Las flores del pueblo

Es un trabajo en equipo:: PAKOPÍ/
Es un trabajo en equipo:: PAKOPÍ

urante nueve días, Campo Mayor se convertirá en un jardín de papel con más de 1.300 kilómetros de flores recorriendo sus calles

MIGUEL VERÍSSIMO

La luz de una vieja farola recorta las siluetas sobre la fachada de las casas. Escasa y amarilla, casi insuficiente. Un anciano sentado al fresco de la noche sostiene sobre sus piernas un radiocasete. Del aparato sale una antigua cantiga que rebosa saudade, la añoranza que impregna la cultura popular lusa. Mientras escucha, José Ferreira trabaja. «Estoy ahora con unas cuerdas para hacer las ramas. De aquí se sostendrán las uvas, que quedarán colgadas». Aprieta la cuerda contra la alcayata colocada en la pared exterior de una casa baja y antigua, al más puro estilo portugués. José estira la cuerda e introduce por el extremo el papel verde en forma de hojas de parra. Es uno de los incontables adornos florales con los que los habitantes de Campo Mayor preparan las Festas do Povo, conocidas en Extremadura como la Fiesta de las Flores. Una explosión colectiva que convierte esta localidad rayana de cerca de 9.000 habitantes en un jardín de papel.

«Los que somos de aquí, nos hemos encontrado con esto, pero las fiestas han cambiado mucho». Los 70 años de vida de José le permiten echar la vista atrás y recordar cómo eran estas celebraciones durante su infancia. «Las calles se decoraban con periódicos viejos. Utilizábamos ediciones antiguas de A Bola y de Século para hacer las flores. Ahora todo es distinto, todo el material lo da la asociación».

Sonrisa permanente y constantemente atento. João Rosinha, el presidente de la asociación de las Festas do Povo, vive uno de los momentos de mayor ajetreo de sus últimos años. Sobre sus hombros carga la mayor responsabilidad, pero sería imposible decir que este jubilado de Delta Cafés no disfruta con lo que hace. «Ya está casi todo preparado para la enramação (el día de la inauguración de las fiestas), que será el 22 de agosto. La televisión va a hacer un programa en directo desde aquí, vendrán el primer ministro o el presidente de la República...».

Nadie mejor que él conoce la celebración campomayorense, una tradición centenaria protagonizada por la voluntad popular. Las fiestas no tienen una periodicidad concreta, sólo tienen lugar cuando el pueblo quiere. «O povo é quem mais ordena. A veces», ironiza Rosinha. El pueblo es quien más ordena es la frase más recordada de Grândola, Vila Morena, el himno de la revolución del 25 de abril de 1974 que acabó con la dictadura en Portugal. Entre los millones de flores que inundarán Campo Mayor en agosto, a buen seguro que no faltarán los claveles.

«Las Festas do Povo no se hacen con un periodo regular porque cansan mucho a la población. Todo el pueblo se ve envuelto desde febrero hasta agosto», explica Rosinha. Para que haya fiestas, el pueblo tiene que estar dispuesto a protagonizar un tremendo esfuerzo colectivo. «Hay que dejar que se recupere la saudade (añoranza) de la fiesta. La última vez que se hizo fue en 2011, así que la gente ya la echa de menos», asegura.

Como todos los años, la pregunta sobre si celebraría una nueva edición comenzó a correr en el mes de noviembre. Este año, por primera vez desde 2011 y por trigésimo séptima edición, la respuesta fue afirmativa. «Primero se apuntaron unas calles, luego otras, luego otras más... Así hasta llegar a cien. En febrero presentamos las fiestas. A partir de ahí se puso la maquinaria en movimiento», explica el presidente de la asociación.

Precisamente una máquina es uno de los objetos que más ayuda a la hora de elaborar la decoración. «Ahora la utilizamos para cortar el papel, pero antes todo este trabajo se hacía a mano», comenta Rosinha. En una nave repleta de cajas llenas de papel de colores se almacena todo el material. Toneladas de papel transformadas en flores gracias al trabajo del pueblo y costeadas por la asociación que dirige Rosinha. Con un presupuesto cercano al millón de euros, pagan el papel, las cuerdas, los tornillos, el cartón... El resultado final son 1.300 kilómetros de flores y nueve días de celebración.

El secreto mejor guardado

A las once de la noche, todos los vecinos de la rúa de Badajoz están en plena faena. Una decena de mujeres se afana en terminar unas flores verdes que formarán parte del colorido jardín en el que convertirán su calle. «El jardín, ese es nuestro tema», comenta Diana Rabaço casi sin levantar la vista del trabajo que tiene entre manos.

El tema de cada una de las calles es el secreto mejor guardado de las Festas do Povo. Nadie sabe cuál es el tema de las otras rúas, ni siquiera sus vecinos más próximos. «Si tenéis suerte podréis ver una parte del secreto, pero en algunas calles, al decirles que venís los periodistas, nos han comentado que iban a tapar todo lo que tenían para no desvelar la sorpresa», asegura el presidente de la asociación.

«¡Mira, habéis tenido suerte!», exclama. En ese momento pasan dos de los elementos que decorarán el jardín, dos semicírculos de poliestireno atestados de flores naranjas que resaltan sobre un fondo verde. Quien los transporta los deja en un garaje que está a rebosar de flores, alambres y cajas. En la entrada, hay una mesa llena de dulces, refrescos y bebida. «Esto lleva fresas y medio litro de bagaço (aguardiente). Es un licor casero», dice una de las vecinas mientras reparte vasos de chupito.

«Son muchas horas, así que siempre hay alguien que trae un petisco (aperitivo) o alguna bebida», explica Diana. Al brindis le precede una canción popular acompasada por una pandereta. Mientras cantan, comen y beben, el tiempo pasa, pero las manos siguen trabajando. El 22 de agosto empiezan las fiestas y no hay tiempo que perder.

«Hacemos flores por la noche, aprovechando el fresco, pero hay gente que también lo hace en casa», asegura una de las mujeres. «Yo hasta en el trabajo dice Diana, despertando las risas de sus vecinas. El jefe no se puede quejar, es el alcalde. Si quiere fiestas, es lo que hay», sentencia. Y las risas vuelven.

Mientras tanto, un grupo de niños juega junto al garaje. Los menos inquietos se sientan durante unos minutos para ayudar a sus madres, tías y abuelas. «El mejor momento es este, estar aquí haciendo las flores, trabajando con los vecinos. Es una fiesta muy comunicativa y el año que se celebra nadie se siente solo», asegura Ana Semedo, de 62 años. Las que comenzarán el 22 de agosto serán las primeras fiestas de Marta. Su madre, Margarita Sude, es cabeza de rúa, la organizadora de su calle. A pesar de estar a punto de salir de cuentas no ha parado de colaborar. «Está siendo un embarazo de riesgo. Estamos en la fase final de la preparación y yo no voy a poder estar porque esperamos el nacimieno de Marta para el 18 de julio», cuenta mientras se acaricia la barriga. Los niños, desde recién nacidos, ya forman parte de la fiesta.

Unos metros calle arriba, tres hombres en un garaje cortan planchas de poliestireno. Uno de ellos es João Paulo Marmelo, marido de Margarita. «Las cosas más minuciosas las hacen las mujeres, el trabajo más grueso, los hombres. Ahora estamos haciendo la base de los pilares en los que se instalará la decoración de la calle».

En la rúa Direita, en cambio, hombres y mujeres trabajan juntos. También lo hacen en la calle perpendicular, una cuesta empedrada en la que apenas hay una pequeña ventana iluminada. Una estrecha escalera conduce a una estancia pequeña y destartalada, en la que el techo de madera está apuntalado. Es la parte más antigua de Campo Mayor, donde casi todos los vecinos son ancianos y los edificios se encuentran en peor estado. Para ayudarles a decorar la calle, la asociación ha contratado a personas en paro.

Una mujer trabaja junto a la ventana del primer piso, en el que se encuentran cinco personas y un niño. Sobre una mesa hay candelabros, sombreros y macetas de cartón. Todo pintado de negro. Todo hecho a mano. Las flores están en otra habitación, esperando a que llegue el 22 de agosto.

Entonces, el jardín estará listo para acoger a un millón de visitantes. Hasta entonces, las noches de Campo Mayor son un cúmulo de risas, canciones, trabajo y papel. El mismo papel con el que se hacen las flores del pueblo.