El Atlántico pierde su voz

Rafael del Castillo, conectado a la emisora de su domicilio en Las Palmas de Gran Canaria. :: La Provincia/
Rafael del Castillo, conectado a la emisora de su domicilio en Las Palmas de Gran Canaria. :: La Provincia

Fallece a los 80 años Rafael del Castillo. Este canario se hizo muy popular ayudando con su radio a los navegantes que cruzaban el océano. Salvó vidas y dio compañía

FERNANDO MIÑANA

Su voz era la de un hombre que sabía de lo que hablaba. Su acento, el inconfundible deje canario. Su timbre, el de una garganta por la que han pasado muchos cigarrillos. Pero para los navegantes, Rafael del Castillo era la voz del Atlántico: cada noche, fuera el día del año que fuera, se conectaba a las diez para ver cómo estaba su océano. Qué tiempo hacía, que frentes acechaban y qué barcos lo surcaban.

Rafael murió el domingo, víctima del cáncer, con 80 años. Había consagrado su vida al mar y después de trabajar como capitán en la Marina Mercante puso en marcha un curioso proyecto: 'La rueda de los navegantes'. Eso fue hace cuatro décadas, en unos tiempos en los que la tecnología impedía la comunicación con la familia a aquellos que se lanzaban a cruzar el Atlántico. Por eso se propuso conectar cada noche su emisora de radioaficionado para que los navegantes contactaran con él y pudiera transmitir algún mensaje tranquilizador a su gente.

HOMBRE DE MAR

Profesión y pasión
Radioaficionado
Muy crítico

Cada vez era más popular y cada noche conectaba su radio para hablar con más patrones. Cada uno buscaba algo diferente en Rafael: la previsión del tiempo, una ruta para evitar un huracán o, sencillamente, un rato de agradable conversación. Muchos le deben la vida. Ya hacía tiempo que había perdido la cuenta de las veces que les había indicado la ruta más rápida y fiable hacia tierra firme, les ponía en contacto con un médico para hacer frente a una enfermedad repentina, llamaba a los barcos más próximos para que acudieran al rescate o les aconsejaba cómo enfrentarse a un temporal. Otras veces, las más críticas, lo que hacía directamente era llamar a Salvamento Marítimo.

«Me di cuenta de que en el cruce del Atlántico había gente con más interés que pericia»

Él no era un radioaficionado sin más. Rafael conocía el océano. Cuatro veces cruzó en solitario el Atlántico de punta a punta. Fue, en 1994, el primer canario en conseguirlo después de 23 días de travesía entre Gran Canaria y Venezuela. En alguna ocasión las había pasado canutas, así que sabía cómo actuar en una situación crítica por una rotura a bordo o qué hacer ante un mar embravecido.

Por eso se echaba las manos a la cabeza cuando descubría que algún insensato con mínimos conocimientos náuticos se aventuraba a atravesar el océano. «Me di cuenta de que en el cruce del Atlántico había mucha gente que necesitaba ayuda, que tenía un gran desconocimiento y más interés que pericia, y había que ayudarles», reveló en una entrevista.

Para ser más útil buscaba colaboradores que hablaran en castellano por todos los rincones del charco. Desde Cabo Verde a Santa Lucía pasando por las Azores. Y contactos en los cuatro puntos cardinales, como Lee Eddington, con quien entabló amistad hace años y a quien llegó a visitar en su domicilio en California. Eddington, que era meteorólogo en la Marina estadounidense, le facilitaba el parte más completo que se conocía.

No perdonaba ningún día. Daba igual que fuera Nochebuena o Nochevieja. Después de la cena se iba a su cuarto, conectaba la emisora y hacía rodar 'La rueda de los navegantes' para unir a radioaficionados desde los confines del mar y poder prestar ayudar a los marinos que la necesitasen.

El ángel de la guarda

Cada cierto tiempo se colaba por los auriculares la voz angustiada de alguien en apuros. Como la de los tres tripulantes de un barco que había zarpado desde Cataluña porque les habían dado el 'soplo' de que existía un tesoro escondido en aguas de México. La terna -un español y dos sudamericanos- pensó que eso de navegar a través del Atlántico no debía ser tan complicado, pero en un punto entre Agadir (Marruecos) y las Canarias ya se vieron desbordados por un temporal. Rafael del Castillo puso en marcha su protocolo, como explicó en un artículo en 'La Provincia': «Hay que averiguar tipo y clase de barco, número de tripulantes, edad, experiencia náutica, mar en que se encuentran, proximidad o no de tierra, dirección e intensidad del viento, altura de las olas, víveres disponibles, previsión del tiempo, ayudas más próximas, tipo de avería a resolver, y así un larguísimo etcétera». Y con la información sobre la mesa decidió darles un rumbo para que buscaran cobijo en Lanzarote porque constató que apenas les daba para gobernar una embarcación.

Sus más de 14.000 noches ayudando a barcos de toda condición le permitieron labrarse una gran reputación y el sobrenombre de 'Ángel de la Guarda del Atlántico'. Su fama llegó hasta la Zarzuela y, en el verano de 1999, el rey Juan Carlos I le entregó una placa en Palma de Mallorca por sus años como 'socorrista' desinteresado. El año pasado fue el nuevo Rey, Felipe VI, también regatista, como su padre, quien quiso estrecharle la mano en Tenerife por su labor altruista.

A veces quien lanzaba un SOS era un conocido. Como el día que el barco de su amigo Paco Jiménez chocó contra un OFNI -objeto flotante no identificado- y se hundió cuando navegaba rumbo a América. Rafael contactó inmediatamente con Salvamento Marítimo y las embarcaciones más próximas, y así logró que un yate francés lo rescatara.

El domingo se cortó la comunicación. Rafael del Castillo ha muerto y a partir de ahora las noches del Atlántico serán mucho más silenciosas, más tristes. La rueda de los navegantes se ha parado de golpe. Para siempre.

Rafael del Castillo vivió toda su vida vinculado al mar. Creció en la isla de Gran Canaria y llegó a ser capitán de la Marina Mercante. También disfrutó de su lado más lúdico y aventurero como regatista. Cruzó el Atlántico cuatro veces en solitario y fue el primer canario en lograrlo.

Su obsesión por el mar y la náutica la unió a su otra pasión, su emisora de radioaficionado. Hace cuarenta años entendió que podía servir de puente entre los navegantes que cruzaban el océano y sus familiares. Y pronto descubrió que muchos necesitaban ayuda.

Cuando le preguntaban si hay mucho imprudente en mar abierto, se encendía porque, según decía, abundan los inconscientes.