La carretera más bella

Tramo de carretera arbolada entre Marvão y Castelo de Vide. :: E.R./
Tramo de carretera arbolada entre Marvão y Castelo de Vide. :: E.R.

Entre Marvão y Castelo de Vide discurre una Nacional de las de antes

J. R. ALONSO DE LA TORRE MARVAO.

Los portugueses dicen que es la carretera más bonita del país. Desde luego, es la más fotografiada y la que más aparece en las guías turísticas. Los extremeños tenemos la suerte de que es una carretera medio nuestra: queda a diez minutos de la frontera y se trata, en fin, del tramo de calzada que transcurre entre Marvão y Castelo de Vide, a un paso de Valencia de Alcántara.

Es más o menos un kilómetro de asfalto. A ambos lados de la carretera se levantan sendas hileras de árboles de gran porte. En sus troncos, se han trazado unas tiras anchas de pintura blanca que los circundan. La gracia de esta carretera es que forma parte de nuestra memoria sentimental. Antes, hace medio siglo, casi todas las carreteras eran así. Los árboles las sombreaban y la cal blanca avisaba del peligro de aquellos troncos contra los que, impepinablemente, acababan estrellándose tantos coches. El resultado fue que los árboles se talaron y las carreteras bonitas desaparecieron.

En Portugal, sucedió algo parecido, pero se mantuvieron algunos tramos como este de Marvão, que, curioso proceso, ha acabado convirtiéndose en un reclamo turístico, en un icono de carretera tan representativo como puede ser el toro de Osborne español.

La carretera más bonita de Portugal cuenta con varios espacios para detener el coche y salir a fotografiar tranquilamente. En la foto que acompaña este artículo, aparece un coche pequeñito, curioso, muy significativo, tanto que ves la foto, ves los árboles, ves el cochecino y exclamas: «¡Eso solo puede ser Portugal!» Sí, porque solo en Portugal y, para ser más precisos, solo en el Alentejo se mantienen con ese mimo las cosas antiguas que, bien entendidas, no hacen daño. Es que una carretera con grandes árboles no hace ningún daño. El daño nos lo hacemos nosotros mismos: en ese tramo, es complicado cruzarse con un camión y conviene circular con prudencia.

Hasta hace unos años, la carretera arbolada convivía con un campo de golf, pero los hoyos y los lagos, el césped y los golfistas desaparecieron engullidos por la crisis. Al lado justo de la carretera más bella y antigua del país, se levanta uno de los mayores fiascos de la modernidad portuguesa: el campo de golf de Marvão convertido en un prado que hace las delicias de las ovejas. Y arriba, a la derecha de la carretera, una urbanización, esquelética, inacabada, se yergue como puede, parábola de la frustración que engendra la ambición desmesurada.

Por eso reconforta tanto circular por esta carretera de fresnos centenarios. Tiene un no sé qué de autenticidad, de comedimiento, de sensatez y equilibrio. Frente al nuevo rico que cree ver en un «tres bajo par» la esencia de la vida y el adelanto, la contención sabia de quien es capaz de mantener las esencias como asidero para no perder la perspectiva.

Viajar de Marvão a Castelo de Vide es una manera de recordar que la belleza está en lo sencillo, en la memoria, en la recuperación de un tiempo en que las carreteras tenían sombra y llevaban a sitios con enjundia, cuando había más viajeros y menos turistas.

Para que nada falte, al final de la arboleda abre una taberna de las de verdad con un cartel muy viejo que anuncia un café también de los de verdad: Gitana. Más adelante, una de las aldeas más bonitas de la Raya: Escusa.

Siguiendo la carretera, que tiene el rimbombante nombre de Nacional 246-1, se llega al supermercado Pingo Doce, muy visitado por los españoles. Comprar un queso de Nisa, un licor 'amarguinha', unas cervezas Sagres y una bolsa de papos secos y volver a España por la carretera más bella de la Península es una buena propuesta para estos días de estío.

 

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