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El verano del 92

RECUERDOS DESDE LA GRADA

El verano del 92

29.07.13 - 19:04 -
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El verano del 92 exhala enormes recuerdos baloncestísticos para los extremeños. Badajoz se convertía en una de las sedes del preolímpico y el Pabellón de La Granadilla se postulaba como el vórtice de las guerrillas deportivas más rotundas del momento.

Por entonces, el mapamundi europeo era un juego de mesa donde soldados de diversos colores se echaban a los dados los territorios a conquistar. Los alemanes con trozos de muro aún entre las uñas de las manos, la Unión Soviética desmontando el chiringuito y desmembrando terrenos, hoces y martillos de su bandera, y Yugoslavia tiñendo con metralla a su pueblo. En lo deportivo la vida debía seguir, y bajo ese amparo olímpico, la de los Juegos de Barcelona en ciernes, los equipos se construían en base a las últimas noticias del telediario. En este enorme Risk deportivo, lo importante era participar, sin herir al tipo al que antes le pasabas la pelota, y decantarse por un nuevo Estado sin perder el juicio, ideologías y religiones aparte, e intentar robársela, ahora, con distinta camiseta.

Muestra de ello, fue la selección lituana, que tras abandonar los vestuarios moscovitas decidió volver a tomar el antiguo nombre de su región y echar a rodar el balón de baloncesto una frontera más allá. Y hasta aquí llegaron, con un halo de rabia indescriptible, como llegó a definir su segundo entrenador, el melillense Javier Imbroda. Y es que el azar del destino los emparejó con la CEI, ese combinado de última hora donde quedaban los resquicios rusos tras abandono, y algunos hombres con algo más de presencia como el enorme Volkov, Tikhonrenko y un menudo jugador con aspecto y nombre galo que jugó en el Cáceres llamado Bazarevich.

Para definir la superioridad, el vistoso juego desplegado y las ganas que tenían los jugadores de llevarse este preolímpico sólo hay que recurrir a una foto, una curiosa instantánea que se realizó tras su periplo pacense y que recoge como si de una radiografía forense se tratase el melodrama de estos virtuosos del baloncesto.

Doce jugadores lituanos ríen en medio del pabellón de La Granadilla de Badajoz. Cada uno a su manera. El joven Karnisovas muestra dientes a lo Pantoja, Dimavicius mantiene el protocolo con cuernos de victoria incluidos sobre su cabeza. Marciulonis se desprende de su liderazgo y sus paseos nocturnos por la Feria de San Juan doblándose en dos, con los ojos cerrados y un balón apoyado sobre su cadera a punto de caerse. Algunos ríen a carcajadas, pero Sabonis, fiel a su estilo John Wayne, sólo muestra una leve sonrisa tipo Gioconda y unas gafas prestadas de John Lennon. Kurtinaitis hace de chivo expiatorio y nos descubre con su mirada el motivo de tanto jaleo, apoyado sobre los hombros de dos compañeros pasa olímpicamente del fotógrafo y embelesado mira como Jovaisa hace el payaso. Jovaisa, con aspecto de mantis religiosa, despeinado y blanco como la leche, esconde los ojos tras unas gafas Top Gun y viste una camiseta de sisa negra con el patrocinador deportivo en letras colosales para ser oteadas desde cualquier rincón del pabellón, unas medias y chanclas güiris style, y a modo de camarero muestra en posición de forajido el pantalón conmemorativo que por causas aún por descifrar se implantaron en los 90, colores vivos con motivos cuneiformes efecto lejía. El enorme jugador Valdemaras Homicius, con nombre sacado de una novela de Dostoyevski, activa únicamente media risita, mientras luce un bigotín de barbería y una camiseta blanca que reza ‘propiedad del baloncesto lituano’, el único que lo hace junto a Einikis, el resto lleva una camiseta diseñada por el grupo norteamericano Grateful Dead. Una historia, esta de la equipación de entrenamiento, que Marciulonis se encargó de hacerla realidad. Por entonces, el escolta lituano jugaba en la NBA y desde allí realizó una campaña para recaudar fondos tras la independencia lituana ¿Cómo? El jugador que militaba en los Golden State Warriors, el equipo de Oakland y la vecina San Francisco, se las apañó para que el mítico grupo Grateful Dead le proporcionara a la selección la indumentaria, una vestimenta surcada por colores estridentes y rematada con un esqueleto realizando un mate. Una psicodélica aventura que terminó en bronce olímpico, un viaje extraño donde el deporte, la política y la música compusieron los mejores temas de basket que existen, Dream Team de Jordan, Magic Johnson y Larry Bird mediante.

Tirar de la hemeroteca personal sirve a veces para descongestionar el Pangea del pasado, para revivir con un simple dato estadístico o una honrosa foto recuerdos que hacen bello a este deporte. En este caso el retrato lituano debe sellarse como un paradigma del baloncesto, un recuerdo perenne que nos haga recordar que tras las risas de esos virtuosos jugadores lituanos que se pasearon por Badajoz existe también el sufrimiento y el dolor de un pueblo, elementos dramáticos que en muchas ocasiones no se puede fotografiar. Era el verano del 92.

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