Fernando Simón, el hombre antipánico

Fernando Simón, el hombre antipánico
Ilustración: Mikel Casal

El médico y portavoz del Ministerio de Sanidad que se tutea con el coronavirus y sosiega al país ha solventado por su cuenta cientos de crisis y cataclismos humanos en Burundi. Allí se fraguó el maño impasible

ICÍAR OCHOA DE OLANO

El hombre antipánico con el que España come, cena y se sosiega cada día de la semana desde hace ya seis, cuando el Centro Nacional de Microbiología confirmó el primer caso de coronavirus detectado en el país, no finge ser imperturbable. Fernando Simón lo es. Se curó de espanto en África, donde aprendió el oficio del galeno medieval, desprovisto e imaginativo, y también el de gestor de crisis, debacles y cataclismos humanos, sin gabinetes que convocar ni protocolos que seguir. Llevaba apenas un año licenciado en Medicina, atendiendo urgencias hospitalarias en su Zaragoza natal y haciendo sustituciones en pueblos, cuando una ONG de su gremio le puso en bandeja la posibilidad de tomar el pulso a Burundi, un insignificante país encajonado entre Ruanda, Tanzania y Congo, en el que ardía a fuego lento el enfrentamiento étnico entre los hutus y los tutsis.

Dos hombres conocen bien lo que aquel veinteañero vivió durante los dos años que duró su trabajo de voluntario allí. Uno es Marco Pascual, un oscense con alma aventurera y literaria que en diciembre de 1991 se encontraba de paso en Buyumbura, la capital del país, supo que al norte había un médico español y quiso visitarle. Invitado a permanecer en su casa el tiempo que quisiera, se quedó una semana y en ese tiempo se convirtió en la «sombra» de Fernando Simón. Fue suficiente para que cada instante de aquella experiencia apocalíptica y cinematográfica quedara tatuada mar adentro de su ser.

Su joven anfitrión tenía a su cargo Ntita, una zona abrupta de cuarenta kilómetros cuadrados y una población de 100.000 personas. Cada jornada venía con un tsunami debajo el brazo, que Simón surfeaba con una tabla roída de planchar. De día pasaba consulta a 120 pacientes; por las tardes, atendía un hospital con sesenta ingresados, entre enfermos y parturientas, con la ayuda de catorce enfermeros y un puñado de cachivaches obsoletos. «También hacía cirugías. Las hacía con un instrumental que era antigualla. Un día nos encontramos en la camilla de operaciones a una mujer que tenía las piernas a horcajadas. De su vagina le colgaban los intestinos y del final pendía lo que parecía una pelota de fútbol sala negra. Fernando me dijo que era su útero, que habría dado a luz en su casa y que el esfuerzo habría causado el desprendimiento. Yo le pregunté qué iba a hacer. 'Lo que se me ocurra', me contestó. 'Esto en España no se ve'. A continuación, se remangó, se lavó los brazos hasta los codos y le introdujo todo hasta encajarlo. Sin anestesia. Lo hizo con extraordinaria firmeza y cuidado. Pude ver el dolor en la cara de la mujer, pero no soltó una lágrima».

Tres décadas después, los recuerdos se agolpan con crudeza y fascinación en su boca y el viajero accidental se estremece con su propio relato. «Una madrugada alguien vino a golpear la ventana de la habitación. Una cesárea urgente. Por la mañana, cuando me desperté, me contó que la madre y su bebé estaban vivos de milagro. Le acababa de abrir el vientre cuando se fue la luz. Habían robado la gasolina del generador y el keroseno del candil. No sé cómo lo haría, pero les salvó», rememora. «Era increíblemente templado». También cuando silbaban las balas. Unas semanas antes de su llegada, Fernando Simón salió ileso después de que varios militares tirotearan la trasera de su todoterreno en la capital, a donde se había desplazado para abastecerse de medicamentos, saltándose la prohibición de circular por la ciudad decretada por el Gobierno.

Ni siquiera una guerra civil ansiosa por estallar detenía a Simón. Tampoco las «mordidas» de unas autoridades corruptas con las que tenía que acordar cada campaña de prevención de salud que se le ocurría, y que le acabaron puliendo como «hábil negociador». Para el doctor en Ntita no había domingos. «El día de Navidad de ese año, otro y yo le convencimos a duras penas para que se tomara unas horas libres y fuéramos a comer a casa de un misionero. Fernando nunca paraba. Estaba totalmente involucrado en su trabajo y, pese a la extrema intensidad y dureza de su día a día, se le veía feliz. Era admirable».

Nunca volvería a verle hasta que, hace poco más de un mes, cuando el Gobierno de Sánchez –como antes hizo el de Rajoy con las crisis del ébola, el zika o la de listeriosis del verano– le lanzó al ruedo mediático a lidiar el toro del Covid-19 con su capote arrugado, hecho de franqueza y rigor. Allí estaba, en el televisor, aquel tipo enjuto, «tranquilo, natural, profundamente empático y capaz de una altísima psicología» que había conocido en un mísero poblado africano, insuflando calma a todo un país desde la portavocía del Ministerio de Sanidad.

Profesor de conducir

El otro hombre que conoció sobre el terreno el trabajo en Burundi de Fernando Simón fue Antonio Simón, su padre. Viajó allí para acompañarle durante una semana. «Enseñó a las enfermeras a conducir», destaca divertido desde el piso de Zaragoza en el que crió a sus seis hijos, huérfanos de madre desde pequeños, y en el que construyó una prestigiosa carrera como psiquiatra. Nadie mejor que él puede explicar de dónde ha salido el hombre antipánico que nos baja de revoluciones. «Sin duda debió ser un proceso de autoeducación. Porque de crío era un polvorilla», ríe.

Pese a la extraordinaria carrera humanitaria y profesional que el epidemiólogo cuajaría en Somalia, Mozambique, Tanzania, Togo, Inglaterra, Guatemala, Ecuador y Francia antes de dirigir el centro nacional de Alertas y Emergencias Sanitarias, «yo no lo calificaría de estudiante brillante. Se lo pasaba muy bien. Le encantaba la náutica –navegaba su velero por un pantano que hay cerca de Zaragoza– y el baloncesto. En cuanto hay una comida familiar organiza el 'partido de las estrellas' con sus hijos –tiene tres con su mujer, periodista– y sus sobrinos».

Le vio por última vez hace una semana, en una conferencia que impartió en su ciudad. «Le dije que descansara y comiera más, y que se quedara esa noche a dormir en casa. Me dijo que era imposible. Creo que dijo que al día siguiente tenía que estar en La Moncloa».