igual. Estaba a punto de volver a España con su niña y de hacerla la nena más feliz del mundo.

«Nunca nos hubiéramos imaginado que la madre hiciera algo tan grave como llevarse a su hija a su país a espaldas del padre, de mi tío. Y mucho menos que a Domi lo acabaran matando. Es como si fuera una pesadilla de la que no vamos a despertar jamás», se lamenta Jessica, la sobrina de Domingo Expósito. Toda la familia sigue destrozada, clamando justicia ante tanta injusticia. Por eso no van a dejar de pelear para que los culpables del crimen acaben en la cárcel y, sobre todas las cosas, para que la pequeña África regrese a España: «Continuaremos con la lucha que empezó mi tío para que la niña vuelva con su familia paterna. Y sabemos que volverá porque creemos en la justicia. Además, será como tener una parte de Domi con nosotros», se alienta Jessica.

La trágica muerte de este fuengiroleño, uno de los casos más truculentos que se recuerdan al hablar de sustracción de menores por parte de uno de los progenitores, se produjo justo un día antes de que España modificara y endureciera la normativa para expedir el pasaporte a un menor. Hasta ahora, solo se necesitaba la autorización de uno de los padres para sacar el documento en una comisaría, pero una iniciativa del senador del PNV José María Cazalis se ha acabado transformando en un decreto que exige el consentimiento expreso del padre y de la madre para la obtención del documento.

El objetivo es impedir, o al menos dificultar, la posibilidad de que uno de los progenitores pueda cometer el secuestro de su propio hijo, llevándose consigo al niño al extranjero. Justo lo que le pasó a Domi y el mismo infierno al que cada vez se ven abocados más ciudadanos españoles. En masculino, porque ellas son mayoría (70%) a la hora de tirar por la calle del medio y llevarse al crío a espaldas del marido cuando la pareja se rompe y surgen las diferencias, «que es siempre el origen del conflicto», ilustra Carolina Marín, reconocida abogada del despacho londinense Dawson Cornwell, especializado en Derecho Internacional de Familia: «El número de afectados no para de crecer».

Las 41 solicitudes de restitución del menor que se tramitaron desde España a otro país (solo los firmantes del convenio de La Haya) en el año 2001 se han disparado hasta las 148 del año pasado. Un aumento del 260% en poco más de una década, según los datos facilitados por el Ministerio de Justicia. Cifras que, pese a todo, podrían ser más escandalosas porque «hay muchos países -asiáticos, del Magreb- que no están dentro de la Convención de La Haya y a los que también van a parar muchos menores», señalan desde la Autoridad Central Española, la oficina del ministerio que se encarga de gestionar estos casos en base al convenio. Diferentes expertos jurídicos coinciden en apuntar al aumento de las parejas de diferente nacionalidad como principal causa del incremento del 'robo' de hijos.

El letrado Adolfo Alonso, ex presidente de la Fundación Child Care, señala la crisis económica como uno de los factores determinantes para el incremento de las rupturas y de las cifras de sustracciones: «En cualquier caso, son historias extremadamente complejas y con un fuerte contenido emocional», apunta. Manuel Huertas, el abogado de Domingo Expósito, reconoce que estos días está «desbordado de trabajo con casos similares» y Carolina Marín admite, por su parte, que el verano «es temporada alta en el despacho, igual que Navidades». Son fechas en las que uno de los dos cónyuges se lleva a los hijos de vacaciones y el otro confirma sus peores sospechas cuando llama al móvil para tener noticias... Y se lo encuentra apagado una y otra vez. Cuando entiende que se la han jugado y se han llevado a sus hijos. Cuando comprueba que le han arrebatado lo que más quería y esas sospechas iniciales se convierten en zozobra y desesperación.

«Mami, ¿me abandonaste?»

Es el mismo sentimiento que alumbró Virginia, una ecuatoriana que vivía en Valencia cuando su exnovio decidió pasarse por el colegio unas horas antes para recoger a la hija de ambos, Nerea -nombre ficticio, como el de su madre-. «Fue el 3 de marzo de 2005. La fecha no se me olvidará jamás», rememora Virginia tratando de contener un torrente de lágrimas que no tarda en desbordarse: «A los dos días, el padre me llamó y me dijo que se la había llevado a Madrid. Me puse hecha una loca, solo tenía ganas de gritar y salir corriendo. No sé de qué hubiese sido capaz».

En estos casos, «lo primero que hay que hacer es denunciarlo a la oficina del Ministerio de Justicia y contactar con abogados especializados. La Policía Nacional y la Guardia Civil hacen bien su trabajo, pero no pueden resolver estos asuntos y la primera reacción es denunciar». Exactamente lo que hizo Virginia, que se pateó durante días las comisarías de Valencia y Madrid. «Después descubrí que, en realidad, el padre la montó sola en un avión a Ecuador el mismo día que la secuestró... ¡No tenía ni cuatro añitos!», continúa la madre. Movió Roma con Santiago para encontrarla. Policía, familia y amigos en aeropuertos, estaciones de tren y autobuses a uno y otro lado del Atlántico para intentar localizar a la niña... sin éxito. Fue a los 15 días cuando pudo contactar con su hija vía telefónica: «Me decía que cuándo iba a ir con ella, que necesitaba que la abrazara...». Virginia se derrumba en la conversación cada vez que recuerda una sola frase de los labios de su pequeña («mamá, ¿me abandonaste?»), y reconoce que en estos casi diez años de batalla llegó a pesar 45 kilos, tuvo «una depresión de caballo» y estuvo a punto de acabar en un psiquiátrico: «Estoy viva gracias a la fuerza que me ha dado Dios».

Virginia ganó en los tribunales su legítimo derecho a recuperar a Nerea. Pero el padre obvió las órdenes judiciales y la cara de la niña acabó en la página de la Interpol. No fue un impedimento para que la menor «viajara por todo el mundo» con su padre sin ningún problema. «Lo sé porque, en este tiempo, también he hecho de detective». Al final, las autoridades británicas localizaron a Nerea en Manchester y esta madre pudo volver a abrazar a su hija cinco años después de que se la arrancaran de su seno. «Recuerdo que yo estaba muy nerviosa. Solo quería que no me viera llorar. Ella también estaba muy nerviosa». Vivieron juntas durante un año en Londres, aunque hoy Virginia está en España esperando el retorno de su hija en un laberinto de papeles con sellos de juzgados: «He recuperado la relación con ella, pero a veces siento frustración. Todo lo que hice... y mi hija sigue con su padre», que se fue de rositas tras cometer un delito castigado en España con una pena de prisión de dos a cuatro años. «Aunque no conozco sentencias de cárcel para el culpable. Yo soy partidaria de no imponer penas duras salvo casos extremos, porque no se puede privar al niño de ninguno de los dos padres», reflexiona Carolina Marín. Otros creen que cometer este delito «sale muy barato». La letrada, sin embargo, recuerda no perder de vista que los que más sufren «siempre son los propios hijos».

Así lo cree también el Gobierno, que prevé «considerar estos actos como maltrato psicológico a los menores e introducir ayudas sociales a las víctimas», adelanta Adolfo Alonso. Porque las consecuencias emocionales y psicológicas que acaban padeciendo los pequeños, a la larga, son graves. Un estudio de la Universidad Guildhall de Londres, elaborado por la catedrática de Derecho de Familia Marilyn Freeman, determina que los niños que han sufrido estos secuestros acaban teniendo «dificultad para confiar en otras personas, incluso en ellos mismos; se convierten en personas suspicaces e incluso se pueden volver incapaces de mantener relaciones a largo plazo». Por no hablar del sentimiento de culpabilidad -añade el psicólogo infantil Jon Arruabarrena-, y el «complejo del niño 'mochila': chavales sin identidad que no saben muy bien a qué lugar pertenecen, de dónde vienen», anota Marín. En todos los casos, la frase más repetida por los padres que acuden pidiendo ayuda al despacho es la misma: «Por favor, dime que volveré a ver a mi hijo». En muchas ocasiones, no hay respuestas posibles.

Contando los segundos

Todas las que le faltan a Enrique Pinto, un joven coruñés que hace años se enamoró de una holandesa, se fueron a vivir a Turquía con su pequeña Katia y, de la noche a la mañana, se quedó sin novia... y sin hija. «En una vista judicial por el régimen de visitas, los abogados de ella dijeron que se había ido del país con la niña. Habíamos pedido medidas cautelares para que eso no ocurriera, pero la juez solo acertó a decir: 'perdón, no me imaginaba que fuera capaz de hacer esto...'. ¡Me dieron ganas de ...!», se sincera Pinto. Aquello ocurrió en junio de 2010 y ahora, en una página de internet creada por el propio Enrique Pinto para dar con ella (www.katiapintoschoen.com), hay un contador en el que se muestran hasta los segundos que este padre lleva sin ver a su hija. Y Katia a su padre: cuatro años, un mes, siete días... Después de un farragoso periplo judicial por Turquía, Holanda y España, las autoridades judiciales de los tres países dijeron «que había hecho todo lo posible legalmente, que lo único que me quedaba era buscarla por mi cuenta». Él no ha perdido la esperanza de encontrarla e incluso ha valorado la posibilidad de recurrir a empresas de grupos paramilitares especializadas en recuperar a niños secuestrados... con otro secuestro. Llegan a cobrar hasta 200.000 euros si hay que utilizar helicópteros. «Sí, he llegado a contactar con ellos. ¡Pero creo que hacerle pasar por eso a mi hija es una barbaridad. Y encima no tengo dinero! Después de tanto abogado y tanto viaje, me he arruinado». Un denominador común a todos los padres que sufren este drama. Otro es el «enorme sentimiento de vacío» que invade a la víctima y la permanente lucha, a cada segundo, «por no volverte loco». A Enrique Pinto solo se le quiebra la voz cuando reconoce que no sabe absolutamente nada de su pequeña, que no sabe ni cómo es su carita ahora mismo, y que nada ni nadie podrá devolverle el tiempo perdido con su hija. Pero también tiene claro que no va a dejar de pelear «para que sepa, algún día, que nunca dejé de buscarla».

En el extremo opuesto a tanta desazón está Davide Vitozzi, un italiano residente en Fuerteventura que gracias «a mi letrada Carolina Marín y a la diligencia de una juez inglesa» logró recuperar a su hija solo tres meses después de que su madre se la llevara a Londres con engaños. «Me dijo que se iban a dar un paseo y no supe nada de ellas en toda la noche. No sé cómo sobreviví a aquello, sin saber si mi hija seguía viva o estaba muerta... Ese vacío, esa sensación... es lo peor que me ha pasado en la vida». Esa vida que también Davide habría dado por su hija. La vida que le acabaron arrancando a Domi.