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OPINIÓN

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Como decía el periodista Andrés Montes, «la vida puede ser maravillosa, Salinas»

27.03.11 - 00:08 -
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CREO que alguna vez les he hablado de mi amigo Ángel, al que cariñosamente llamo 'el poeta'. Por estas fechas hace ya seis años que se dejó caer por Badajoz, desde Murcia, para trabajar en mi empresa y, lo que son las cosas, ¿quién hubiera pensado, nada más verlo, que se iba a convertir al poco tiempo en un amigo de toda la vida? Hablaba tan bajito y tan pausado, mientras que yo lo hago a voces, sin dejar de recurrir a aspavientos de todo tipo. Este es uno de tantos ejemplos que hace bueno el famoso dicho de Manolito Gafotas: «Los mejores amigos son los que todavía están por conocer». Mi amigo Ángel Manuel Gómez Espada es capaz de narrar las más tronchantes ocurrencias sobre un papel, justo después de transcribir algunos de los más hermosos e inspirados versos que jamás han contemplado mis ojos. O lo que es lo mismo, destroza un precioso verso de amor con frases como «¡Te quiero tanto. pero podrías haberte acordado de tirar la basura!». Mi amigo posee esa particularidad. La de jorobar poemas a la postre bonitos y profundos. Es una poesía, la suya, demasiado moderna para mi gusto, ustedes ya me entienden. Quien firma arriba es de los que se emociona con los profundos versos de San Juan de la Cruz o las (inspiradoras) coplas de Jorge Manrique, o los sonetos de Don Francisco de Quevedo, y mezclar de tan pragmática y confusa manera lo profundo con lo cotidiano y más visceral, no goza demasiado de mis simpatías. A veces ocurre lo contrario. Comienza narrando una gilipollez como un templo, como que está enamorado de la mujer barbuda del circo, que le mesa sus barbas y que todo el mundo se despelota de él, para acabar con un certero verso: «Hace años que olvidaron qué cosa es amar sin compromiso». Resuena como un mazazo y te revuelve las tripas despertándote los adormilados sentidos. En resumen, que al igual que cierto tipo de arte moderno, esta poesía el menda no la entiende, o no es capaz de asimilarla, vayan ustedes a saber. No obstante, Ángel es muy celebrado en su estilo, pues aunque muchos compañeros nos 'despiporremos' de algunos de sus poemas cruelmente, ha publicado varios libros y recibido no pocos premios y menciones. Hace algún tiempo leí uno de sus poemas, que lejos de resultarme extraño o cómico, me mostró la evidencia de mi casi siempre estado de buen rollo y optimismo. El poema tenía como trasfondo la búsqueda de la felicidad en los placeres más sencillos. Ese poema me llegó al corazón, pues me permitió descifrar por fin la clave de la felicidad del ser humano.
Existen personas, y perdonen que les sea tan franco, que se complican mucho la vida, y como decía el bueno de Andrés Montes, «la vida puede ser maravillosa, Salinas». Hay que aprender a buscar lo que más nos conviene para despojarnos de todo aquello que nos convierte en infelices. Cuando un hecho acontece por sorpresa es necesario afrontarlo y descifrar la cara más positiva que nos plantea, y no necesariamente aquello que nos va a resultar negativo o incómodo. Hay quienes parecen estar continuamente pidiendo perdón por ser felices y no descansan hasta encontrar lo que pueda llegar a preocuparles. El optimista tiene siempre un proyecto arribando por la sesera, el pesimista por el contrario se conforma con una excusa. Servidor no puede sino entristecerse cuando observa a diario como compañeros más jóvenes que él, o de su misma quinta, parecen estar a su corta edad tan disgustados y aburridos de la vida. ¡Por el Cetro de Ottokar! Si en el fondo solo se trata de intentar ser lo más felices posible procurando ser buenas personas.
Se emite una serie buenísima por televisión, de la que evitaré confesar que me descargo sus capítulos por Internet por aquello de los derechos de autor. La serie en cuestión reza por título 'Me llamo Earl'. Earl es un ladrón arrepentido, una persona que se dedica a ayudar a quienes antiguamente hizo daño, basando su nuevo modo de vida en que si comete buenas acciones recibirá a cambio cosas buenas. Y desde entonces le va mucho mejor en la vida. Es una gran moraleja que muchos que hacen del dramatismo su propia existencia deberían aprender. Quien se reprime, ya sea artística, fisiológica o sexualmente, y no se acepta tal cual es, destina su vida a unas vacaciones pagadas con billete de ida al Cadalso. No se anden con medias tintas amigos. No se nieguen a la posibilidad de ser felices. Muestren un poco de respeto por sí mismos y, sobre todo, hagan como yo: Persigan ser dichosos haciendo el bien, buscando siempre la felicidad entre los placeres más sencillos.
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