Un diario para el encuentro

Un diario para el encuentro

En el discurso de Ángel Ortiz -que aquí se reproduce-, el director de HOY brinda la cabecera líder en Extremadura a los pactos y el consenso

ÁNGEL ORTIZ

PRESIDENTE, presidenta de la Asamblea, delegada del gobierno, alcalde de Mérida, autoridades, queridos amigos, muy buenas noches.

Gracias por acompañarnos en la entrega de los premios Extremeños de HOY 2015.

Gracias también, muy especialmente, a Iberdrola por su leal compromiso con el patrocinio de estos galardones.

Enhorabuena a los premiados. Al MEIAC por su vigésimo aniversario, al cirujano Javier Bueno y al reportero, atleta y explorador Miguel de la Quadra Salcedo.

Antes de comenzar, concédanme unos segundos para que recordemos al periodista extremeño Ángel Sastre, desaparecido en Siria cuando trabajaba junto a otros dos españoles. Ojalá recibamos pronto buenas noticias de todos ellos.

También para rogarles también que no olviden el incendio de agosto en Sierra de Gata. Que los devastadores efectos del fuego sigan recibiendo respuesta, compensación y remedio mientras sea preciso.

Y, finalmente, para agradecer, en nombre de la redacción y el resto del equipo que hace el HOY, el apoyo de nuestros miles de suscriptores y lectores, de los anunciantes, de nuestros corresponsales, de las decenas y decenas de personas que, en nuestras páginas, en nuestras publicaciones hiperlocales, en la edición digital, en su blogosfera, en otras áreas de la empresa, ocasional o regularmente, permanecen siempre a nuestro lado. A pesar de todo.

Agapito, Ana, Alfredo, Alfonso, Fernando, JR, Tomás, Jaime, Javier, Idelfonso, Víctor, Antonio, Luz, Jesús, Juan Jesús, Ángel, Carlos, Diego. Etcétera, etcétera, etcétera. A todos os debemos este caluroso aplauso.

Blanco o negro

«Las cosas y la gente eran o absolutamente malas o absolutamente buenas, y cuando la vida no obedecía a aquella regla del blanco o negro, cuando las cosas o la gente eran complejas o contradictorias, yo me negaba a aceptarlo. Convertía cualquier contratiempo en un desastre, cualquier éxito en un triunfo épico, y dividía a la gente en héroes y malvados. Incapaz de tolerar la ambigüedad, construía una barricada de engaños para protegerme de ella».

Encontré este párrafo en una novela autobiográfica de otro periodista, el premio Pulitzer JR Moehringer, protagonista y autor de un libro titulado 'El bar de las grandes esperanzas'. Acaba de editarse en España.

Desde que lo leí, no he dejado de invocarlo. Expresa con precisión una constante del debate social en nuestro país y nuestra región. Digo social, no solo público o político, ya que, por desgracia, ese afán maniqueo, ciego a las tonalidades de gris, ha calado muy hondo en la esfera privada. Entre otras cosas, por el creciente uso de redes e intermediarios digitales que lo reducen todo a 140 caracteres, a un me gusta, a un comentario anónimo, a un grupo de wasap. Súper fácil, súper rápido, súper personalizable, súper adictivo. Y aparentemente gratis.

Un clima de perenne rivalidad, de ausencia de cauces de diálogo edificante, de posiciones excluyentes, incluso psicóticas, empapa hasta los huesos muchas de nuestras actividades cotidianas, por mínimas que sean. Hace poco comprobamos cómo la cintura de una actriz adelgazada con photoshop en una revista desataba miles de mensajes furiosos y groseros en las redes. Cuando el comunity manager de una compañía, más aún si es una gran compañía, comete un error, un error humano, se genera a veces una respuesta infame y cruel. En pocos minutos se abre una página para promover el boicot de sus productos o servicios.

En comunicación, como en la naturaleza, no existen las sustancias tóxicas, sino las dosis tóxicas. Un exceso de información, un suministro o acceso demasiado acelerados, fuera de escalas humanas, enturbian nuestra capacidad de comprender el mundo que nos rodea. El móvil, un objeto siempre encendido del que la mayoría no nos separamos a más de un metro en ningún momento del día, está teniendo bastante que ver en ello. Otro escritor norteamericano, Jonathan Franzen, considerado el novelista vivo más influyente de su país, exclamaba en un ensayo:

«La esencia misma del horror del móvil, como fenómeno social, es que permite e incita a imponer lo personal e individual a lo público y comunitario».

Coincido con él. Lo hará cualquiera que haya estado hace poco en la cola de un cine, la sala de espera del dentista o el pasillo de un hospital.

Sometidos, pues, por un individualismo predominante, no nos debería extrañar que los grandes acuerdos colectivos sean infrecuentes en nuestros días. Pareciera que hemos olvidado que nuestra especie ha logrado llegar hasta aquí gracias a que el lenguaje nos permitió especializarnos en la gestión compartida de lo común. Sea lo común la caza de un mamut, una explicación de la muerte, un modelo de estado, una constitución, el código de circulación o una moneda.

Todo esto me preocupa porque un diario, un diario como proyecto periodístico más que como el soporte, físico o digital, sobre el que se sustente, encaja no sin dificultades en ese clima; con discursos que dan más importancia a la efervescencia, a lo trivial y al blanco o al negro que al reposo, a lo importante, a los matices; en un mundo en el que, y esto me parece lo más grave, las respuestas, hasta las más vaporosas, valen más que las preguntas.

Mirar a los ojos

Verán, un diario se sitúa en las antípodas del enconamiento, la intolerancia, la urgencia o la víscera. Un buen diario, el HOY trabaja para no dejar de serlo desde 1933, es uno de los pocos lugares en los que un lector todavía puede conocer con profundidad y rigor lo que acaece en el mundo que le rodea desde muchos puntos de vista. A través de distintas miradas. En definitiva, desde situaciones vitales muy diferentes y distantes de las suyas. Miles de lectores y suscriptores nos demuestran a diario que lo que principalmente les une a nosotros no es qué hacemos por ellos, sino cómo y por qué lo hacemos. Este domingo, don Miguel de la Quadra-Salcedo nos decía en una entrevista que «el mundo es ahora más egoísta. Nadie te mira a los ojos».

Nosotros sí don Miguel. Nosotros seguimos haciendo periodismo de frente, mirando a la gente a los ojos.

Un buen diario aporta valor porque da cabida real a la pluralidad, habilita amplios espacios para el debate sereno, favorece el respeto entre diferentes, estimula y fortalece la empatía, ordena, agita, a veces subyuga y a veces incomoda. Es un magnífico ejemplo de que el centro no es un lugar, sino una actitud. Es unas veces ambiguo y otras contradictorio. Abraza la diversidad y descarta lo monocorde.

Sepan que las sociedades con mayores tasas de lectura de prensa de calidad son las que disponen de ciudadanos más exigentes con los poderes públicos e implicados en los proyectos de su vecindad. Contrasten esos datos con otros relacionados con los resultados de los sistemas educativos y verán que nada es casual en esta vida.

¿Pero a qué viene que les cuente yo todo esto hoy, aquí y ahora? A que cada minuto que transcurre en esta región sin un consenso colectivo responsable, sólido, compartido, de cesiones y no de imposiciones, basado en la escucha y no en el eslogan o la astracanada, cada minuto sin un pacto sobre lo que queremos y buscamos como pueblo es un minuto perdido. Y otro paso que nos aleja de un horizonte de prosperidad sostenible y autónoma, aquella sin la que no podremos, eso es seguro, conservar nuestro actual estado de bienestar.

En ese sentido, el diario HOY lleva décadas prestando sus páginas a cuantos lectores, organizaciones y voces de la región desean expresarse con respeto, altura intelectual, madurez y sentido de la responsabilidad.

Respeto a nuestra misión. A nuestro cómo, a nuestro porqué. A veces nos piden que no hagamos bien nuestro trabajo. ¿Se lo pueden creer? ¿Imaginan que se le pidiese a un médico que envenenara a sus pacientes? Contamos lo que pasa honesta y honradamente. Incluso cuando nos equivocamos. Por eso rectificamos. Somos de los pocos que lo hacen dando la cara ante la opinión pública. Quien pretenda de nosotros lo contrario debería saber que no puede haber objetivo legítimo que implique, para culminar con éxito, un mal trabajo de terceros.

Altura intelectual por consideración con nuestros lectores y suscriptores, nuestra primera y última razón de ser.

Madurez porque todos sabemos que esta se alcanza, generalmente, cuando descubrimos que casi nada es solo blanco o solo negro.

Y responsabilidad porque todo buen diario arma un marco inquebrantable de exigencia social y ética sin el cual se diluye en la irrelevancia.

Termino. El HOY no es un obstáculo ni un muro ni un cerrojo. Nunca. Es un valioso punto de encuentro. Uno de los pocos. Es sobre todo una oportunidad. Es una plaza siempre abierta. Es un medio coherente con su trayectoria, fiel a sus lectores, que se mantiene erguido en los momentos de dificultad e incertidumbre y que no se entrega a postores ocasionales. El HOY es una llave maestra. Por favor, úsenla para encontrarse. Muchas gracias.

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