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HOYes.tvHOYes.tv | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Cáceres

CACERES

Tras llevar el alumbrado público a su pedanía, el Ayuntamiento de Cañaveral construye una posada rural para potenciar el turismo y anuncia que acondicionará las calles

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El Arquillo: 4 vecinos, 8 casas, 2 hoteles
El histórico olmo de Villa de Arco, por cuyos alrededores corría el agua en pleno agosto./ ALTAMIRANO
Una niña y un niño que no llegarán a 10 años se sumergen en las gélidas aguas del pilón situado junto a la ermita. La sierra de Pedroso de Acim y Cañaveral, a la espalda, contempla la escena en medio de una quietud que impresiona. Al fondo, el pantano de Alcántara. Es verano, y el calor invita a refrescarse. La cuesta hasta la iglesia se hace más dura que nunca, entre piedras, baches y tierra. Otro crío se para en la plaza del viejo olmo y su zapatilla sale absolutamente embarrada tras pisar un charco. Esto es plena naturaleza. Los cardos relevan al asfalto.

El agua fluye por la calle como si fuera invierno y la temperatura, rigurosa, aún está aquí un par de grados por debajo de lo que es habitual en Cáceres en esas fechas. Cosas del microclima que genera la vegetación imperante. Grupúsculos de turistas salen del monte con sus mochilas y cruzan el pueblo. Apenas ocho casas, están cerradas y el silencio se prolonga. Ya al final de la calle, las antiguas escuelas. Ahora, obras. Estamos en Villa del Arco, cuatro vecinos, una familia, varias más residentes de forma ocasional y una larga historia de olvidos y desengaños detrás. El turismo rural es la última apuesta del Ayuntamiento de Cañaveral para este pequeño pueblo, independiente hasta finales de los 70 y que funciona en la actualidad como pedanía. Tras la instalación del alumbrado eléctrico, ya está en marcha la construcción de una posada. El siguiente reto es el asfaltado de las calles, su saneamiento y llevar el agua a todas las viviendas.

«Las calles se van a arreglar al completo y se harán mediante empedrado, respetando el estilo». La aclaración la hace Emilio Durán, alcalde de Cañaveral. Las críticas llueven sobre la administración por parte de los vecinos más implicados con el Arquillo. Por ahí aparecen la Junta de Extremadura, que no ha dado respuesta sobre la solicitud que se hizo hace más de seis años para que se declarase el pueblo bien de interés cultural; la Diputación y el propio Ayuntamiento. «Las instituciones no han hecho mucho», denunciaba en 2004 Julián Orovengua, cuya familia, incluido el último cura que hubo, viene de Villa de Arco. Orovengua ha comprado y rehabilitado al estilo tradicional una casa en el Arquillo y es visitante habitual los fines de semana y en vacaciones. Pese a los avances que suponen la instalación de la red eléctrica o la construcción de una casa rural -primer establecimiento hostelero abierto-, se muestra muy duro con la clase política. «Todos los proyectos que presentamos han fallado. Es deprimente».

Turistas

El turismo es el camino marcado. Un plan al que acompaña un peaje de más visitantes, más actividad, más ruidos, más suciedad, más inconvenientes. Pero todas las partes consultadas creen que merece la pena. «La idea de darle vida a la zona me parece buena. Estaríamos dispuestos a sufrir una mayor presencia de gente aquí con lo que ello supone siempre que esto no se convierta en un área residencial y se imponga un urbanismo salvaje que rompa con la arquitectura del pueblo». Orovengua cree, por ejemplo, que la nueva posada rural que construye el Ayuntamiento gracias a un plan de empleo se ha saltado algunas normas. «Prima el criterio arquitectónico del alcalde de turno. Le pedí que se utilizase la piedra pero...». En el Arquillo se hizo al fin la luz, aunque Orovengua recuerda: «Se puso el alumbrado justo antes de las últimas elecciones. Las cosas funcionan así. Por cuatro votos. Al menos también se logró que la zona se declarase Zepa». Aún se ven en el horizonte las secuelas del último gran incendio de 2006, que se saldó con 60 vecinos afectados y perdidas valoradas según las primeras estimaciones de estos en 21 millones de euros. En total 1.923 hectáreas quemadas y 25 horas de trabajo intensivo de bomberos, propietarios y voluntarios. Desde la puerta del cementerio se ven tres solitarias tumbas, que, rememora Orovengua, hasta «se llegaron a profanar». Hay un árbol quemado junto a una tapia, un banco roto, pastizales y una verja absolutamente 'jerrugenta' (oxidada), como se dice en la zona. Es la imagen de un pueblo que un día perdió la vida por culpa de la emigración y que ahora trata de recuperar el pulso con ilusiones nuevas.

«Se está construyendo la posada rural en las antiguas escuelas. Las escuelas taller ya hicieron en su día una reforma, pero no se le dio uso. Ahora el proyecto incluye cuatro habitaciones, un salón y un bar con terraza. La idea es que los visitantes vengan a conocer el Arquillo y puedan quedarse», señala Emilio Durán. El primer regidor de Cañaveral sostiene que se «acondicionará el entorno» y que el negocio tendrá titularidad pública aunque más adelante funcionará en régimen de concesión.

Buenas intenciones y retos de avance a través del turismo que chocan con los medios que se encuentra el viajero a su llegada: calles tortuosas, sin asfaltar, sin agua corriente y un solo establecimiento público, la casa rural que está a la entrada del pueblo. «La carretera de subida se va a arreglar y está en marcha el proyecto para el empedrado del suelo y el saneamiento».

El alcalde mira al futuro con optimismo y se pone serio cuando habla del interés urbanístico que despierta el Arquillo: «Hemos apostado por el turismo, pero se guardará su estructura urbanística. El pueblo está bien situado, a unos kilómetros de la autovía A-66, tiene historia y encanto, y no es posible que venga cualquiera y compre un terreno para edificar a su antojo». El Arquillo, el pueblo de las ocho casas, de los cuatro habitantes, de Julián Cornelio, el vecino de toda la vida, de los Orovengua, de los pilones, del viejo Olmo... El pueblo que una vez fue y que se propone resurgir.
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