Opino que no

Opino que no
BEATRIZ MUÑOZ GONZÁLEZ

Una mañana, para ilustrar una cuestión que abordo en una de mis asignaturas de sociología, proyecté en el aula unos datos extraídos del Instituto Nacional de Estadística. No importa ni el tema sobre el que estaba hablando ni cuáles eran los datos, lo relevante es lo que sucedió justo cuando mostré la tabla con los porcentajes. Un estudiante levantó la mano y dijo con convicción: «opino que no». No sabía qué hacer, no entendía qué quería decir, me descoloqué y sospecho que se me notó mucho, aún así, superado ese primer momento de desconcierto, le pregunté por el sentido de su afirmación. Volvió a decir: «pues eso, que opino que no».

Seguía sin entender nada, pero empecé a intuir lo que podía estar pasando así que con exquisita cautela le dije: «no puedes opinar que no, puedes contradecir los datos aportando otros y citando las fuentes, pero los datos son evidencias que no entran en la categoría de opinables, una cosa es su interpretación, y otra es lo que tú estás diciendo y aún no hemos empezado a interpretarlos». Entonces, el alumno me miró contrariado y me espetó: «tengo derecho a opinar, tú nos dices que participemos en clase pero no me dejas expresarme». Algo así me vino a decir.

Me armé de paciencia, de una paciencia infinita, e insistí en la idea de que no procedía un lacónico «opino que no». El alumno seguía erre que erre, diciendo que tenía derecho a opinar. No se mascaba la tragedia pero el ambiente se iba haciendo cada vez más tenso así que, para terminar con una «discusión» a mi modo de ver irracional, le dije: «Imagina que tras una serie de pruebas el médico me dice `tiene usted un cáncer´ y yo le contesto `opino que no´. Sí, fui un poco bruta, pero el fin justificaba los medios y se consiguió el fin: se hizo la luz, el estudiante me sonrió y dijo «tocado», a lo que yo le respondí: «espero que solo tocado y no hundido». Sospecho que no le gustó la realidad que los datos le presentaron y por eso decidió negarlos de esta manera tan peculiar.

Parece que no soy la única a la que le ha pasado algo así. Poco tiempo después cayó en mis manos un texto de Robert Hoffman, investigador en Ciencias del Aprendizaje, en el que contaba las dificultades que encontraba en sus clases para desmontar las ideas falsas de sus estudiantes e indicaba que la raíz de ello estaba en el hecho de que la opinión personal a menudo prevalece sobre la evidencia científica.

Si les soy sincera, no creo que la anécdota que acabo de contar ni los lamentos de Hoffman sean casos aislados en el ámbito educativo como tampoco que se circunscriban solo a él. Baste echar un vistazo, a muchos de los debates y trifulcas mediáticas que acontecen para darse cuenta de la extensión de la supremacía de la opinión personal frente a la evidencia.

Les invito a recordar esta historia cada vez que les venga la tentación de ponerse a disparar opiniones a diestro y siniestro. Creo que puede ser un buen antídoto contra la necedad y contribuiría a bajar el nivel de crispación y a no perdernos por caminos que no llevan a nada. A mi me funciona.

 

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