Carlos V: ¿Por qué elige Yuste para su retiro?

Carlos V, ya retirado, descansando en su palacio de Yuste./
Carlos V, ya retirado, descansando en su palacio de Yuste.

Una de las hipótesis que se barajan para explicar la elección de la Vera para retirarse es la posible influencia la influencia de Luis Ávila y Zúñiga, un noble placentino propietario del Palacio de Mirabel y conocedor de esta comarca extremeña

MANUELA MARTÍN

Sé que para gobernar y administrar estos Estados y los demás que Dios me dio ya no tengo fuerzas, y las pocas que han quedado se han de acabar presto. Con estas palabras dichas en francés y en las que reconoce su mal estado de salud justifica Carlos V su deseo de renunciar al poder y retirarse a un perdido lugar de Extremadura. Era el 25 de octubre de 1555 en el Palacio de Brabante de Bruselas.

Le escuchaban cardenales, obispos, príncipes, nobles y gobernadores; más de mil personalidades llegadas de todos los confines del Imperio llenaban el salón del trono; fuera del palacio, en la plaza, el pueblo llano espera noticias. Un heraldo lee desde un balcón la renuncia de Carlos V. La ceremonia de abdicación, majestuosa, estaba hecha a la medida del personaje que la protagonizaba: el Emperador de Occidente; ningún otro hombre ha gobernado sobre más países.

¿Por qué un hombre todavía joven Carlos V había nacido con el siglo y tenía por tanto 55 años-, abandona voluntariamente el poder para enterrarse en vida en un paraje campestre alejado de la Corte, de difícil acceso y con los monjes jerónimos como únicos vecinos? La renuncia de Carlos V produce tal impacto que algunos cardenales, -¿quién sabía más del apego al poder que aquella Iglesia del siglo XVI?- achacan su marcha al carácter melancólico del Emperador. ¡Cómo se ve que es hijo de Juana la Loca!, le reprochan.

Desde ese solemne día de la abdicación, los historiadores han hecho hipótesis sobre las razones de su renuncia y sobre la elección de Yuste como lugar de retiro.

Las respuestas más evidentes

las da el propio Emperador en su discurso de despedida: se siente enfermo e incapaz de gobernar unos dominios tan vastos: España, parte de Italia, Alemania, los Países Bajos, la América que se está entonces conquistando

Hay que tener en cuenta que Carlos V no es un monarca palaciego que gobierne sus reinos desde un despacho. Es un rey guerrero y viajero. Y si no puede guerrear y viajar prefiere retirarse. Él mismo recuerda en su última alocución que ha hecho 40 grandes viajes a lo largo de su reinado, más que ningún gobernante de su tiempo: Nueve veces fui a Alemania la Alta, seis he pasado en España, siete en Italia, diez he venido aquí a Flandes, cuatro en tiempo de paz y de guerra he entrado en Francia, dos en Inglaterra, otras dos fui contra África, las cuales todas son cuarenta, sin otros caminos de menos cuenta, que por visitar mis tierras tengo hechos. Y para esto he navegado ocho veces el mar Mediterráneo y tres el Océano de España, y agora será la cuarta que volveré a pasarlo para sepultarme.

La lectura de los discursos de abdicación también descubre la razón de que Carlos V se retire a España. Aunque nacido en Flandes, al Emperador le debía disgustar el clima bruxelense tanto como a los funcionarios comunitarios de hoy. Su sobrino Filiberto de Saboya, encargado de explicar al auditorio los motivos de la renuncia del Emperador hace hincapié en su enfermedad, la gota, en la bondad de los aires españoles. No está el César en edad que no fuera muy bastante para gobernar, mas la enfermedad cruel, a cuya fuerza no se ha podido resistir con todos los medicamentos y medios humanos, esta enemiga le ha tratado así, derribado, postrado su caudal de fuerzas. Y porque las frialdades, aires y humedad de Flandes le son totalmente contrarias, y el temple de España es más apacible y saludable.

¿Pero por qué elegir Yuste y no un palacio más accesible y confortable? El historiador Manuel Fernández, que escribió una de las biografías más reputadas del Emperador, achaca a dos razones la elección de Yuste: la primera es que Carlos V quería retirarse al lado de un monasterio jerónimo. Así como desconfiaba de los jesuitas, por los jerónimos tenía simpatía. Esa debilidad la heredaría su hijo, Felipe II, que llevó a esta orden religiosa a su gran obra de El Escorial. U

Una segunda razón, no documentada pero que parece plausible, es la influencia de Luis Ávila y Zúñiga, un nble placentino propietario del Palacio de Mirabel y conocedor de La Vera extremeña. Ávila estuvo muy cercano al Emperador, que le denominó testigo de mis pensamientos, y pudo influir en la elección de un lugar que Carlos V no conoció hasta que llegó a él para quedarse.

Entre Salvatierra y Yuste

Bien es cierto que antes de elegir Yuste una comisión imperial viajó por Extremadura y Andalucía para buscar el acomodo que deseaba el César. El historiador Domingo Sánchez Loro, también placentino, cuenta cómo esa comisión de notables llegó a Plasencia mucho antes de que el Emperador se retirara, en 1543.

A punto estuvieron de elegir un lugar a las afueras de Salvatierra de los Barros, junto a un convento franciscano cuyas ruinas todavía se conservan. El calor de los veranos hace que se descarte Salvatierra en favor de Yuste. Finalmente, cuando ya está decidido a abdicar, es cuando Carlos V ordena que se empiece a construir el palacio anexo al monasterio.

El 19 de enero de 1553 (o 1554, que en esto no se ponen de acuerdo los historiadores), Carlos V escribió al General de los Jerónimos: Deseo retirarme entre vosotros a acabar mi vida y por eso querría que me labrásedes unos aposentos en San Jerónimo de Yuste. El Emperador le enviaba también un plano del palacio que deseaba que se construyera y le informaba que secretario Juan Vázquez le proveería de dineros.

En la primavera del año 54 la voluntad de Carlos V de retirarse es tan firme que encarga a su hijo Felipe que visite las obras del palacio antes de viajar a Londres para casarse con la reina María Tudor. Así lo hace el todavía príncipe, que llega a Yuste el 24 de mayo de 1554.

Era la festividad del Corpus, y Felipe participa en la procesión, pero no se demora mucho: da instrucciones a los arquitectos, hace noche en el Monasterio y a la mañana siguiente parte para Torrejoncillo y Alcántara, donde tenía que encontrarse con su hermana Juana que llegaba de Portugal para ser gobernadora del reino mientras Felipe iba a Inglaterra a matrimoniar. De vuelta a Valladolid se detuvieron también en Coria para hacer noche, y en Abadía, donde se alojaron en el Palacio del duque de Alba.

Sin embargo, a pesar del interés del Emperador por las obras y de que su viaje se retrasó, el Palacio no estaba concluido cuando, en noviembre de 1556 llegó a Jarandilla. La siempre exhausta bolsa de la Corona y algunas disensiones entre los frailes parecen haber sido la causa de la demora.

Un palacio barato: 800.000 euros

El retiro que mandó construir el emperador costó 14.036 ducados, unos 800.000 euros de hoy.

Mientras Carlos V abdica en Bruselas, a 2.000 kilómetros de distancia, en Yuste, los monjes jerónimos meten prisa a arquitectos y albañiles para que aceleren las obras del palacio. Dirige los trabajos el arquitecto Gaspar de Vega, aunque también se cree que participó fray Antonio de Villacastín, conocido por su trabajo en el Monasterio de El Escorial.

Basándose en el plano inicial que el Emperador mandó al General de los jerónimos cuando le hizo el encargo, se está construyendo un edificio de dos plantas, con cuatro piezas en cada una de ellas. La parte alta será para el invierno y la baja, más fresca, para el verano. En la práctica, apenas se utilizó la planta baja porque no tenía comunicación con la iglesia y tampoco gozaba de las vistas que permitía la alta.

Una de las condiciones que ha puesto Carlos es que su dormitorio tenga comunicación con la iglesia del monasterio, de modo que pueda oír misa cuando se encuentra enfermo. Pero no solo hay rezos en la vida del Emperador.

La habitación da también a una amplia galería orientada al sur donde el César toma el sol. También hay un terrado, que Carlos mandó cubrir, en el que se instalan flores y una fuente, y desde el que se contempla el paisaje.

La fuente, instalada por deseo expreso del Emperador, estaba tallada en una sola pieza de granito, y era tan pesada, que fue preciso juntar muchos pares de bueyes de la comarca para trasladarla hasta Yuste desde las canteras donde se extrajo.

Según los cronistas, fue un regalo del Ayuntamiento de Plasencia al César, y éste apreciaba tanto su agua que solo bebía de ella. La decoración de esta terraza se completaba con un reloj de sol, construido por el maestro relojero del Emperador, Juanelo. Los relojes eran una de las aficiones de Carlos.

Cuando observó que el invierno en La Vera era más riguroso de lo esperado, Carlos V se hizo también instalar una estufa de hierro colado en una pequeña estancia cercana a su dormitorio. Como quiera que la estufa no se encontraba en Valladolid ni en Toledo, finalmente se llevó a Yuste la que su mayordomo, Luis Quijada, había comprado en Flandes para su casa de Villagarcía.

Los muchos achaques del Emperador condicionan la arquitectura del Palacio, y así, en lugar de escaleras se construyó una rampa para acceder desde la calle a sus aposentos. De eso modo podía subir tanto andando, cuando se encontraba bien, como en litera cuando le atacaba la gota.

De Yuste se ha dicho con razón que, más que un palacio, era una amplia casa de campo, inspirada en parte en las villas italianas del Renacimiento, y en parte en el palacio de Gante donde nació el Emperador.

Incluso el coste del edificio nos habla de su indudable modestia: según los historiadores costó exactamente 14.036 ducados. Una cifra que no nos dice nada hoy, pero que según las equivalencias que hizo Manuel Fernández Álvarez en su biografía podrían ser unos 130 millones de pesetas, es decir menos de 800.000 euros de hoy. Una cantidad muy reducida si lo comparamos con el precio de un piso de lujo o un chalé de cierto nivel.

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