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Líder en bibliotecas, penúltima en lectores

En Cáceres, una joven lee en la terraza de un bar. :: jorge rey
En Cáceres, una joven lee en la terraza de un bar. :: jorge rey
  • El poco interés por los libros es una realidad compleja y con la que la región lleva años peleándose con dudoso éxito

Coger un libro, abrirlo y ponerse a leer. El gesto, de lo más cotidiano en otras sociedades, le resulta ajeno a casi la mitad de los extremeños. En concreto, al 45,7 por ciento, que admite llevar más de un año sin leer, según la Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales en España 2014-2015, que elabora el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Ese porcentaje es el segundo peor de España. Supera a la media nacional por ocho puntos y solo mejora, en dos, al de Castilla La Mancha. Los datos son más negativos cuando el encuestador recorta los plazos y pregunta no por un año, sino acerca del último trimestre. En ese caso, en la región son más los que no han disfrutado de una novela, un ensayo, unos versos, un cuento o un cómic -53 de cada cien- que los que sí.

Los números dejan claro que Extremadura lee poco. Y no será por falta de bibliotecas. En la comunidad autónoma hay en la actualidad 451, aunque a esta cifra hay que descontar 18 que están cerradas. Y otras 53 se encuentran en una especie de limbo administrativo y existencial, pues la Junta no tiene claro si están abiertas o no. La Consejería de Cultura está contactando con todas a fin de averiguar si en ellas se prestan libros o no, sean muchos o pocos. Esta esa la situación a día de hoy, pero los estudios del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte son anteriores. Según su informe titulado 'Bibliotecas públicas españolas en cifras', en la comunidad hay 385. Es decir, una por cada 2.839 habitantes, lo que constituye la mejor ratio de España con diferencia, pues la media nacional es de una por cada 10.020 personas. Además, es la región que menos dinero gasta en libros: 79 de cada cien no ha comprado ninguno en los últimos tres meses, frente al 63 de tasa nacional. Es, de largo, el peor dato del país.

«Los resultados son desalentadores, desde luego», apunta Juan Ramón Santos, autor -acaba de publicar 'Perder el tiempo' (De la luna libros)- y presidente de la Asociación de Escritores de Extremadura. «A primera vista -expone el novelista y poeta placentino- lo que parecen revelar es una política cultural muy bienintencionada, que apuesta fuertemente por las bibliotecas como instrumento para el fomento de la lectura y trata de facilitar el acceso a los libros en una comunidad donde todavía buena parte de la población vive en el medio rural, pero que no obtiene los resultados que cabría esperar».

Tal como él apunta, más bibliotecas no equivale a más lectores. Cuatro de cada diez extremeños son socios de alguna, una tasa superior a la media del país. Y sin embargo, la región no alcanza a la media nacional ni en visitas ni en préstamos. En 2014 había en la comunidad autónoma más de 450.000 personas inscritas en alguna biblioteca, pero más del sesenta por ciento no había utilizado ese carné de socio para llevarse un libro a casa en el último año, según el Ministerio.

¿Cómo explicar estos números? ¿Cómo comprender que quien lidera la clasificación nacional de bibliotecas por habitante tenga un sitio fijo desde hace años en el grupo de cola en cuanto a población lectora y compra de libros? Intenta responder Álvaro Valverde, uno de los poetas extremeños más importantes de las últimas décadas, que además fue director de la Editora Regional de Extremadura entre los años 2005 y 2008 y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura.

«Ibarra cumplió con el compromiso de 'Ni un pueblo sin biblioteca' -escribe Valverde-. No sé cuántas están abiertas, eso sí. Aquel plan debería haber tenido una segunda fase: ni una biblioteca sin bibliotecario. Por culpa de siglos de incuria (de ahí venimos), los extremeños que leen son pocos. La escasa población lectora y la exigua compra de libros son dos caras de la misma, pobre moneda. Las librerías, espacios de resistencia. Puede que hayamos llegado tarde. Esta época líquida se compadece mal con el ejercicio de la lectura, que exige atención, tiempo y silencio. Si a eso unimos el auge de las tecnologías... Con todo, seguramente estemos mejor que nunca. Hagamos memoria».

La mejoría

Ese ejercicio, el de mirar hacia atrás en el tiempo, lo ha hecho Eduardo Moga, director de la Editora Regional de Extremadura desde hace un año. Y ha encontrado números que certifican que la situación era peor antes. «Ese 54,3 por ciento de población extremeña que afirma haber leído al menos un libro en el último año es un porcentaje ocho puntos mejor que el que había en el año 2007», apunta. «Estamos a la cola, sí -dice acto seguido-. Es una situación lamentable, sí. Hay que seguir haciendo cosas, sí. Pero también hay que decir que ese dato es esperanzador».

Esa cifra que menciona Moga, y las anteriores, y otras muchos recogidas en distintos informes, sirven en bandeja un debate que daría para una tesis doctoral de varios volúmenes. Uno de ellos podría titularse: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? «El hábito lector -reflexiona el director de la Editora Regional- se implanta por una serie de factores, entre ellos la familia, el sistema educativo, el peso que se le concede a la tecnología en los tiempos actuales...». «La administración -continúa- ayuda a implantar el hábito, pero es solo una parte dentro de un conjunto en el que influyen otras muchas cuestiones». A esto, Moga añade otra cuestión más específica. «Extremadura -comenta- tiene un déficit histórico de infraestructuras culturales y de nivel formativo, y una estructura de población con mucho peso de lo rural, con solo tres municipios que superan los cincuenta mil habitantes».

Su planteamiento está condensado en dos párrafos incluidos entre las 232 páginas del informe 'Lectura 2017', de la Federación de Gremios de Editores de España. El propio Moga es quien lo cita. «Resulta más difícil -escribe Luis González en ese anuario- encontrar lectores entre los hombres jubilados con estudios primarios y que residen en un municipio con menos de diez mil habitantes. Por todo ello no es sorprendente que la región con una mayor proporción de lectores sea la Comunidad de Madrid y la que presenta un índice más bajo sea Extremadura».

Ahora bien, la counidad autónoma también podría presumir de algunos «éxitos de los que debemos enorgullecernos», advierte Eduardo Moga. «No es solo -desgrana- que tengamos la mejor ratio de España de bibliotecas por habitante. Es que los informes oficiales nos sitúan también a la cabeza nacional en metros cuadrados dedicados a las bibliotecas, en puestos de lectura, en porcentaje de los fondos que son libros y folletos, y en ordenadores de uso público. Todo esto quiere decir que además de ser los que más bibliotecas tenemos, las que tenemos son amplias y están bien dotadas y tecnificadas».

Con estas bases, cabe preguntarse qué hacer para cambiar las cifras. «Uno -plantea Álvaro Valverde, que además de poeta, novelista y articulista es maestro, en el colegio Alfonso VIII de Plasencia- achaca ese déficit al abandono de políticas educativas y culturales a favor de la lectura. Los que legislan no se dan cuenta de la importancia del asunto. Esta es una tarea paciente, más en sociedades tan poco ilustradas como la nuestra. No haría falta volver a decir que ese hábito se adquiere en la escuela, donde se debe seguir leyendo. En clase (y en voz alta) y en la biblioteca escolar. Y en casa. De padres lectores... Enfrente, el poderoso imperio de la imagen. Tampoco estaría de más que los políticos dieran ejemplo. La lectura no está ni la conversación ni en la vida ordinaria de los ciudadanos».

Cambiar esa realidad a la que alude Valverde, conseguir que la lectura llegue a formar parte del día a día de una mayoría de ciudadanos amplia, parece una meta complicada de alcanzar, vista la situación de partida. Lograrlo pasa por mantener una evolución positiva en aquellos «otros indicadores que muestran que la situación ha mejorado, como el grado de interés por la lectura o la literatura, que en los últimos doce años habría pasado, en nuestra región, del 5 al 5,8 sobre 10, un avance algo superior al de la media nacional, que habría pasado del 5,7 al 6,3». Quien destaca este dato, Juan Ramón Santos, menciona también otro: «El número de personas -detalla por escrito- que han leído libros en un trimestre, que en los últimos dos años habría pasado de un 40 a un 46,7 por ciento en Extremadura y de un 51,1 a un 52,9 a nivel nacional (aunque, curiosamente, el número de libros leídos se mantiene: 3,4 en Extremadura y entre 4,4 y 4,5 a nivel nacional), pero no parece que sea suficiente, sobre todo teniendo en cuenta el dato de las bibliotecas».

«Para comprender los motivos de este desfase -reflexiona el escritor- habría que disponer de datos más pormenorizados que la base de datos de cultura ahora mismo no ofrece, datos que nos permitiesen comparar, por ejemplo, la distribución por edad y nivel de estudios de esos índices de la lectura en la región con la distribución a nivel estatal, pues lo que me parecería verdaderamente grave sería que, a igual nivel educativo, los habitantes de nuestra región leyesen menos». «Pongo ese ejemplo -continúa-, pues una de las razones podría ser la educación, el nivel educativo de Extremadura comparado con el de otras regiones, que aún debe mejorar considerablemente».

«Lo que es difícil -concluye Santos- es encontrar recetas que mejoren la situación, pues no creo en las soluciones mágicas. Hay que apostar más aún por la Educación, desde luego, y en el ámbito de la cultura, perseverar, mantener y aumentar, en la medida de lo posible, los programas relacionados con el fomento de la lectura. Hay que continuar apoyando las bibliotecas, pues lo que no podemos hacer, a la vista de estos datos, es aflojar o tirar la toalla. Y hay que seguir promoviendo las actividades de animación, los programas de formación en promoción de la lectura, el fomento de la lectura a nivel escolar o los clubes de lectura, pero también otro tipo de actividades relacionadas, que ya existen, como las aulas de literatura o los talleres de escritura (que no sólo forman escritores, sino también lectores), formando entre todos ellos, entre todos esos programas, redes, interrelaciones que hagan más visible, quizá, la importancia de la lectura y el valor del libro».

Todo esto lo conoce bien el director de la Editora Regional de Extremadura, que también es coordinador del Plan de Fomento de la Lectura, un programa que la Junta creó en el año 2002. Desde entonces, gracias a él se han desarrollado cientos de iniciativas culturales por las cuatro esquinas del mapa extremeño. Pero década y media después, la comunidad sigue a la cola en población lectora. «Si no ha funcionado nuestro Plan de Fomento de la Lectura, no ha funcionado ninguno, porque las dos diputaciones también tienen el suyo, y el de la Diputación de Badajoz dispone de más dinero que el nuestro», resume Eduardo Moga, que al citar las iniciativas que se desarrollan bajo el paraguas del Plan, se detiene en dos. Una son los clubes de lectura -ver información adjunta-, y la otra, el estudio sobre los hábitos de los extremeños en todo lo relacionado con los libros. Lo está preparando la Universidad de Extremadura, y se prevé que las conclusiones estén listas a finales de este año o principios del próximo. La última vez que se hizo algo así fue en el año 2007, precisa el director de la Editora, un hombre que vive entre libros. Como Álvaro Valverde, como Juan Ramón Santos y como otros muchos que a diario cogen un libro, lo abren y se ponen a leer. Nada más. Y vistas las cifras, nada menos.