Hoy

No se mueva usted de casa

Un repartidor de mensajería durante la entrega de un paquete. :: hoy
Un repartidor de mensajería durante la entrega de un paquete. :: hoy
  • Comprar por Internet te obliga a perder días enteros esperando

Comprar por Internet no es malo. Se está cargando el pequeño comercio, está acabando con las librerías, obliga a cerrar las tiendas de fotos y hasta puede terminar con las fruterías de barrio mientras se enriquecen unos señores que viven en Seattle y Pekín. Pero es la libre competencia, sale barato y es divertido. Así que viva la compra por Internet aunque destroce el empleo, la empresa familiar y cercana y el saludable hábito de salir de compras y, de paso, charlar con media ciudad y sentirse querido, apreciado, formando parte de un proyecto en común.

Lo que ya no me gusta tanto es el reparto de lo que compro por Internet. Porque navegar buscando productos, seleccionarlos, compararlos con otros parecidos y acabar comprándolos es muy excitante, pero ¿qué me dicen del proceso siguiente, de esos días que transcurren entre el clic de la compra y la llegada a casa del repartidor de mensajería?

Reconozco que los primeros días es muy divertido eso de entrar en la web de ventas, asomarse a nuestra compra y ver en un mapa que está volando de Shanghai a Estocolmo. Al día siguiente, nuestro paquete navega entre Suecia y Dinamarca por la mañana y por la tarde vuela desde Copenhague hasta Madrid, de donde viene en camión hasta Cáceres. Todo esto se puede ver en el teléfono y es muy entretenido. Pero vale, se acaba la aventura de nuestra compra. Ya está en Cáceres tras recorrer medio mundo. ¿Y ahora qué?

Es en ese punto donde Amazon, Ebay, Ali Express y cualquier otra empresa de ventas por Internet deben ponerse las pilas o ponérselas a las empresas de mensajería. Porque mientras el paquete está en China o en Atlanta, todo es bonito y excitante, pero en cuanto se acerca a casa, todo se complica.

Para empezar, la empresa de mensajería suele aparecer por tu casa al azar, como diciendo a ver si lo pillo. Como vienen a la hora que les toca según la ruta, lo normal es que estés trabajando. Entonces dejan una nota que siempre tiene cierto tono de riña, como si quisieran que te sintieras culpable por no estar en casa a la hora que debías estar.

Te comunican por wasap o sms que vendrán al día siguiente, pero no especifican la hora. Como a esas alturas del proceso estás ya como una moto y te domina una ansiedad irrefrenable y unas ganas desbocadas de tener en tus manos el capricho, decides que ese día no te vas a mover de casa a la espera del paquete. Las diez, las doce, la una y media, la mañana perdida y no tienes ni pan ni fruta. Te arriesgas, bajas un minuto a la multitienda y al subir, otro papelito en la puerta riñéndote por no estar donde debieras. Han llegado justo en ese minuto en que bajaste a por el pan.

Ya no puedes más y llamas a la empresa de mensajería, un 900 de los que te cobran por minuto. Tras tres o cuatro minutos de espera y robots, te informan de que los repartidores tienen una ruta, no pueden alejarse de ella y te tocará cuando te toque. Propones ir tú al almacén de los mensajeros, pero te lo desaconsejan porque quizás no esté el paquete. Te recomiendan que no te muevas de casa en toda la tarde y juras que así lo harás, que serás bueno.

Solo entonces, cuando te sientas ante el ordenador de tres a nueve con bebida y comida suficiente, consigues que el repartidor te pille en casa. El problema es que no aprendes y a lo largo de ese tiempo has comprado otros tres detallitos, que volverán a recorrer medio mundo tan contentos hasta que, al llegar a Cáceres, conviertan tu vida, otra vez, en una espera desesperante. Cuánto mejor es comprar en la librería, la vinoteca o la zapatería de la esquina: bajas, escoges, pagas y te lo traes.