Puerta grande al magisterio de Ponce y el compromiso de Emilio de Justo en Cáceres

Puerta grande al magisterio de Ponce y el compromiso de Emilio de Justo en Cáceres

El pacense José Manuel Garrido no se entendió con el complicado lote que le tocó en suerte en la Era de los Mártires

Pepe Orantos
PEPE ORANTOSBadajoz

Cuando en una feria hay un único festejo es complicado impregnar de ambiente taurino a la ciudad que lo acoge. Por muy atractivas que resulten las fiestas, las playas de Matalascañas y La Antilla se han convertido en un rival demasiado duro para las empresas que, por unas u otras razones, se ven obligadas a postergar el anuncio de los carteles y eliminar cualquier atisbo posible de expectación.

A pesar de todo, media entrada en los tendidos, en un cartel sin demasiadas campanillas, puede considerarse aceptable como balance final de la feria.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis toros de El Montecillo. Todos bien presentados. Enrazados y encastados los cuatro primeros, tendentes a mansear quinto y sexto.
Toreros
Enrique Ponce, ovación y dos orejas; Emilio de Justo oreja y oreja; José Manuel Garrido, silencio y silencio.
Plaza
Plaza de toros de la Era de los Mártires en Cáceres. Único festejo de la feria de San Fernando. Media entrada en tarde primaveral.

Enrique Ponce, vestido de catafalco y oro, se enfrentó al que abría plaza con la esperanza de que su buen comportamiento ante el caballo augurara un buen juego en la muleta. Enrazado pero justo de fuerzas, el ejemplar de El Montecillo fue apagándose a medida que iban sucediéndose los muletazos, hasta que el maestro de Chiva volvió a echar mano de su 'desfibrilador' para alargar una faena que acabó con una estocada algo trasera que acabó con el toro doblando en los medios, acreditando su bravura.

Con el cuarto el valenciano salió desde el primer momento a remendar su tarde y se lució en un artístico saludo capotero por verónicas que culminó llevando el toro al caballo para que su varilarguero le castigara menos que a su hermano. Cuidó Ponce a su enemigo hasta el extremo y consiguió así los muletazos más profundos de la tarde. Mandó parar la música y calló al público para acabar de rematar una faena que le valió dos orejas, tras dos avisos y una muerte lenta del ejemplar toledano.

Regresaba Emilio de Justo a su plaza con su carrera mucho más encauzada, a base de matar Victorinos donde se pongan a tiro, y lo hacía mucho más cuajado que en ocasiones anteriores. Se sabe torero y así se lo hace saber a los tendidos que no dudan en premiar su torería en cuanto tienen la oportunidad. El de Torrejoncillo inició la faena del segundo por abajo con un pase de pecho de remate que levantó a sus paisanos en la grada. Aprovechó el pitón derecho para cuajar dos pares de buenos muletazos, que dieron empaque a su actuación hasta que el de El Montecillo comenzó dar muestra de que no era tan noble como parecía en un primer momento y el torrejoncillano no tuvo más remedio que cambiarse la muleta de mano. Por la izquierda el toro no quiso colaborar y solo una serie de desplantes y una estocada algo desprendida lograron llevar un apéndice del animal al esportón de Emilio de Justo.

Con el quinto, que nunca pareció hermano de los cuatro anteriores, Emilio de Justo se arrimó desde el quite por chicuelinas que administró a su enemigo al salir del caballo. Con la muleta tampoco fue fácil torear al ejemplar más desrazado de la tarde que evidenció un peligro evidente cada vez que el torrejoncillano quería administrarle algún muletazo con sentido.

En esas estaba Emilio de Justo cuando se echó la muleta a la izquierda, acortó las distancias y arrancó los mejores naturales de su actuación. A partir de ahí el toro se paró y el último arrimón no sirvió más que e para cuadrar al toro y cobrar una buena estocada que le abrió la puerta grande de su plaza en la temporada de su 'retorno' definitivo.

José Manuel Garrido, de frambuesa y oro, tuvo que apechugar con el lote más complicado de la tarde al que nunca entendió y con el que nunca estuvo a gusto.

El tercero de la tarde echó la cara arriba desde el principio por la derecha y embarulló el toreo del pacense a medida que avanzaba la faena. Por la izquierda daba embestidas muy cortas, sin transmisión alguna que desesperaban a torero y tendidos. Un trasteo en la cara del toledano precedió a una estocada algo desprendida que, tras dos avisos, dejó el resultado en silencio.

Con el que cerraba plaza, Garrido demostró que había venido a Cáceres con clara intención de triunfar al iniciar su faena de muleta de rodillas en el tercio y llevarse en esa posición a su oponente hasta los medios. Poco a poco el de El Montecillo demostró que andaba corto de raza y que iba a ser complicado cuajarlo. Pese a todo Garrido le hizo la faena del manso y solo su mal hacer con el acero, pinchazo hondo y pinchazo, hizo que se fuera del vacío de la plaza de toros de Cáceres.

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