
EN BICI POR LA VILLA. Dos ciclistas descienden las escaleras de la iglesia matriz de Santa María da Devessa en la plaza principal de Castelo de Vide
LA BODA QUE PARÓ UN GUARDIA CIVIL
Nieta del famosísimo Salvador Bartolozzi, dibujante e ilustrador de Pinocho y otros cientos de personajes de la legendaria editorial Calleja, María del Mar Lozano Bartolozzi (Pamplona, 1949) es la pequeña de cuatro hermanos y pasó su infancia viendo cómo mientras ella hacía los deberes del colegio, su madre, Piti Bartolozzi, dibujaba y escribía cuentos e historietas o pintaba con su padre, Pedro Lozano de Sotes, cuadros, decorados de teatro y bocetos para obras murales. Ambos habían estudiado Bellas Artes en Madrid (su madre era madrileña) y empezaron a trabajar en esa ciudad como escenógrafos. Algo similar ocurrió con sus hermanos: Rafael (pintor de prestigio, recientemente fallecido) Pedro (periodista y profesor en Ciencias de la Información, en Navarra) o Marisa, que es maestra y también da clases de dibujo.
Directora científica del Consorcio de la Ciudad Monumental de Mérida de 1996 a 2004, María del Mar Lozano obtuvo ahí una gran experiencia y conocimiento de la realidad de la gestión del patrimonio cultural. Cree que «en Mérida es muy importante desarrollar una arqueología no solamente de urgencia, sino también una arqueología preventiva y sistemática a través de proyectos de investigación dentro de un concepto global de la ciudad». Reconoce que tratar a artistas como Vostell, Barjola, Narbón, Carbajal o Valentín Cintas le han hecho sentir y mantener una estrecha relación con el arte en Extremadura, sin olvidar que además de impartir docencia y desarrollar sola o en equipo trabajos de investigación, ha sido comisaria de numerosas exposiciones, la última ‘La luce venuta da Roma’, que se exhibe estos días en la Sala Europa de Badajoz. Autora de estudios fundamentales como ‘Plástica Extremeña’ –actualizada y reeditada por Caja Badajoz en 2008–, no oculta su pasión por el mundo universitario y el mundo de los artistas «porque supone establecer relaciones humanas con personas que se ilusionan ante la búsqueda del conocimiento para descubrir mejor e imaginar de distintas formas el mundo que nos rodea».
Catedrática de la Uex desde el año 1989, dedicó su tesis doctoral al estudio de la ciudad de Cáceres entre los siglos XVI y XIX. Le preocupa la crisis, sobre todo en el caso de los artistas «que viven de una actividad relacionada con el coleccionismo o las exposiciones, me preocupa el vacío que se pudiera producir de sus obras para las futuras generaciones si se les considera solamente un artículo de lujo. La cultura es fundamental para el hombre», dice.
Vive en un ático con vistas al Parque del Príncipe y comparte afición por la música con su marido, un ingeniero de Caminos a quien conoció precisamente por su condición de melómano. «Somos fieles a los conciertos en Cáceres, en Madrid, en Lisboa... Tenemos una gran afición a viajar, a conocer ciudades», explica.
Le pregunto por las fiestas populares. Y matiza su afición porque no le atraen cuando están masificadas. «Llegamos a muchos sitios tarde. Para mí no es lo mismo ‘La encamisá’ cuando fui hace 30 años que cuando voy ahora; ni las procesiones de Sevilla ahora que hace 20 años. Me gusta lo popular pero siempre que consiga todavía encontrar... lo popular».
Cuando Pedro V, rey de Portugal, visitó Castelo de Vide en 1861, sentenció: «Este pueblo es la Sintra del Alentejo».
Hoy depende económicamente del turismo. Descubramos por qué.
Este pueblo tiene chic, aquel, glamur, encanto. Este pueblo tiene hotelitos algo antiguos, pero con su punto de solera. También tiene parques consolidados desde hace 100 años y para culminar su atmósfera decadente, recibe al visitante con una tienda de antigüedades en una casita deco y presume de haber tenido fábrica de champagne francés, la de la familia Le Coq. Redondea el refinamiento con dos de las aguas minerales más prestigiosas de Portugal, Vitalis y Castelo de Vide, que manan de sus fuentes salutíferas.
Este pueblo es Castelo de Vide y las guías lo miman: se nota en las plaquitas del Routard recomendando algunas de sus pensiones con flores, sus restaurantes baratos de comida honrada. Pero para hacernos una idea de conjunto y conocer sus avatares, lo mejor es demorar la entrada triunfal en su plaza y, justo a la entrada según se llega de Extremadura y de Marvao, coger un cruce a la izquierda y ascender por una carretera sinuosa hasta la ermita de la patrona: Nossa Senhora da Penha, a 700 metros, mirador formidable sobre la villa.
¡Ah, un detalle! Justo antes del cruce hay un nuevo supermercado Pingo Doce, ideal para comprar vinos, quesos, cervezas portuguesas... Pero estábamos en la peña, contemplando Castelo de Vide: a nuestra derecha, el estadio con su grada en el córner y su césped brillantísimo. Al lado, un solemne cementerio. Enfrente, adosados con gracia, porque en Portugal, hasta los adosados tienen gracia.
Avanzamos hacia nuestra izquierda o hacia el Oeste, como quieran, y aparecen los hoteles, el parque, la plaza, la iglesia, la villa medieval de casas juntitas en la colina que sube al castillo (siglo XIV)... Del castillo hacia el noreste baja otra ladera y es en esa vaguada más insalubre y escarpada donde se creó el gueto judío en 1492 para los hebreos que huían de Extremadura y Aragón expulsados por los Reyes Católicos. La mancha blanca de casas vuelve a ascender y aparece otro recinto amurallado: el fuerte de San Roque (1660).
Ya hemos visto Castelo de Vide como lo vería un pájaro (más fotos en hoy.es). Humanicémonos, descendamos y perdámonos por este laberinto blanco de cuestas y plazuelas. Lo primero que nos llama la atención nada más llegar a la plaza es el gentío. Este pueblo vive en la calle. Las terrazas están repletas de portugueses desayunando tostadas gigantes al mediodía y de turistas bebiendo cervezas, si son españoles, vino blanco, si son británicos.
Artificial, pero mola
Pero vamos por partes. El cogollo de la villa es la plaza que te recibe en cuanto entras en el pueblo. O aparcas por la iglesia y el ayuntamiento o detrás del parque. Buscando se encuentra sitio. En la plaza hay dos ambientes. En el lado del ayuntamiento y el reloj, los bares de toda la vida para nativos e integrados. En el lado de la Casa Amarela o Casa Maggesi (se distingue, evidentemente, por su color amarillo), los cafés guay para turistas tranquilos: sombrillitas, butaquitas, gente guapa... En fin, un poco artificial, pero mola. En esa zona, hasta hay un pintor inglés con su señora: ella lee, él pinta las casas de la plaza y ambos beben té sin parar al cobijo de una sombrilla.
Más en la plaza: el restaurante Pedro V, un clásico en el que no comeremos porque vamos a buscar una casa de pasto sin turistas; la oficina de turismo, donde entregan gratis buenos planos del pueblo en castellano; la cafetería ‘superdesign de la muerte’ Doces & Companhia (Sopa, prato e bebida: 6’50); la ‘delicatessen boutique’ Sabores da Terra (quesos, vinos, dulces y crema de guisantes, bacalao dorado y rollo de carne para llevar) y, tachán, tachán, la sublime pastelería tradicional Sol Nascente con pasteis de nata, queijadas de laranja y de amendoa (0’90), bolos rainha con frutos secos (12’50), queque de nozes (1). Tomamos una cerveza. El pincho es menos sublime: chochos grandes. Bueno. No todo va a ser perfecto.
Nos vamos de la pastelería a la iglesia matriz, también en la plaza. Pero parece que no hemos cambiado de sitio porque en el altar mayor, más que una imagen santa, parece exponerse una tarta nupcial de seis pisos con la virgen presidiendo en lugar de la pareja de novios. Es un templo imponente con arcas sepulcrales, pero con los mismos colores que tienen las tartas lusas de cumpleaños. Los portugueses, cuando se ponen pasteleros, se ponen pasteleros...
...Y cuando se ponen respetuosos con la arquitectura tradicional, no hay quien los gane. Y se ponen casi siempre. El caso es que hemos salido de la iglesia y ya ascendemos hacia el castillo por una calle de casas con portales ojivales. En el pueblo se conservan 63 de estos arcos góticos. No hay que asustarse de lo empinado porque la cuesta es corta y enseguida se llega a las puertas del castillo, que alberga un maravilloso burgo medieval.
En este laberinto de casitas blancas, apiñadas, casi estrujadas, vivieron 7.000 castelovidenses entre 1700 y 1800. En 1960 había 6.538. En 1981 habían bajado a 4.187 y hoy son 4.144. En el siglo XVI, la población se dobló: de 800 a 1.600 vecinos por efecto de la industria textil. El ejército, con 600 efectivos, ayudó a mantener la economía de la villa hasta que en 1823 se marcha el regimiento y Castelo de Vide pierde fuelle. A partir de 1878 se construyeron carreteras, llegó el ferrocarril, el comercio con España y en el siglo pasado, el agua mineral y, sobre todo, el turismo, acabaron de dar empuje al pueblo.
Deambulamos sin rumbo, que es como mejor se deambula: sin la avidez del turista ansioso. En el burgo del castillo, aquí el antiguo ayuntamiento (s. XV), allí un rincón con flores, una calleja con fados radiofónicos, un arco bonito... Salimos. Bajamos. A la izquierda. Una cuesta empinadísima. La judería. La sinagoga, con su museo inaugurado el pasado sábado 11 de abril. Regresamos a la plaza principal.
De la acera donde desayunan los nativos de toda la vida parten las calles más tradicionales. En una están los bares futboleros del Benfica y del Sporting, uno frente al otro y compartiendo clientela. Entren y observen: Portugal a tope. En otra calle hay una casa de té donde venden bollos regionales a 0’80 euros. Se llama Belmira y el horno está allí mismo.
Enfrente, O Miguel, un restaurante que se anuncia en una esquina de la plaza: «Churrasqueira. Pronto a comer. 50 metros». Ni un turista. Rico y barato. Todos los platos entre 7 y 8 euros: bacalao a la Narcisa, chocos a la brasa, caldeirada de cherne, jabalí a la brasa, arroz de pato, bistec de novillo... Después, una partida de cartas en el parque y a vivir.