El Casco Antiguo de Badajoz visto al óleo

Javier Fernández, de Fregenal, en la Plaza Alta, se llevó el tercer premio. :: J. V. Arnelas

Abraham Pinto, de Sevilla, se lleva el primer premio del concurso rápido de pintura al aire libre

Antonio Gilgado
ANTONIO GILGADOBadajoz

Badajoz. Javier quería coger el contraluz del amanecer. A Pepi le robaron la pintura. María se presentó con un lienzo demasiado pequeño. María Isabel pasó dos horas dando vueltas hasta que se plantó frente a las Adoratrices. María y Elena bichearon el viernes por la zona. Luis buscaba seis horas de sombra...

Los sesenta cuadros que ayer a las siete de la tarde se entregaron en la Plaza Alta encierran muchos interrogantes previos.

Veinte años cumple el certamen. Los suculentos premios, 2.100 euros para el primero, atraen a profesionales y aficionados de media España. El jurado valoró por encima de todos la obra de Abraham Pinto, de Sevilla. Pedro Cebrián, de Segovia, se llevó los 1.800 euros del segundo y Javier Fernández, de Fregenal, los 1.200 euros del tercero.

A las dos y media, Pepi Sevilla iba con mucho retraso. Manos temblorosas al coger la espátula por los nervios. Le habían robado el acrílico en cuanto se puso a pintar en la plaza de la Soledad y perdió media mañana buscando una tienda en la que reponer material con el que empezar. Vino de Valencia y su apuesta fue un collage de fondo para la Giralda. «Espero llevarme un buen recuerdo después de este percance».

Luis Gámez eligió las vistas de la carretera de Cáceres desde la Alcazaba. Diecisiete participaciones de veinte. Buscó una ubicación original, que diera la sombra durante las seis horas que iba a pasar de pie y que no hubiera pintado otros años.

Pendiente del móvil y con cierto alivio porque la previsión de lluvia para las tres de la tarde se fue disipando según avanzaba el trabajo.

Ha visto crecer el concurso. Ahora que se ha consolidado, cree que ha llegado el momento de fijar dos categorías.

Profesionales por un lado y aficionados por otro. Como mucho de los que sacó el caballete a la calle, se inició en la Escuela de Artes y Oficios de Badajoz. Aquello fue la base. Emprendió su camino experimentando y pintando en casa.

Y en esa fase de experimentación entran ahora Elena Vargas y María Concinha. Las dos amigas se licenciaron en Bellas Artes el curso pasado. Elena quiere especializarse en arte audiovisual y María en ilustración y animación. Pintar al óleo es la base de cualquier artista y hacerlo al aire libre y con tiempo límite una forma de ponerse a prueba. «Aprendes mucho y con el óleo trabajas bien porque lo vas moldeando». El plan de ayer lo tenían en mente hace mucho tiempo. Pero siempre les pillaba fuera de la ciudad por la universidad. El viernes por la tarde hicieron trabajo de campo. Recorrieron el Casco Antiguo y la Alcazaba y tras varias vueltas eligieron como motivo el pedestal de la ladera. Una mole de hormigón en mitad del parque rodeada de árboles que inspira misterio.

ARNELAS

María empezó con cierto retraso porque llevó un lienzo más pequeño que el exigido en las bases. Tuvo que comprar otro deprisa y corriendo y solo encontró uno de 100 por 120. Una perspectiva demasiado grande para sus planes iniciales. «Al final estoy sacándolo muy bien». A la una aún le faltaba aplicar sombras y rematar con los colores más claros.

En el perímetro de la muralla, con la perspectiva del Guadiana a la lejos y el convento de las Adoratrices en primer plano, coincidieron algunos participantes. Allí se puso María Isabel Corbacho. Experimentó la adrenalina de pintar mientras los demás te observan.

Se inscribió a las nueve en las Antiguas Casas Consistoriales y estuvo hasta las once dando vueltas para ubicarse. «Acerté con el sitio».

Eligió óleo al agua para manchar y una vez dentro experimentar y divertirse. «Me lo paso muy bien cuando me suelto». Aprovecha para pedir la ampliación de la Adelardo Covarsí, a la que no ha faltado ni un día en los últimos seis años. «La Seguridad Social se ahorraría mucho dinero porque pintar es terapéutico».

La Plaza Alta fue otro escenario recurrente en el lienzo. Javier Fernández vino desde Fregenal de la Sierra. Madrugó para coger el contraluz del amanecer sobre la esquina de Espantaperros. Agradece que se organice este tipo de eventos porque enseña al público el proceso creativo. «Es algo sincero, pintas al natural en la calle y la gente te ve».

A pocos metros de Javier, en la puerta del bar El Silencio de Moreno Zancudo, pasó la mañana el escultor José Luis Hinchado. Acostumbrado a partirse el pecho con la piedra, su experimento de cubismo rural fue como un día de vacaciones.

Presentarse es su forma de contribuir con la ciudad. «Si en vez de sesenta, fuéramos mil, sería uno de los más importantes».