La calidad de vida se disfruta al sur del Tajo

Las reservas de la biosfera y el geoparque, en el entorno del río, conforman un espacio vital atractivo y lleno de potencialidad y posibilidades de desarrollo

Mirador sobre el Tajo en el parque de Monfragüe./ESPERANZA RUBIO
Mirador sobre el Tajo en el parque de Monfragüe. / ESPERANZA RUBIO
J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Entre Milán y Londres, discurre la banana de la abundancia y entre Valencia de Alcántara y Guadalupe se extiende la banana de la despoblación. Aunque todo depende del color con que miremos las cosas. Así, en el eje Londres-Milán, la contaminación, la prisa, la comida rápida y el estrés conforman un espacio vital angustioso. Sin embargo, entre la Raya y el puerto de San Vicente, se disponen espacios naturales maravillosos, que dan lugar a las reservas de la biosfera del Tajo Internacional y de Monfragüe y al geoparque Villuercas-Ibores-Jara, que es Patrimonio Mundial de la Unesco, al igual que lo son el monasterio de Guadalupe y la ciudad de Cáceres, situadas en ese eje provincial tan singular que se extiende al sur del Tajo.

En ese espacio geográfico con caprichosa forma de banana, se dan algunos de los productos únicos de la gastronomía extremeña como son el jamón de Montánchez, la torta del Casar, el queso y la miel de los Ibores, la tenca de las charcas de la comarca del Salor o los bombones de higo de Almoharín. Añadamos la fascinación de Trujillo, la naturaleza y el arte intensos de los Barruecos y el oro rojo del triángulo del tomate trazado entre Miajadas, Zorita y Madrigalejo y entenderemos por qué la realidad cacereña al sur del Tajo tiene una potencialidad y una riqueza que empujan a contemplar el futuro con ilusión.

En la zona más meridional de la provincia de Cáceres, solo la zona de Miajadas depende económicamente del regadío, una manera de vivir del campo que no atrae a los turistas, aunque pocas imágenes son tan bellas como un atardecer en el campo, con la pedanía blanca de Pizarro al fondo y los arrozales, las tomateras, los maizales, los frutales y los olivos tiñendo el crepúsculo de diversos tonos verdes.

El regadío es riqueza y belleza. Tanto que Miajadas ha llegado a ser la tercera población cacereña por el número de entidades bancarias y la segunda de España por el número de tractores. Alrededor del pueblo, hay cerca de 3.000 hectáreas de plantas tomateras y cada vez que tomamos tomate frito Buitoni, Solís, Maggi, Starlux, Carrefour, Eroski, Día o pizzas de Tele Pizza y Pizza Hut, estamos disfrutando de salsas elaboradas en Miajadas con tomates cultivados en su término.

El resto de las tierras de la provincia situadas al sur del Tajo son, salvo excepciones contadas, de secano: dehesas inmensas, llanos sin final, ríos encajonados, serranías escarpadas... Una sinfonía de naturaleza desbocada que produce corcho, alimento para el ganado y sensaciones para el turista. Con esos mimbres y varias guindas monumentales urbanas, las comarcas cacereñas situadas al sur del Tajo se disponen a encarar el mañana armadas de riqueza y de razones.

Llanos, dehesas y sorpresas: las tencas, las tortas y el jamón de Montánchez

El Tajo es un río poco complaciente. Frente al Guadiana del regadío y la exuberancia hortofrutícola, el Tajo proporciona la energía de sus embalses y, sobre todo, una riqueza intangible que se puede resumir en un concepto: belleza. La cuestión era cómo hacer que la naturaleza fuera rentable. Ahí aparece la figura de la reserva de la biosfera.

Desde el año 2000 en Portugal y desde el 2006 en España, las declaraciones de Parque Natural del Tajo Internacional, primero, y de Reserva de la Biosfera, después, han impulsado el turismo en los más de 60 kilómetros del cauce internacional del río y en más de 50.000 hectáreas protegidas de dos municipios portugueses (Idanha a Nova y Castelo Branco) y de 11 de la provincia de Cáceres (Alcántara, Brozas, Carbajo, Cedillo, Herrera de Alcántara, Membrío, Salorino, Herreruela, Santiago de Alcántara, Valencia de Alcántara y Zarza la Mayor).

Para comprender la fuerza del río y su paisaje, basta acercarse a Herrera de Alcántara, seguir la carretera que baja al Tajo y descubrir por el camino las vistas que anuncian el espectáculo de la orilla, en el embarcadero: paraje delicioso, armonía plena, el Tajo parsimonioso, la fuerza del bosque mediterráneo y el encajonamiento del río en un desfiladero de suaves laderas.

La comarca de la Sierra de San Pedro es la menos poblada de Extremadura: no llega a los 9.000 habitantes. Villas y pueblos como Valencia de Alcántara y Salorino han perdido dos tercios de su población en el último medio siglo. Pero todo tiene su explicación en la desaparición de la frontera y de los empleos que procuraba en Valencia de Alcántara y en el reparto de la tierra en pueblos como Salorino, donde hay 14.000 hectáreas de latifundio y solo 1.700 son propiedad de los 600 porreteros (gentilicio de Salorino).

Podría pensarse que tanta despoblación, tanto latifundio y el enfriamiento económico provocado por la desaparición de la frontera convertirían la comarca en un espacio triste y sin encanto. Pero no, todo lo contrario. Y es en ese punto donde de nuevo asoma la esperanza. Por un lado, la naturaleza en el río y los paseos en barco; por otro lado, el poderío incombustible de Valencia de Alcántara: el barrio judío y gótico con sus 19 calles, sus 266 portadas ojivales y su sinagoga medieval, el castillo y la iglesia de Rocamador con el retablo de estilo barroco original de Churriguera, la tabla de Luis de Morales o el Cristo de las Batallas tallado en madera policromada por Berruguete. En las inmediaciones de la frontera, la sierra y las alquerías rayanas. En el Tajo, los pueblos ribereños con su portuñol y sus modalidades idiomáticas singulares. Entre la sierra y el llano, los pueblos blancos y tranquilos.

La mayor biodiversidad y geodiversidad de la provincia de Cáceres

El río Tajo describe los espacios de mayor biodiversidad y geodiversidad de la provincia de Cáceres.

Y esto es decir mucho ya que la calidad de la naturaleza en todo su territorio es más que notable. De ahí su alto número de espacios de conservación entre los que destacan las dos Reservas de la Biosfera que se encadenan entre el Tajo Internacional y Monfragüe, parajes tan singulares como de extraordinaria belleza.

El arco lo completa hacia el este el Geoparque Mundial de la UNESCO Villuercas-Ibores-Jara, que ya ocupa todo el espacio hasta las riberas cacereñas del Guadiana.

En contraste, los Llanos de Cáceres rodean ampliamente la ciudad conformando una vasta estepa, afamada por sus valores ornitológicos ahora, pero más conocida por haber dado origen y sustrato a uno de nuestros productos gastronómicos más valorados, quizás patrimonial, como es la Torta del Casar.

La Sierra de Montánchez y la comarca de Miajadas-Trujillo completan esta parte de la provincia cacereña. Todas estas comarcas han planteado sus proyectos de futuro en colaboración con la Diputación de Cáceres y con las organizaciones representativas de su territorio. El marco de Diputación Desarrolla es muy adecuado para ello.

Nos alejamos de la frontera portuguesa, aunque no demasiado, y llegamos a las tierras cacereñas situadas entre el Tajo y el Salor. Llanos, riberos, dehesas, canchales, encinas, buenos pastos y, súbitamente, las sorpresas: un pescado pequeño y sabroso llamado tenca y un queso que siempre pareció estropeado y fue reventón y que hoy se presenta con más elegancia y mejor imagen, pero que sigue sabiendo muy rico, es decir, la torta del Casar, ese queso de oveja que no querían los señores y se lo quedaban los pastores. Un queso cuajado por azar.

La gracia de la torta del Casar es que, al ser un milagro, también es una incógnita. «Desde que existe la Denominación de Origen, las tortas tienen más garantía y son más uniformes, pero con ellas siempre te la juegas y no todas salen igual», reconoce Claudio Vidal, desde los 16 años trabajando en la cocina del restaurante familiar, en Casar de Cáceres, la capital de la torta. La torta del Casar es un alimento vivo y ese punto de incógnita le otorga un valor que la convierte en reina de los quesos de los «duty free» de los aeropuertos, del mercado de la Boquería de Barcelona y de algunas cartas de restaurantes de Nueva York.

Seguimos Tajo arriba y llegamos a Monfragüe: de nuevo pueblos con pocos habitantes, naturaleza espectacular y la reserva de la biosfera rubricando el valor de los intangibles. En el parque natural, al amanecer, los animales se lanzan a la carreta y al cielo poseídos por el entusiasmo de las primeras horas: perdices que caminan apresuradas por la carretera, buitres en círculo, aves rapaces volando con estilo y elegancia.

Nos sentamos en un banco frente al río y, disfrutando del crepúsculo matutino, nos preguntamos por la sutil paradoja de que tanta belleza y tanto sosiego exijan como pago una población exigua y una economía sin alardes.

De Monfragüe descendemos más al sur, buscando Trujillo y su esplendor, otro de los anclajes fundamentales del Cáceres meridional a la moderna riqueza del turismo. En los 12 municipios de la comarca de Trujillo, viven 17.000 extremeños. Pero la riqueza de estos contornos no es la demografía, sino el vino, el queso, los monumentos...

En 1430, Trujillo ya era ciudad y hasta 1822, su ámbito de jurisdicción era tan extenso que podía asemejarse al territorio de una provincia. La Guerra de la Independencia y la valentía de los trujillanos provocaron la destrucción de parte de Trujillo. Desde entonces, la ciudad lucha por emerger con el empuje económico de sus riquezas y el fulgor de sus bienes culturales, resumidos en seis monumentos: castillo, iglesia de Santa María la Mayor y palacios de la Cadena, la Conquista, Juan Pizarro y San Carlos.

Al oeste de la comarca de Trujillo, Montánchez y su serranía, convertidos en tierra de jamones ibéricos con un liviano toque dulce y un sabor inconfundible. Además, Montánchez, Valdefuentes o Alcuéscar tienen la gracia de sus palacios, sus iglesias, el castillo montanchego o la ermita visogoda de Santa Lucía del Trampal en Alcuéscar.

Este recorrido por un espacio donde la despoblación se une a la riqueza gastronómica, el atractivo monumental y la energía de la naturaleza, culmina en el extremo oriental del sur de la provincia cacereña. Llegamos, en fin, a las Villuercas, la Jara y los Ibores.

El geoparque parece como si estuviera muy lejos, pero se encuentra a hora y cuarto de Cáceres y a dos horas de Badajoz. Las carreteras son buenas y al llegar a este paraíso de fallas, sinclinales y anticlinales, icnofósiles, pedreras, turberas, roquedos, portillas y rañas, el asombro se apodera del viajero. En verano, la temperatura en estos valles es cinco grados más baja que en Cáceres o Badajoz y hay tranquilidad en los pueblos y armonía en los paisajes.

En el Geoparque, zumba el insecto, trina el pájaro y el paisaje montañoso impone

Las carreteras animan a estacionar el coche y contemplar los montes con la luz difusa del atardecer. Huele a campo intensamente, las sombras juegan con el paisaje y lo convierten en una visión cambiante, zumba el insecto, trina el pájaro, silba el viento, vibran las hojas de los árboles... Un rebaño de cabras cruza la carretera con su sinfonía de balidos graves y esquilas agudas.

Se ven extranjeros: franceses, británicos, holandeses, noruegos, alemanes recorriendo lo que para ellos es un paraíso natural que los ha traído desde muy lejos. No hay muchos extremeños, que en verano parece atrapados por la atracción fatal de las playas. En las rañas de Las Mesillas, suelos de color rojizo, cantos rodados, cuarcitas y areniscas, cultivos de secano, olivos... un paisaje único.

En las tierras del geoparque, se repite la estadística de la despoblación: 19 municipios, 15.000 habitantes, cinco personas por kilómetro cuadrado. Un territorio por descubrir, que cree en sí mismo y pelea denodadamente para que la riqueza de queso, aceite y miel, de naturaleza en los montes y cultura y arte en Guadalupe deparen el futuro prometedor que aguarda a estas tierras cacereñas al sur del Tajo.

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