Clemencia para un etarra y denuncia de torturas

P. ONTOSO

Cuando Pedro Arrupe fue elevado al generalato de los jesuitas, en 1965, ETA ya había sellado su apuesta por la violencia. El enconamiento de la sociedad vasca preocupaba, y mucho, al líder religioso, como se refleja en las reflexiones que trasladaba a sus familiares en su habitual correspondencia. Siempre desde la prudencia y el equilibrio que requería su cargo y desde una vocación universal.

Un asunto conflictivo, según desvela Pedro Miguel Lamet en su libro sobre el general jesuita, fue el caso del etarra Ignacio Sarasqueta, que iba a ser ejecutado por el Gobierno del general Franco. Sarasqueta acompañaba a Txabi Etxebarrieta cuando éste descerrajó cinco tiros a bocajarro al guardia civil José Pardines en una carretera de Villabona. Arrupe envió un telegrama al jefe del Estado en el que pedía clemencia para evitar que fuera fusilado -la condena a muerte sería luego conmutada-, un gesto que fue criticado en determinados sectores por considerarlo una «intromisión en política». Sin embargo, y según relatan sus biógrafos, el padre Arrupe se negó a recibir en Roma a una delegación de líderes de ETA.

Cara a cara con Franco

En 1970, con motivo de su viaje a España, Arrupe mantuvo una entrevista de 65 minutos con el dictador, en la que aprovechó la oportunidad para denunciar algunas actuaciones policiales acompañadas de torturas.

Arrupe sufrió en propia persona la amenaza terrorista. En 1978 la Policía italiana puso escolta al general durante varios meses -tanto en sus desplazamientos como en la sede de Borgo Santo Spírito- después de que los carabinireri se incautarán de una lista de las Brigadas Rojas en la que figuraban los próximos atentados de la organización y el jesuita vasco aparecía en cabeza.

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