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Portugal nació en Badajoz hace 750 años

HACE unas semanas fue la efemérides de uno de los acontecimientos más relevantes de la historia de Badajoz, sin que por parte de ninguna de las muchas instancias, tanto públicas como de la sociedad civil concernidas, se le haya dedicado la menor atención pese a ser uno de los referentes más destacados de nuestro pasado y hecho que coloca a nuestra ciudad en los anales de la gran historia supralocal.

Con lo que el hecho que la motivaba, uno de los más destacados en la historia de la ciudad, con incidencia decisiva también en la de España, Portugal, e incluso europea, ha pasado por completo desapercibido. Salvo el artículo publicado en este mismo periódico el pasado 16 de febrero por el alcalde de Badajoz, Francisco Javier Fragoso, ni un acto conmemorativo, congreso, jornadas de estudio, conferencia, publicación, mención, noticia, ni ninguna otra de las realizaciones obligadas con ocasión de los grandes hitos históricos le ha sido dedicada, evidenciando la ignorancia del pasado y el predominio de lo inmediato sobre lo trascendente que es una de las características de nuestro tiempo.

Y como el tiempo transcurrido hace temer que el hecho ya se dé por olvidado, bueno es que, al menos por pluma de un cronista, la trascendental efeméride sea recordada.

Se trata de la firma en nuestra ciudad, el 16 de febrero de 1267, hace ahora el rotundo tiempo de 750 años, del «Tratado de Badajoz» que determinó el nacimiento de Portugal como realidad nacional y territorial autónoma, distinta de Castilla y León. Es decir, nada menos que el inicio de la nación portuguesa tan indisolublemente unida a nuestra existencia y destino. Una nación sin la que la historia de Badajoz hubiera sido muy distinta en todos los órdenes.

Suscrito por los reyes de Portugal, Alfonso III el Boloñés, y de Castilla y León, Alfonso X el Sabio, el pacto, con antecedente en el de Celanova y otros, cerró definitivamente la secular pugna fronteriza y jurisdiccional entre los territorios lusitanos y castellano-leoneses que con inicio en el siglo XI de mano de Enrique de Borgoña y acentuada en el XII por Alfonso Enríquez el Conquistador, para consolidar a Portugal como realidad geopolítica distinta de los restantes reinos españoles, tuvo por escenario principal el suroeste peninsular en el área del Guadiana, cuyo curso fijaba el límite de las jurisdicciones: esto es, en torno a Badajoz.

Aunque la enmarañada historia medieval resulta a menudo confusa por la cantidad de hechos y personajes que en ella se entremezclan, merece ser resumida y recordada para mejor entender el significado del trascendente Tratado de Badajoz de 1267.

En 1230 Fernando III el Santo unifica los reinos de Castilla y León, y Alfonso III de Portugal ocupa los últimos enclaves del reino moro del Algarve. Al acceder al trono en 1252 como sucesor de su padre, Fernando III, Alfonso X el Sabio reclama sus derechos sobre aquel territorio y entra en guerra con el rey lusitano, con el que en 1253 firma un acuerdo de paz basado en el matrimonio de la hija del monarca castellano, Beatriz, entonces de once años de edad, con el portugués, casado aún con la reina Matilde, Condesa de Bolonia, que vivía en Francia, y con la que nunca había convivido, y la entrega a Castilla por parte de Portugal del derecho de usufructo sobre el dominio en litigio hasta que el hijo del matrimonio concertado alcanzara los siete años de edad.

Mas pasado el plazo establecido Alfonso X continuó usando el título de rey del Algarve, lo que unido al reiterado quebrantamiento por parte de Portugal de las treguas suscritas, con grave amenaza para Badajoz, hizo que al monarca castellano prestara particular atención a esta plaza, a la que visitó varias veces por ese tiempo y concedió -aunque el hecho no está documentalmente probado- el título de Muy Noble y Muy Leal.

Para aliviar la tensión entre ambas coronas y como respuesta a otros gestos de buena voluntad por parte portuguesa, en 1264 Alfonso X cedió el usufructo del Algarve al heredero de aquel, Don Dionís, a cambio de un vasallaje simbólico de dicho enclave a Castilla, hasta que finalmente, en 1267, mediante el Tratado de Badajoz, así llamado por haberse suscrito en esta decisiva plaza fuerte fronteriza, renunció de modo definitivo al mismo, reconociendo su posesión a Portugal, a quien además cedió el dominio sobre todos los territorios situados a la derecha del río Guadiana, que de este modo se afirmó como frontera entre las dos coronas. Hecho con el que en el plano geopolítico y jurídico se inicia la historia de Portugal como corona autónoma reconocida por España.

A fin de consolidar la paz, poco después, 1269, Castilla realizó nuevas concesiones a Portugal, alguna en grave perjuicio de Badajoz, como alzar definitivamente al rey lusitano su obligación de vasallaje y la entrega de las villas de Serpa, Moura, Mourao y Nodar, que pertenecían al obispado pacense, lo que motivó la rebelión contra el rey del primer obispo de su diócesis, fray Pero Pérez, al que el mismo monarca había nombrado en 1255.

El Tratado de Alcañices suscrito en 1297 por Doña María de Molina, esposa de Sancho IV el Bravo, sucesor de Alfonso X el Sabio, con el mismo Don Dionís, entre un Portugal cada vez más fuerte y una Castilla entonces muy débil causaría nuevos daños a Badajoz con la cesión a Portugal de otras poblaciones de su dominio, entre ellas Campomayor y Olivenza.

Localidad esta última, recuperada en 1801 mediante otro tratado firmado también en Badajoz, el 6 de junio de 1801, por Manuel Godoy y el plenipotenciario portugués Luis Pinto de Sousa Coutinho. Hecho, éste sí, debidamente celebrado por la ciudad con ocasión de su II Centenario.

Quede claro, pues, que Portugal nació en Badajoz. Un nacimiento lo suficientemente importante como para merecer el recuerdo de la ciudad en el tiempo que media entre el primero y el último Tratado de Badajoz.