Querido entrenador

WILLY LÓPEZ

Estimado y querido entrenador; son muchas las horas que pasamos juntos, enorme, el tiempo que compartimos en una cancha, extensa la duración que aplicamos juntos a este deporte. Y desde este banquillo te imploro, te ruego que seas paciente con el base titular, de nada sirve gritar logaritmos neperianos un sábado por la mañana. Y déjate de martirizar al pobre pívot, mide 1 metro y 25 centímetros y difícil será que aparezca un mate entre sus estadísticas del partido. Una entelequia para nosotros y quizás una jaqueca para ti, suponga soñar con ganar un título nacional si el informe PISA nos estrangula con la cuenta de la vieja en matemáticas. Humildemente, entrenador, y siempre desde mi inexperiencia, de absolutamente nada nos sirve trazar bisectrices para crear defensas en box, paso previo obviamente, a la 2-1-2 con traps de ayudas tipo Michigan State y envolturas al modo Zeljko Obradovic. Desde este banquillo gélido, desde el culo frío del baloncesto y en nombre de mi aburrimiento, deja la pizarrita para apuntar la lista de la compra y dibuja sonrisas entre mis compañeros. De nada, coach respetado y amado, nos sirve ensayar el salto entre dos sin balón en el aire, de lanzar tiros libres desde una línea imaginaria, de entrar a canasta con bandejas, si al menú diario le faltan los canapés de aros y tableros. Si vengo cansado, no me fatigues con tus supercompensaciones y déjate de leyes Arnold-Shultz, que el umbral de la diversión está en la punta de los dedos de un gancho cualquiera de Kareem Abdul-Jabbar.

No te pido que me saques un cuarto de tiempo para cumplir el acta, estoy a gusto aquí, animando al equipo, yo sólo, tapado por los chándales de mis compañeros, cada jornada más cerca de la mascota del club que de pisar la pista. No te pido que pienses en cantera como una greguería, algo así como una veta de mármol extraída de Quintana de la Serena para decorar sanitarios de vestuarios. No te pido que nos pongas caretas de cobayas-playbook para forzar tu carnaval particular de baloncesto.

Querido entrenador, no te obsesiones, me gusta este balón que huele a cuero, el que cojo todos los partidos, y me porta fortuna, el que no dejo que toque nadie, al que le cuento ésto, al que le digo que estoy feliz cuando nos juntamos los colegas para entrenar, para jugar una pachanga, para reírme y divertirme más allá de la jugada puño cerrado y dedo medio bien tieso, de los rumores de nuestros padres, de los serios señores de negro y sus mudos silbatos, un balón que si tengo la suerte, un día de estos lo haré pasar por el aro a mi antojo, y querido entrenador, ese día te miraré y me volveré a poner el disfraz de mascota, para seguir pasándolo lo mejor que pueda en este mundillo del basket. Se despide cordialmente, un jugador de tu equipo.

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