¡Oh, capitana, mi capitana!

Carola Rackete, capitana del 'Sea Watch 3', detenida en Lampedusa. /REUTERS
Carola Rackete, capitana del 'Sea Watch 3', detenida en Lampedusa. / REUTERS
Antonio Chacón
ANTONIO CHACÓNBadajoz

Carola Rackete es culpable, pero no de crímenes de lesa humanidad, sino por su gran humanidad. Así también lo ha entendido la jueza de Agrigento, Alessandra Vella, quien el martes dejó en libertad a la capitana del barco 'Sea Watch 3' al considerar que actuó cumpliendo «un deber», el de salvar vidas en el mar. 53 concretamente.

La joven alemana fue arrestada el 29 de junio acusada de graves delitos. Alegó que atracó sin permiso en el puerto de Lampedusa, golpeando levemente sin querer a una patrullera policial, porque la situación a bordo era insostenible. La magistrada Vella la creyó. Pero su liberación le supo a cuerno quemado al ministro del Interior de Italia, el ultraderechista Matteo Salvini, quien avanzó que «la comandante criminal» será expulsada por ser «peligrosa para la seguridad nacional». Mas para muchos se ha convertido en símbolo de la lucha contra la política migratoria europea.

No obstante, su caso no es una excepción: al menos 158 personas han sido investigadas o procesadas por asistir a inmigrantes en 11 países europeos desde 2015, según un estudio de ReSOMA. Italia es el segundo país con más casos. El primero es la Grecia que gobierna el izquierdista Alexis Tsipras. Tampoco el socialista Pedro Sánchez se está comportando mucho mejor tras estrenarse como presidente permitiendo el desembarco en Valencia del 'Aquarius'. Ese gesto fue un mero golpe de efecto que no ha tenido continuidad. Al contrario, Sánchez ha retenido durante meses en el puerto a buques como el 'Open Arms', al que, tras autorizarle a salir, ha amenazado con duras sanciones si persiste en sus labores de salvamento.

Lejos de amedrentarse, el 'Open Arms' atendió el jueves a 54 sin papeles rescatados por un velero frente a las costas de Libia. Entre ellos hay supervivientes del bombardeo sobre un centro de detención de inmigrantes en Trípoli. Una muestra de que el país norteafricano, asolado por una guerra civil, está lejos de ser un puerto seguro, como sostiene la Unión Europea. La realidad es que tanto Libia como Turquía están a sueldo de la cínica UE para proteger nuestras fronteras de la invasión de los bárbaros y se han convertido en campos de concentración.

El discurso antiinmigración se propaga como un virus por toda Europa y todo el espectro político. También en naciones antaño modélicas como Dinamarca, donde los socialdemócratas han ganado las elecciones haciendo suyas las propuestas xenófobas de la ultraderecha. En cambio, las ONG que se dedican a salvar vidas son criminalizadas. Es el colmo del absurdo, tan kafkiano como que los derechos territoriales estén por encima de los derechos humanos. Como dice el dramaturgo Alberto Conejero en una entrevista con 'El País Semanal', «estamos en un momento en el que hay demasiada gente aupada en identidades cerradas» y «la lucha identitaria está desplazando a la lucha de clases», pese a que «una 'kelly' que limpia una habitación por cinco euros en Barcelona y otra en Sevilla tienen mucho más en común de lo que ciertos discursos quieren hacer parecer».

El auge del nacionalpopulismo es el triste reflejo de una sociedad europea egoísta en la que es una 'rara avis' alguien como Rackete, quien, cuando se dio cuenta de lo privilegiada que era por ser blanca y nacida en un país rico, sintió «la obligación moral de ayudar a quien no tenía las mismas oportunidades». Su liberación, según sus palabras, es «una gran victoria de la solidaridad». ¡Oh, capitana, mi capitana! Esperemos que no sea una victoria pírrica.