Rincones con encanto

La Garganta Mayor, el museo de las piscinas naturales extremeñas

La Garganta Mayor, el museo de las piscinas naturales extremeñas

Antonio J. Armero
ANTONIO J. ARMEROCáceres

El agua está más fría que la de Las Mestas», informa el joven a la chica que le espera fuera del charco, sentada en una roca. Se ve que conoce Extremadura, porque esa otra piscina natural que cita, la de Las Mestas, en Las Hurdes -cerca de varios rincones con encanto que desfilarán por esta sección diaria veraniega que hoy se estrena y que durará todo el mes- tiene la misma fama de gélida que esta de La Vera. Si se usa la mano como termómetro, y en una mañana de calor pesadísimo, la sensación no es de tanto frío, pero el sentido común aconseja no disputarle la credibilidad al bañista, que tiene el cuerpo entero sumergido. Estamos en 'Las pilatillas de abajo', uno de los tres parajes en los que se divide la Garganta Mayor, en la localidad cacereña de Garganta la Olla, que hace unos días sufrió un incendio. Los otros dos son 'Las pilatillas de arriba' y el charco Calderón, y forman un conjunto que viene a ser como un mini museo de las piscinas naturales, por su variedad. Está el charco pequeño, intimista; está la piscina natural en la que dar unas brazadas; y están las rocas pulidas, grises casi blancas, con sus oquedades.

Todas aparecen a unos pocos metros del conocido como puente de Cuacos, en la carretera que va de Garganta la Olla a Cuacos de Yuste (la comarcal CCV-913). Se deja el coche en el aparcamiento que hay a pie de asfalto, se bajan unas escaleras y surgen a la izquierdas las pozas y a la derecha un chiringuito con un aire jipi, que tiene una pared decorada con botas viejas y chanclas haciendo de maceteros y que vende el tubo de gazpacho a dos euros y la caña de cerveza a 1,20. Si no hay mucha gente -se llena los sábados y domingos- será posible encontrar un hueco en el que tirar la toalla y colocar la silla de camping para pensar poco y descansar mucho. Junto al puente están las rocas graníticas pulidas por el agua, que a alguno recuerdan a una versión -muy reducida, sin duda- de los famosos 'pilones' del Jerte.

En estas pilatillas -o piletillas, que cada cual lo escribe y lo pronuncia a su manera- se comparte espacio con los otros bañistas. Más arriba, a un minuto andando por cualquiera de los dos senderos que remontan el cauce, uno a cada orilla, está el charco Calderón, de aguas aún más frías porque el bosque espeso apenas deja que entre el sol. Ahí hay menos gente. Son dos pozas pequeñas separadas por un salto de agua. Es un espacio más íntimo, tranquilo y fotogénico. Un lugar bonito de verdad visto desde la orilla, seguro que más todavía desde el agua.

Antes o después de los baños, de la cerveza, el gazpacho o la siesta, se puede ir paseando hasta Garganta la Olla, precioso pueblo declarado conjunto histórico artístico y sobrado de restaurantes. Y cerca están también Cuacos de Yuste y el monasterio que Carlos V eligió para retirarse. Son muchas las razones que justificaron el viaje que él hizo mediado el siglo XVI. Y se mantienen todas hoy.