El médico de los yonquis

José Rosado, en La Palma./Germán Pozo
José Rosado, en La Palma. / Germán Pozo

Con José Rosado empezó la atención pública a toxicómanos en Málaga. Ha tratado incluso a los nietos de los primeros enfermos que llegaron al Centro Provincial de Drogodependencias que abrió en 1986. En la geografía urbana de la heroína no le han perdido de vista y allí aplica una terapia a base de calor familiar para afrontar casos de cáncer terminal

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

El día que se abrió el primer centro público para atender a yonquis en Málaga –tres habitaciones en los bajos del Hospital de Cruz Roja–, él y sus dos de colaboradores –«un médico que venía del mundo de los alcohólicos y un asistente social con muchas ganas»– se sintieron desbordados. «Esa mañana llegaron 140 enfermos, los que yo atendía en varias parroquias así que enseguida pedí dos médicos y empezamos a hacer desintoxicaciones en Carlos Haya a marchas forzadas. Fueron tres años frenéticos desde el 85», echa la vista atrás al arranque oficial de una labor que comenzó como francotirador terapéutico de los primeros yonquis de Málaga desde que diez años antes, en 1974, se topó con el primero, casualmente, cuando «casi nada sabíamos aquí de la droga».

La ignorancia también era el principal factor de riesgo y la razón de que la finca del seminario, donde pasaba visita por las tardes, se iniciara una primera terapia solo de caridad entre monjas capuchinas de clausura y los adictos a la heroína intravenosa. «La finca fue el primer lugar donde se reunían para pincharse», certifica una de las primeras imágenes a la que acompaña un primer éxito: «La primera desintoxicación en Andalucía la hicimos en 1979, en el Cottolengo, cerca de El Bulto, con uno de aquellos toxicómanos absolutamente abandonados». Fue un aprendizaje que ya no paró, y en el que la fama le precedía en una Administración superada por el problema. «Hasta Pedro Aparicio me hizo malagueño del año», recuerda este médico humilde, tan alérgico a los fármacos y a las urgencias –«ahora tomo agregantes», se resigna tras su segundo ictus– como a los reconocimientos públicos. En el poder sabían de su dedicación para tratar como enfermos a quienes sólo eran carne de cañón y material para la sección de sucesos.

Plácido Conde, gobernador civil, que le había encargado tratar a los presos enganchados, pensó en él como uno de los expertos que redactó el I Plan Andaluz contra la Droga y también como primer director el Centro Provincial de Drogodependencias, que arrancó en 1986, de la mano de la Junta y de la Diputación. Llegaba con una década larga de praxis por la geografía urbana más castigada por el caballo. En las parroquias, donde tiraba de solidaridad y metadona, pasó las primeras consultas. En la iglesia de San Gabriel y en el Hospital Noble dice que encontró una feliz excepción. «Era el único hospital que entonces permitía ingresos por urgencias», destaca una labor en la que contó con la ayuda de «un farmacéutico, un ingeniero, una monja ursulina y un refugiado polaco. En Carlos Haya no querían saber nada de toxicómanos. Había una gran ignorancia en el mundo médico», lamenta la ceguera reinante ante la nueva plaga.

Llegaba al CPDcon una década de praxis por la geografía urbana más castigada por el caballo

Se topó con su primer yonqui en Alhaurín el Grande, su segundo destino de médico rural. «Me llamaron para que acudiera a ver a un enfermo en una granja evangelista, que sigue existiendo, y me encontré a un tío con fiebre. Estaba inyectándose heroína. Yo no sabía mucho más, así que le puse un sedante, antibióticos y a los tres días volví. Era un terreno nuevo, pero en el fondo, las drogas no dejaban de ser mi campo», justifica este especialista en anestesiología el inicio de una comisión de servicio en Carlos Haya que luego se convertiría en dedicación a tiempo completo y en la que aplicaba las técnicas de hipnosis con receta propia, el método de Desintoxicación Cerebral Anestésico, a una decena de pacientes diarios en el CPD.

Activo

Su teléfono lo tienen en las parroquias y decenas de enfermos, toxicómanos o no, a los que sigue visitando en sus casas, con una dedicación especial a los que sufren cáncer terminal. El doctor Rosado es un samaritano con fonendo también experto en latín y teología, que todos los años se toma un tiempo sabático junto a los monjes trapenses. Tiene mucha fe en las personas, pero sobre todo en las madres de los toxicómanos. «Si yo sé algo de esto es por ellas. Son capaces de verbalizar cosas increíbles. 'A mi hijo la droga le ha robado el alma', me decían sabiendo mejor que el Papa lo que es el alma, el afecto, el cariño, lo que hace vivir a la persona. 'Mi hijo, doctor, está hueco por dentro'», se recrea en la certeza del diagnóstico que ha escuchado infinidad de veces.

Ahora, a los 74, ha reducido el ritmo de su día a día solidario, pero sigue por los mismos caminos de sus mejores años, en barrios como La Palma-Palmilla donde se siente, dice, menos seguro que antes, cuando la droga era monopolio de un clan. «Me empiezo a sentir un poco raro, hay extranjeros de todos los sitios y se ve que manejan. Hay un montón de gente millonaria, gente del Este. Antes nos conocíamos casi todos», certifica tres décadas después de que la heroína empezara como la gran pandemia en la Málaga marginal. « Una vez me quitaron la cartera con mi fonendoscopio y mis cosas. O aparecía o estaba un mes sin venir, les dije. Al día siguiente, me trajeron un montón de carteras y hasta con pluma de oro, pero yo les exigía la mía. Y me la trajeron», ilustra un poder reeducador en el que siempre, más que la desintoxicación y la metadona, dio más importancia a la terapia con las familias tras un primer directo a la mandíbula a muchos toxicómanos: «Pero mira que eres hijoputa, ¿no ves lo que estás haciendo con tu gente»?

Visita en sus casas a enfermos terminales, entre ellos vecinos desconcertados en su día como él que vieron engancharse a sus hijos y ahora a sus nietos. La cadena continúa y en el barrio, las seis mujeres del servicio del CPD trabajan con 400 personas en tratamiento. Pasamos por delante y no se resiste a saludar. Salen como resortes agradecidos Inma y Gloria, médica y trabajadora social, «más 26 años conmigo». «Alcohol y coca en alza, heroína bajando pero hay inicios en la heroína», dan al periodista el diagnóstico con secuelas de foto fija.