Ferrera abre la puerta grande en Madrid

Ferrera, a hombros./EFE
Ferrera, a hombros. / EFE

Tarde pletórica, feliz y redonda para el extremeño con dos toros de Zalduendo de aire y fondo diferentes a los que toreó con autoridad

BARQUERITO

Los cinco toros de Zalduendo jugados por delante eran cinqueños. No los hizo la edad uniformes. Corto de manos, mejor hecho que ningún otro, el primero fue por hechuras lo más cercano al toro que Fernando Domecq dejó fijado en su ganadería, desgajada de Jandilla, hace un cuarto de siglo. No solo por las hechuras. Por la manera de descolgar, la prontitud y la nobleza también. Sin el acento de la bravura guerrera, pero, a cambio, el ritmo del dócil compás. A todo quiso el toro, incluso después de haber pedido la cuenta y amenazado con arrojar la toalla y rajarse. Habían sacado a saludar después del paseo a Ferrera para celebrar que, apenas quince días después de haberse precipitado a las aguas del Guadiana desde el puente de la Autonomía de Badajoz, pisara la arena de las Ventas tan campante, vivo y coleando, con un desenfado que no es nuevo en él pero lo pareció. Antes de brindar desde el platillo la muerte del toro a la memoria de Fernando Domecq -la montera, al cielo, y Antonio, casi de rodillas-, Ferrera había sujetado bien al toro. En la salida del primer puyazo se atrevió además con una versión personal del célebre y olvidado quite de oro, invención feliz del maestro mexicano Pepe Ortiz. Al quite le faltó reposo pero no dibujo. El remate fue un recorte. Después de picado, se soltó el toro como perdido y entre rayas y tablas, a la espera.

Ferrera lo citó de largo desde el mismo platillo, la muleta recogida y apuntada por delante para una reunión de incierta solución. Fue más sencillo de lo previsto. Una tanda de cinco ligados con la izquierda y el de pecho a pies juntos. Y casi seguida, otra con la derecha pero sin ayudarse con la espada. Al toro se le antojó oliscar la montera dejada en la arena. De ahí lo rescató Ferrera, que, en una tercera seria, repitió el gesto de la primera: distancia larguísima y seis ligados con el de pecho. Empezó a enroscarse Ferrera con el toro y el toro, a dejarse enroscar con llamativa sumisión. El toreo, caligráfico y asentado, dicho como un puro juego porque desmayo y encaje de figura fueron una sola cosa y, visto el aire del toro, bastó con acompañar las embestidas sin forzarlas. Se entusiasmó la gente. El público de sábados y domingos de San Isidro, más impresionable que el de los días de labor. A punto de consumarse la renuncia del toro, la idea última de Ferrera fue matarlo a recibir, citarlo a diez metros dando la salida por adentros a querencia de toriles y, al fin, enterrar la espada sin soltar engaño sino librando viaje. Un jaleo monumental. Se pidió una segunda oreja, se enrocó el palco y la negó. A cambio, dos vueltas al ruedo. En la primera, tiraron desde un tendido de sol un gallo de pelea. O sea, Antonio Ferrera con cresta, pluma y espolones.

Un momento de la faena de Antonio Ferrera en Las Ventas::
Un momento de la faena de Antonio Ferrera en Las Ventas:: / EFE

Los dos toros que siguieron estaban más armados que el primero. Abiertos de cuerna, astifinos. El uno metió los riñones en varas después de haber hecho fu de partida al caballo y, fondo agresivo, obligó a Curro Díaz a perder pasos. Cuando se le abrió un hueco, se vino al cuerpo. El otro remató de salida y llevó la funda del pitón derecho colgando hasta el final de una larga faena de Luis David Adame. La muleta por delante más en defensa que de enganche.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis toros de Zalduendo (Alberto Bailleres).
Toreros
Antonio Ferrera, una oreja y dos vueltas al ruedo y dos orejas tras un aviso. Salió a hombros. Curro Díaz, saludos y silencio. Luis David Adame, saludos y ovación.
Subalternos
Brillantes pares de Fernando Sánchez.
Plaza
Madrid. 19ª de San Isidro. Primaveral, casi veraniego. A plomo las banderas. 16.975 almas. Dos horas y cuarto de función. Los toros se soltaron con divisa negra en memoria del difunto Fernando Domecq Solís.

El cuarto, 607 kilos de báscula, hondura, volumen y carnes, corretón de salida, arreó suelto después de varas -picó con acierto Antonio Prieto- y tomó engaño metiendo la cara. Nadie se imaginaba que fuera a durar lo que duró. Y duró mucho. Nadie, salvo Ferrera, desganado y convencional en un primer tramo de faena, pero enfadado de repente y en respuesta a algún recado hostil enviado desde una grada.

La solución del enfado fue de torero: la muleta a la izquierda, que era la mano del toro, y apurar hasta la última embestida, no todos los muletazos en limpio, pero ni uno que no tuviera la verdad del toreo embraguetado y, dentro de lo que consintió el toro, casi al límite. De nuevo prescindió Ferrera de la ayuda y, en alas de la ebriedad propia de quien tiene un toro en la mano un toro, y un toro tan grande, se embarcó en una faena sin fin. Un aviso antes de pensar ni en la igualada y, tras ella, rodó el toro sin puntilla. Dos orejas. Todo había parecido coser y cantar. No tanto.

El quinto, tan hondo como el cuarto, no hizo más que buscar huirse y protestar, y Curro Díaz solo pudo perseverar. El sexto, pechugón, con cara, único cuatreño del envío, claudicó en los dos primeros tercios, pero, encastado, sacó en la muleta imprevista gana de pelea. Muy decidido Luis David en una faena que, tras brillante arranque -estatuarios ligados con molinete, natural y el de pecho, una tanda templada en redondo- , cobró aire dramático, porque el toro lo sorprendió, se lo echó a los lomos, le pegó una voltereta brutal y lo buscó en el suelo con saña. Dos cornadas en la región perineal, contusiones múltiples, un palizón. Y a la enfermería. De ella salió cuando Ferrera ya se había provisto de espada. Final heroico. Sin arredrarse, crecido, volvió el torero de Aguascalientes al toro, lo pasó sin miedo, y al tercer intento acabó con él.