El carnaval de los exoplanetas acelera la carrera espacial del siglo XXI

Un transbordador espacial en Cabo Cañaveral./
Un transbordador espacial en Cabo Cañaveral.

Los recientes hallazgos propician que crezca el interés mediático e inversionista para la conquista del cosmos

DANIEL CABORNEROMadrid

El reciente hallazgo del TRAPPIST-1, un sistema solar con siete planetas similares a la Tierra y a unos 40 años luz de distancia, ha acelerado de manera involuntaria la carrera espacial de este siglo XXI. Si el siglo pasado fueron Estados Unidos y la Unión Soviética sus protagonistas, ambos desde el plano estatal, ahora aparecen varios actores con menos foco en su nacionalidad y mayor iniciativa desde la inversión privada.

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La Agencia Aeroespacial de EE UU (NASA) ha despertado una particular fiebre por el espacio gracias a TRAPPIST-1, donde nuevos mundos orbitan una pequeña estrella ultrafría y cuya distancia de ésta propiciaría que todos tuvieran agua líquida en su superficie, requisito indispensable para cualquier forma de vida animal. Así, no ha resultado descabellada la retahíla de promociones espaciales anunciadas en las últimas semanas.

Y ello a sabiendas de que el balance de exoplanetas identificados por varias entidades aeroespaciales ya asciende a 3.453 planetas, repartidos entre 2.577 sistemas estelares. Además, otros 19 cuerpos planetarios son candidatos a planeta extrasolar aunque aún sin la pertinente confirmación. De esos mundos sí confirmados, más de 1.264 son gigantes de hielo, 1.043 son gigantes gaseosos, 781 han sido clasificados como 'supertierras' y 352 son de tipo terrestre, según los datos del Archivo de Exoplanetas de la NASA.

La promoción más reciente es que la propia NASA planea lanzar en verano de 2018 una expedición mecánica que se aproxime al Sol más que ninguna otra antes. La sonda Solar Probe Plus está diseñada para llegar a seis millones de kilómetros de nuestra gran estrella, una distancia casi diez veces menor que la órbita de Mercurio.

"Esta será nuestra primera misión para volar hacia el Sol", ha confirmado Eric Christian, asistente de la NASA en el Goddard Space Flight Center de Greenbelt, Maryland. Sin embargo, las expectativas todavía son conservadoras: "No podemos llegar a la misma superficie del Sol", ha explicado sobre tal expedición que sí se acercará "lo suficiente para responder a tres preguntas importantes". En primer lugar, se pretende revelar por qué la superficie del Sol, llamada fotosfera, no es tan caliente como su atmósfera, llamada corona.

Pues lla superficie del Sol está a unos 5.500 grados Celsius mientras la atmósfera por encima supera los dos millones de grados. "Uno pensaría que cuanto más lejos se está de una fuente de calor, hace más frío. Por qué la atmósfera es más caliente que la superficie es un gran rompecabezas", ha comentado Christian a la web especializada Live Science.

En segundo lugar, la NASA quiere saber cómo el viento solar obtiene su velocidad. "El Sol expulsa una corriente de partículas cargadas en todas las direcciones a 1,5 millones de kilómetros por hora. Pero no entendemos cómo eso se acelera", han dicho desde el Goddard Space Flight Center. Y, en tercer lugar, la misión podría determinar por qué el Sol ocasionalmente emite partículas de alta energía (llamadas energéticas solares) y que son un peligro para astronautas o naves espaciales sin protección específica.

Diversificación de objetivos

Mientras la NASA se ha fijado en el astro rey, otros participantes en esta nueva carrera espacial han diversificado esfuerzos. La compañía privada SpaceX, también estadounidense, anunció haber acordado con dos personas un viaje alrededor de la Luna a finales del mismo 2018. Este proyecto se unirá a otros punteros ya realizados, como el lanzamiento de un cohete Falcon 9 transportando diez pequeños satélites de la empresa de comunicaciones Iridium; o como el envío de su cápsula no tripulada Dragon para una misión de aprovisionamiento de la Estación Espacial Internacional (ISS).

SpaceX, cuyo guía empresarial es el canadiense de origen sudafricano Elon Musk, mantiene un pique con la NASA en representación de EE UU; y ambas entidades lo exhiben frente al avance de China, Rusia o la Agencia Espacial Europea (ESA). El gigante asiático, por ejemplo, acaba de corroborar que planea enviar sondas a estudiar los movimientos de tres asteroides, amén de aterrizar en uno de ellos para recoger muestras. El investigador Ji Jianghui, del Observatorio Montaña Púrpura (de la Academia China de Ciencias), reveló estos planes con los que aspiran a conocer mejor la formación y evolución de tales asteroides a fin de comprender los orígenes del Sistema Solar.

Pero aparte de la idea conquistadora, hay más preocupaciones galácticas. El programa espacial chino lanzó a finales de 2016 su primer satélite de observación de emisiones de dióxido de carbono, bautizado como TanSat, y precisando que así verificaría cómo se cumplen los compromisos de reducir gases de efecto invernadero. China, que es el primer emisor mundial, se convirtió en el tercer país que disponía de este tipo de satélite tras EE UU y Japón. A la vez, se plasmaba el potencial de la región euroasiática que también es visible en la India o en Rusia.

La agencia espacial india soltó recientemente con éxito al espacio, en un solo cohete, la cifra récord de 104 satélites de siete nacionalidades diferentes; eso superó los 33 lanzados por Rusia hace tres años, un nuevo logro para la India después de haber conseguido en 2014 colocar una sonda en la órbita de Marte. Por su parte las autoridades rusas siguen fraguando excursiones por la Luna a través de la agencia Roscosmos Energia. "Creo que nuestra agencia estará lista para ser la primera en ofrecer este servicio en el mercado internacional para 2021 o 2022", dijo hace unos días su director general, Vladimir Solntsev.

En adición, Solntsev ya había admitido las estrategias de Rusia para enviar una misión tripulada al satélite lunar en 2029. El reto sería colocar una estación de alta tecnología con un observatorio y un puesto de lanzamiento, de paso demostrando que no solo los estadounidenses pueden caminar por suelo lunar. Roscosmos abandonaba de esta manera sus propósitos hacia Marte tras fracasar en 2011 las misiones de la Fobos Grunt, que se proponía extraer muestras en una de las lunas del llamado planeta rojo.

Precisamente es en Marte donde la competencia parece más dura, a tenor de los módulos experimentales de aterrizaje que la Agencia Espacial Europea (ESA) tiene puestos en órbita desde hace tiempo. La decepción del Schiaparelli, módulo estrellado sobre la superficie marciana, dio paso a escasa euforia tras el encendido de la sonda ExoMars Trace Gas Orbiter (TGO). Dicha sonda está implementada al alimón entre la ESA y Roscosmos. Múltiples actores para una puesta en escena global.