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Cacereños saludándose en Cánovas. :: hoy
Cacereños saludándose en Cánovas. :: hoy

La ciudad sin prisa

  • En Cáceres, los coches y los peatones van despacio y se paran mucho

Mi ciudad vive a cámara lenta. En Badajoz y en Mérida, en Plasencia y en Almendralejo, noto más prisa, los conductores salen más rápidamente de los semáforos y, sobre todo en Mérida y en Badajoz, buscar un parking para dejar el coche es la primera opción y ni se baraja la posibilidad de dar vueltas y revueltas buscando un sitio libre y gratuito en el centro de la ciudad. Pero en Cáceres no es así. Aquí no existe la prisa y eso es estupendo si tú tampoco la tienes. Pero como la tengas...

Por ejemplo, en Cáceres, los conductores se detienen a charlar con los peatones con mucha naturalidad y no es raro que paren dos coches en paralelo para intercambiar impresiones.

Lo de la prisa en Cáceres se nota mucho en los semáforos, tanto en los de los coches como en los de los peatones. Cuando se ponen de color verde, los automóviles tardan cinco segundos o más en arrancar y hay puntos estratégicos, como saliendo de Nuevo Cáceres a la carretera de Mérida por Pasarón o de la ronda de Vadillo a la avenida de la Universidad, donde he sufrido el dislate desesperante de que el primero de la fila tardó tanto en arrancar que solo pudo pasar él.

Esto no es anecdótico, sino una variable con la que hay que contar al salir de casa: no pienses que vas a escapar enseguida de los semáforos. Olvídate. Y si vas a pie, casi es peor. Hay semáforos como el de la Avenida de Alemania con Cruz de los Caídos donde o cruzas a paso de Usain Bolt o te quedas en la mediana y esperas otro minuto y medio a que se vuelva a poner verde. Pero claro, ¿quién anda en Cáceres deprisa? Aquí tenemos todos el paso lento y mayestático de los políticos. Sí, ya saben, una de las normas de todo político que se precie es andar muy despacio y muy erguido, como si no pasara nunca nada. Así entraban los socialistas en el Comité Federal del sábado en Madrid y así andan los cacereños por la calle y por la vida.

En mi ciudad, además, no pararse a charlar con los conocidos se considera pecado (ya he contado que el fuero medieval establecía multas para los cacereños que no saludaran por la calle). Y da lo mismo si se cruzan dos familias con carritos de gemelos por las aceras estrechas de San Antón: se detendrán, charlarán durante diez minutos y formarán un atasco peatonal monumental.

Las dos veces que he llamado a los hoteles de la región para saber a qué hora se desayunaba, solo en los de Cáceres se abrían los comedores a las ocho. ¿Para qué antes si aquí hay un imaginario toque de queda hasta las nueve o más? Y cuando he entrevistado a cacereños que trabajaban en Levante o Cataluña, aseguraban añorar los cafés demorados y las cañitas lentas, algo imposible en sus regiones de adopción.

En Cáceres, cuando se va en coche a hacer una gestión en el centro de la ciudad, lo que se valora no es la rapidez, sino aparcar gratis, aunque sea a quince minutos de la gestoría. En cualquier otra ciudad, lo importante es gestionar en unos minutos y se valora aparcar debajo de la oficina, acabar pronto, pagar 50 céntimos y largarse. En Cáceres, lo importante es gestionar sin agobiarse ni pagar un céntimo por aparcar.

En ese punto aparece el tema de los parkings. En esta ciudad, donde no existe la cultura de la prisa y la ansiedad es algo que solo aparece cuando queda media hora para salir del trabajo, que nos cobren por aparcar nos parece directamente un crimen. Podemos gastar cinco euros en gasolina buscando un estacionamiento gratuito a un kilómetro de nuestro objetivo, pero nos duele pagar un euro por aparcar debajo de nuestro destino.

En la ciudad del relax, los parkings subterráneos son para los de los pueblos y para los turistas. Los de Salorino, Valdefuentes y Alcántara están encantados porque ya no tienen que desesperarse dando vueltas para aparcar. Pero a nosotros eso nos da lo mismo porque somos de capital y especialistas en vivir despacio mirándonos el ombligo.